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viernes, 25 de mayo de 2007
Tribuna:Feria de San Isidro

Algunas películas de toros

Todo empezó en 1896 y precisamente en París. Los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo y con las mismas enviaron a su embajador -Albert Proemio- a Madrid. Al embajador de los Lumière le fascinó la fiesta de toros y prendido en las astas de un veragua entró en la arena y así retrató La llegada de los toreadores a la plaza, en Madrid y siempre en exterior: sólo 17 segundos, que entonces era mucha tela. El primer torero que se puso delante de una cámara fue don Luis Mazzantini.

El argumento de una película de toros resulta muy simple. El protagonista es un torerillo, por lo general huérfano. No es casualidad que lo cuiden unas monjitas muy dispuestas. El joven se escapa del convento y en sus correrías conoce a una muchacha, que será su santa novia: pura, decente y enamorada. Lo peor es que también -cuando ha triunfado- se le cruza una moza de armas tomar; suele ser rubia, rica, hija de un ganadero, preferentemente aristócrata: es la mala. El huérfano tiene un rival: un torero maduro y triunfador de aviesas intenciones. Las monjitas siguen muy preocupadas y no les falta razón. Al final llega el percance y, en circunstancias más dramáticas, la muerte. Así sucede en Currito de la Cruz y El relicario.

Sería largo y fatigoso ir lidiando las películas de toros que en el cine han sido. Lo mejor es apartar algunas en sus distintas versiones. Vaya por delante Sangre y arena, inspirada en la obra de don Vicente Blasco Ibáñez, diputado republicano, escritor de moda y sello de correos de la República.

La primera versión de la novela de don Vicente es de 1922. La interpretó Rodolfo Valentino, en el papel del torero Juan Gallardo. El mundo entero descubrió la fiesta de toros y lloró por la muerte del héroe. Poco tiempo después el público -sobre todo ellas- se desmelenó con la muerte real del joven Valentino, galán de galanes del cine mudo, que aún no había alcanzado la cumbre de su popularidad.

Llegamos al cine en color. 1948. Diez años hace que murió Blasco Ibáñez, niño mimado en Hollywood, adorado en París y consentido en Valencia. Vuelve Sangre y arena. La dirige Rouben Mamoulian, un buen director. La interpretan Tyrone Power -el torero Juan Gallardo-, Rita Hayworth, nada menos que la hermosa Gilda, y Linda Darnell. Todo un lujo. La película es casi un sueño, uno de los mejores melodramas que ha parido el cine americano. Rita Hayworth -de raíces extremeñas- es la mujer fatal: una bellísima aristócrata-ganadera, que le quita el novio a Linda Darnell, morena y más buena que el pan. En esta película hay una danza española, que se marca la Hayworth y que resulta un verdadero gozo para ojos noveleros. Pero la secuencia cumbre, la que marca tan singular obra, es la barroca ceremonia en la que Juan Gallardo -sentado en algo así como un trono de cuento- es vestido de torero. Por cierto, Tyrone Power murió en Madrid, mientras rodaba Salomón y la reina de Saba.

No es fácil hacer una película de toros y aún resulta más difícil poner de acuerdo a taurinos y cinéfilos. Sin embargo, parece que media plaza saca a hombros, por la puerta grande, a Torero. Es sin duda una bonita película, acaparadora de premios y de elogios. La dirigió Carlos Velo, gallego, exiliado, aficionado a la fiesta y amigo de Buñuel. El director gallego conoció al diestro Luis Procura y se prendó del tema cuando el matador le habló del miedo.

Torero relata la historia de un matador que tiene miedo y se arrima, le produce terror dejar a su familia en casa y percibe la proximidad de la muerte. Es lo que se llama -de una forma un tanto cursi- un docudrama. No hay actores. Torero se proyectó en Cannes y luego en Venecia. El éxito alcanzado en Europa fue tremendo. La fiesta de toros ganó al público de cine y Luis Procura se convirtió en héroe. Carlos Ve lo tuvo mucho que ver con aquel triunfo.

Ha pasado más de un siglo desde que los Lumière dieron con su memorable invento y algunos años de lo que pudiéramos llamar la edad de oro de las películas taurinas. Los tiempos son otros y no deja de granizar. Los aficionados a la fiesta, los que van a la plaza, no suelen ir a ver películas de toros. El público de a pie, aún menos. Ha calado tanto esta mala costumbre que muy difícil, si no imposible, sería rodar una película donde el tema principal sea el enfrentamiento de toro y torero. Claro que aún pueden funcionar algunos melodramas y, sobre todo, ciertas películas escandalosas y supongo que mentirosas. Yo no he visto Manolete -del director holandés Menno Maijes e interpretada por Adrien Brody y nuestra Penélope-, pero me temo que nos dé un disgusto a cinéfilos y aficionados.

Jaime de Armiñán es director de cine.

Rodolfo Valentino, en un descanso del rodaje de Sangre y arena.

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