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Crónica:LA CRÓNICA

Un voto pragmático

Con tan sólo cinco días de campaña por delante no resulta aventurado afirmar que todo el pescado está vendido. Los sondeos de opinión publicados han avanzado los resultados con muy ligeras desviaciones unos de otros y si un tsunami no lo impide se revalidará la ventaja conservadora. Quedan en el aire algunas incógnitas que alientan esperanzas y desasosiegos, al tiempo que animan al ejercicio del voto. Nos referimos especialmente a ese 20% de indecisos que puede darle un vuelco a los pronósticos autonómicos, así como a la capacidad movilizadora de los partidos en un clima general de despolitización y enervamiento cívico largamente propiciado por la política del Consell.

No obstante, la bondad de las previsiones para el PP valenciano, resulta cuanto menos chocante la invocación al pragmatismo para recabar el voto de los electores del PSOE que valoren la política del actual Gobierno con la misma benevolencia con que lo hacen sus protagonistas, empezando por sus beneficiarios, ya desempeñen cargos o gocen de sinecuras. No es ninguna excentricidad esta llamada a la conveniencia de optar por el partido más votado desde 1995. Al fin y al cabo, en ese centro político cada día más decantado a la ladera conservadora reside un fragmento de simpatizantes, e incluso militantes socialistas, de convicciones ambiguas y bandera de conveniencia.

A los estrategas electorales de Ignasi Pla no se les ha ocurrido, hasta ahora que sepamos, echar las redes en esos presuntos cardúmenes de la derecha. Seguramente porque hay poco que pescar. La veta liberal valenciana siempre ha sido muy estrecha, tanto que, como gráficamente se describía, a sus miembros se les podía embutir en un taxi. El mogollón, el macizo roqueño, en cambio, es enorme y nos viene gobernando desde el primero de abril 1939, Día de la Victoria, con una leve interrupción en los preludios democráticos. De ahí que ese mismo magma conservador considere que las aspiraciones de la izquierda son poco menos que una intromisión en su propio predio, una suerte desacato político.

Frente a esta hegemonía, el voto progresista -PSPV y Compromís pel País- supone cuanto menos la voluntad de limitarla, de difundir el poder, hoy concentrado en un solo partido, activando el sistema de contrapesos y fiscalizaciones que es el exponente de una democracia evolucionada. Optar por la alternativa equivale, además, a renovar las instituciones insuflándoles nuevos bríos, aunque asimismo signifique menor entusiasmo, o ninguno, por la promoción de grandes eventos absurdos, como el circuito urbano de Fórmula 1 que dinamita el pulso de la ciudad y buena parte de su trazado urbano. De todo esto ja en tenim prou, por puro pragmatismo.

No se trata de formular aquí una exégesis y valoración de los programas alternativos al PP, pero, entre la barahúnda de propuestas, hay tres que merecen ser subrayadas porque son políticamente definitorias. La primera es la decisión insoslayable de ponerle coto a la corrupción, aunque ello parezca interesar poco al pueblo soberano, resignado cínicamente a que no roba quien no puede; la segunda, y condicionante en buena parte de la anterior, es la gestión del territorio, tratando de que los paisajes que sobreviven no se reduzcan a sus tres primeras sílabas: y, por último, establecer la trama legal adecuada para impedir el uso partidario y fascistoide de la televisión y radio de titularidad pública. Tres asuntos prioritarios por puro pragmatismo.

Y no queremos cerrar esta crónica sin glosar, siquiera sea brevemente, el mantra que airea el PP calificando de grises y tristes los años que precedieron su llegada al poder. Esos fueron los 80, la década prodigiosa de la movida, que no solo fue un tiempo de vino y de rosas, sino también en el que se trazaron los fundamentos de la nueva Valencia con el riu de cultura que es el Jardin del Turia y la Ciudad de las Ciencias, entre otras obras de infraestructura que abonaron el despliegue actual. Rita Barberá, la alcaldesa periodista, fue testigo de tal evidencia. Lástima que en ocasiones como ésta la desmemoria teñida de ingratitud no parezca más que rencor. Un recordatorio que no tiene nada que ver con el pragmatismo, sino con aquello de dar a cada cual lo suyo, el famoso quique tribuere.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de mayo de 2007