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viernes, 20 de abril de 2007
Elecciones presidenciales en Francia

Gallia est divisa...

Cuando en España se estudiaba Latín en los siete cursos del Bachillerato del plan del 38, memorizábamos el principio de La guerra de las Galias de Julio César: Gallia est divisa in partes tres. A 48 horas de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el mapa político francés parece calcado del clásico romano. Para César, la división era entre francos, belgas y aquitanos. Hoy sólo hay, según las encuestas, tres contendientes con posibilidades de disputar el pase a la segunda vuelta, el 6 de mayo: el gaullista Nicolas Sarkozy, la socialista Ségolène Royal y el centrista François Bayrou. Hay un cuarto, el ultraderechista Jean-Marie Le Pen, que podría alterar todos los pronósticos, como hizo hace cinco años al eliminar de la carrera presidencial al candidato socialista, Lionel Jospin. Le Pen tiene ahora dos puntos porcentuales más de intención de voto que en 2002 (15%). Todos cruzan los dedos para que Francia no tenga que pasar una vergüenza similar a la de las últimas presidenciales, en la que la izquierda se vio obligada a votar a Jacques Chirac en la segunda vuelta para impedir un eventual triunfo de Le Pen.

Toda elección presidencial en un país como Francia, quinta economía del mundo y segunda de la eurozona, tras Alemania, es importante. Pero el interés demostrado en ésta es inusitado por dos razones principales. En primer lugar, por lo impredecible de los resultados finales y, en segundo, por el momento histórico en que se encuentra el país. Aunque todos los sondeos predicen el pase a la etapa final de los candidatos de la izquierda y la derecha mayoritarias, representadas por Royal y Sarkozy, nadie aventura un pronóstico definitivo. Hasta el punto de que algunos barones del socialismo, como Michel Rocard, han pedido una alianza de su candidata con el centrista Bayrou como medio de parar a Sarkozy. Y éste ha endurecido su discurso en la última parte de la campaña, alarmado por ese 15% de intención de voto asignado a Le Pen.

Como bien han señalado dos grandes conocedores de la realidad francesa y europea, John Vinocur y Roger Cohen, ambos columnistas del diario norteamericano The New York Times, la campaña presidencial gala ha estado marcada por dos factores contradictorios, que responden perfectamente a las sensibilidades del electorado: un miedo al cambio y, al mismo tiempo, la convicción de que sólo el cambio de personas y políticas puede sacar a Francia de su marasmo. Porque la realidad es que en los últimos cinco años el crecimiento francés ha sido inferior al de la media de los países de la OCDE y en el último trimestre del pasado año fue el más bajo de la UE, con excepción de Portugal. Mientras, su deuda pública asciende al 66% del PIB, su tasa de paro no baja del 8,5% en los últimos 25 años y su clasificación en función de PIB por persona ha bajado en ese mismo periodo del quinto al 17º puesto.

Sarkozy y Royal han respondido a esa mezcla de miedo y deseo de cambio palpable en el electorado con una rebaja sustancial de sus propuestas radicales de inicio de campaña en esta primera vuelta. Royal ha abandonado su elogio de la política económica de Tony Blair en sus primeros tiempos y ha vuelto a la más rancia ortodoxia socialista de François Mitterrand, mientras que Sarkozy ha decidido olvidar su propuesta de ruptura inicial con el sistema, como solución para los males de Francia, para envolverse en ese concepto vaporoso de reafirmación de "la identidad francesa" y en la evocación de la figura de De Gaulle, temas mucho menos controvertidos que las duras reformas necesarias para garantizar un crecimiento sostenido. Aunque en esto del patriotismo, Royal no le vaya a la zaga. Recientemente, ha decidido que los mítines socialistas terminen con el canto de La Marsellesa y no con La Internacional. Habrá que esperar a la segunda vuelta para ver si los dos candidatos mayoritarios vuelven a las propuestas radicales. Porque lo que parece evidente es que lo único que no quiere Francia es más de lo mismo, sea patrocinado por la derecha o la izquierda de siempre.

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