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sábado, 21 de abril de 2007
Crítica:

Una lección de escultura

El conjunto de obras del escultor Manolo Hugué, procedentes de la célebre galería de Daniel-Henri Kahnweiler -el marchante de Picasso-, que se expone estos días en Barcelona, constituye una oportunidad para valorar una de las facetas menos conocidas de este importante artista catalán, la de retratista.

La Galería Artur Ramon presenta en Barcelona un interesante conjunto de retratos realizados por Manolo Hugué entre 1910 y 1931, procedentes de la antigua Galerie Simon de París, que forman una pequeña y exquisita antológica del celebrado escultor catalán. Manolo Hugué (Barcelona, 1872-Caldes de Montbui, 1945) es, sin duda, uno de los grandes escultores del siglo XX. Su marchante Daniel-Henri Kahnweiler lo tenía muy claro y por eso apostó decididamente por él desde el preciso momento en que Picasso se lo recomendó en 1909. Pero, aun a pesar de la enorme influencia que tenía Kahnweiler en el mundo del arte, no conseguiría situarlo definitivamente en el Olimpo, a diferencia de otros de sus artistas como el propio Picasso, seguido de Braque, Léger, Derain o Gris. El reputado marchante siempre encontró una gran dificultad en vender la escultura -al contrario de la pintura- pero siempre estuvo al lado de Hugué y le adquirió casi toda su producción, aun a pesar de las trastadas que le hacía este intuitivo, bohemio y pícaro artista cuya vida y peripecias inspirarían uno de los mejores libros de Josep Pla. Hugué no fue un escultor grandilocuente, ni rondó el poder en busca de encargos de monumentos pomposos, sino que se movió a su aire de una forma total, inmerso, eso sí, en la órbita de su gran amigo Picasso, y creó pequeñas esculturas saturadas de un encanto sobrecogedor. Quizás ese desprecio por lo ambicioso es el que, a la larga, condicionaría un merecido y duradero reconocimiento por parte de museos e instituciones internacionales; su figura siempre queda un poco velada, en segundo término. Sin embargo, está presente en las colecciones de importantes museos europeos y norteamericanos y su nombre está íntimamente ligado a la eclosión del arte moderno.

MANOLO HUGUÉ

'Retrats escultórics (1910-1931)'

Artur Ramon Col·leccionisme

Palla, 23. Barcelona

Hasta el 12 de mayo

La exposición que se puede

ver ahora en Barcelona revisa una de las facetas más interesantes de Hugué, la de retratista, un aspecto que, en su conjunto, no es demasiado conocido. En realidad, lo más difundido son sus pequeños desnudos femeninos recostados y sus encantadores bailarines y toreros, por eso la actual exposición tiene un gran interés. El conjunto reúne varios bronces realizados en la época -como el extraordinario busto del violinista Lluís Pichot de 1926, o la contundente cabeza de la señora Davidson de 1913- y una serie de espléndidas terracotas modeladas entre 1912 y 1931, todo ello procedente de la antigua Galerie Simon, propiedad de Kahnweiler. En estos retratos, el artista va mucho más allá de la pura representación naturalista o académica y les confiere su gran personalidad. Hugué es figurativo, pero nunca realista, sus personajes no forman una acartonada, vacua y pomposa galería de famosos, rodeada de oropel y vieja gloria. Simplemente son obras de arte que no están sujetas necesariamente a la tiranía del mimetismo, aunque se parezcan al modelo y capten su esencia.

A menudo, el escultor se mostró desmitificador con la vanguardia, sin embargo, aprehendió mucho de la mejor obra picassiana. Jamás atravesó el umbral del cubismo pero recibió una enorme influencia de él, dada la proximidad que tenía con sus fundadores y principales artífices. Quizás por ello, Hugué representa como pocos el precedente directo del retorno al orden poscubista y moderno. En este magnífico conjunto de cabezas, el artista se muestra con todo su esplendor. En unas, como el retrato de Pierre Saque, es bárbaro, directo y primitivo; en otras, refinado hasta la médula, como el de Pierre Camo y, sobre todo, el de Frank Burty Havilland, de una deslumbrante belleza; en el retrato de Arístides Maillol es potente y, a la vez, tierno y delicado, no en vano el escultor de Banyuls era otro de sus mejores guías estéticos; y en el de Tití de Togores -que encantó a Picasso-, Manolo se muestra estilizado, geométrico y casi abstracto.

En este mismo contexto de una nueva revisión del escultor catalán se sitúa el libro Àlbum Manolo Hugué, profusamente ilustrado, que es una útil y cuidada recopilación de textos, documentos, artículos y correspondencia, llevada a cabo por Artur Ramon i Navarro y Jaume Vallcorba (Quaderns Crema, Barcelona, 2005). Y más recientemente, cabe destacar la monografía escrita por Francesc Fontbona que ha editado el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, de Segovia, dentro de su colección de artistas españoles. El libro de Fontbona aporta algunos datos nuevos acerca de la rocambolesca vida de Hugué, pero su máximo interés es el haber incluido entre sus numerosas ilustraciones muchas de las obras que fueron vendidas en su momento por Kahnweiler y pertenecen a destacados museos extranjeros.

Cabeza de Frank Burty Havilland (1912), de Manolo Hugué.

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