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Crítica:

Plomo en las alas

El Guggenheim de Bilbao presenta una amplia retrospectiva de la obra del artista alemán Anselm Kiefer, que abarca sus principales obras de la última década. Cuadros e instalaciones en los que conviven la mística, la mitología, la historia y los símbolos.

Ningún artista de la ambición y visión histórica de Anselm Kiefer ha sido tan mal-tratado por un comisario. De manera tan trivial y en semejante espacio. Germano Celant se encuentra tan fascinante que ningún pintor puede sobrevivirle, de manera que todo el inmenso imaginario del autor alemán plagado de referencias culturales a la tragedia y la esperanza de su país acaba por convertirse aquí en un desquiciado, interminable o adormecido paisaje posnuclear, el drama épico de un yo que ya conoce sus límites.

La retrospectiva de Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945) en el Guggenheim-Bilbao abarca setenta obras de su periodo francés (1992-2007). En su refugio de Barjac, cerca de Aviñón, el pintor del mal absoluto y del Holocausto ha creado decenas de trabajos a gran escala, muy acordes con el paisaje posindustrial de un taller de 42 pabellones donde trabajan una treintena de personas que se mueven como hormigas entre algunas de sus torres de plomo y sillería y kilómetros de claustrofóbicos túneles. Quizás todos estos cuadros matéricos que ahora vemos "embellecidos" en el edificio de Frank O. Gerhy nunca deberían haber salido de allí, pues conducen el sentido de la obra en otra dirección, que tiene más que ver con un Kiefer como figura "masterizada" que con el arte como "artículo de consumo", que es a lo que el artista se ha dedicado toda su vida, a poner dosis de religión, leyendas, alquimias y cábalas donde otros ponen latas de sopa y brillo-boxes, a utilizar el anonimato y la reclusión como propaganda donde otros utilizan la celebridad y la accesibilidad, y a usar el plomo, la paja y las flores de girasol remozadas en ceniza en lugar de pan de oro, fieltro y grasa. Kiefer, que sigue furtivamente a Beuys y a Warhol, nos ofrece el mapa de los héroes espirituales alemanes y la guerra desde una perspectiva puramente fetichista. "Coges un trocito de tela azul y puedes decir que es el cielo con todas sus connotaciones. Coges un trocito desgarrado de papel rojo y dices que es el cielo sobre Hamburgo visto desde la cabina del piloto de un bombardero inglés. Es lo que está ocurriendo ahora cuando los medios de comunicación muestran la guerra", explica el artista a propósito de uno de sus primeros libros, El cielo (1969).

ANSELM KIEFER

Museo Guggenheim-Bilbao

Abandoibarra Etorbidea, 2

Hasta el 3 de septiembre

Todo lo que en Kiefer parece

trascendente se convierte aquí en una fallida escenografía. La profusión de materiales sobre tela (plomo, brea, papel, arena, paja, alambre de cobre, sillas, trozos de madera, cerámica, ramas) y, en especial, las instalaciones (las camas de Mujeres de la Revolución o los maniquíes de Las poetisas de la antigüedad) aparecen dinamitadas, perdidas en los inmensos espacios y, lo que es peor, como ajenas a su autor. Una suerte de "gnosticismo" curatorial, el que presenta a un Dios ajeno, apartado de su falsa creación, es el que ofrece Celant como único vestigio de fe en el arte. La piel de estas obras disuade al espectador de la posibilidad de acercamiento, como si escondieran el pudor de algo falso. F de fake. Por no hablar de la dudosa perdurabilidad de las inmensas telas de varias toneladas de peso (su autor explica que el plomo lo adquirió del revestimiento de la catedral de Colonia, cuando se sustituyó este material para la remodelación del edificio gótico). ¿Cuánto tardará en caer el plomo de las capillas hechas para el hospital de Salpêtrière? Y los girasoles de la mayoría de sus esculturas, ¿habrá algún japonés -o algún chino- dentro de cincuenta años capaz de pagar por ellos lo que por un vangogh?

En el Guggenheim, el autor obsesivo y cada vez menos didáctico que es Kiefer, con sus continuas alusiones al mito de la creación, a las culturas precolombinas, a autores como Rilke, Ingeborg Bachmann, Paul Celan y sobre todo Einstein y Martin Heidegger, parece un artista torpe y aburrido. Quizás esté necesitando de otros aires y de otros comisarios capaces de disuadirle del riesgo de pulverizar su obra en los laboratorios piadosos de las corporaciones museísticas. De momento, ha pensado en abandonar Francia y buscar otra factory en Portugal. El humo de la cremación de los cielos de Kiefer parece querer dar paso a obras más simples y juguetonas, como en Mujeres de la Antigüedad, Claudia Quinta (2004) en la última sala de la exposición, un retrato donde el pintor coloca un barco de plomo como un sexo femenino donde debería estar la cabeza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de abril de 2007