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lunes, 9 de abril de 2007
Crónica:LA CRÓNICA

Cuando el tabaco no era mal visto

A mitad de febrero, la fábrica de tabacos Reig de Sant Julià de Lòria (Andorra), que comercializa todavía los populares Rossli, cerró sus puertas. Quedan seis o siete empresas de este tipo en el Principado, todas ellas ubicadas entre Andorra la Vella y Sant Julià, pero es un tipo de negocio en desaparición por efecto de las grandes multinacionales y de las campañas antitabaco, a partes iguales. Y sin embargo se trató de una actividad que, especialmente a partir de la década de 1930, dio de comer a muchas familias del pequeño país pirenaico. Para mantener viva esa memoria, los descendientes de los Reig decidieron abrir hace tres años en su primera fábrica de Sant Julià, conocida como Cal Rafeló, un museo que documentara todo el proceso, desde el cultivo de la hoja hasta la comercialización de cigarrillos y puros (www.museudeltabac.com). Esa fábrica estuvo activa entre 1909 y 1957, aunque el negocio arrancó en otro local hacia 1880, de la mano de Rafel Reig.

Se trata de un museo muy vivo que exhibe objetos y máquinas relacionados con la antigua actividad y audiovisuales de apoyo que constituyen un bonito ejemplo de historia oral. Para realizarlos, hubo en efecto que ir a buscar alguna anciana cigarrera que recordara todavía cómo se fabricaba a mano un caliqueño o a un viejo contrabandista que reviviera el durísimo oficio de pasar los fardos a través de la montaña. El esprit du lieu está así intacto y de eso se desprende una magia particular. La visita empieza con un audiovisual sobre el cultivo del tabaco, desde que se planta hasta la recolección de la hoja en agosto. A partir de ahí se procedía al secado de las hojas y para eso cualquier lugar aireado podía resultar adecuado, desde un almacén a un balcón o una fachada de piedra encarada a mediodía. Acabado el audiovisual, se ilumina la sala y uno se da cuenta de que se halla justamente en el almacén al que llegaban las plantas tras la recolección. La habitación siguiente está dedicada a la fermentación: las hojas apiladas se remojan con agua aromatizada y se airean o se tapan con mantas para mantener la temperatura constante, en un proceso muy similar al de la fermentación del vino. Naturalmente, la manera de aromatizar el agua era el secreto mejor guardado de cada casa. Una vitrina recrea esa curiosa alquimia en busca del olor más equilibrado y diferenciado del de la competencia. La casa Reig, según la voz en off que nos acompaña durante toda la visita, utilizaba "cedro puro y esencia de trébol" para reducir la acidez de la planta, aunque tal vez la confesión no sea más que una maniobra de distracción y la verdadera mezcla conseguida por Joaquim Reig Roqueta, hijo de Rafel y verdadero impulsor de la empresa, quede para siempre en el anonimato.

Una vez seca la hoja, se procedía a "despalillarla", como la uva, es decir, a liberarla del nervio central y del tallo. Para los siguientes pasos a partir de las décadas de 1920 y 1930 ya se utilizaron máquinas eléctricas. Una para cortar la hoja y obtener la picadura "al cuadrado" o enhebra, según el tipo de corte más corto o menos; otra para airear la picadura y separarla del polvo, y, finalmente, otra, instalada en 1936, para torrefactar. En este piso de la antigua fábrica se puede constatar el carácter familiar que tenía este negocio: una puerta daba acceso al despacho del amo, donde los trabajadores cobraban el jornal, y a la vivienda de la familia Reig. De hecho en la fábrica trabajaban todos los Reig: el matrimonio y los tres hijos. La hija de Joaquim, Júlia Reig, murió hace apenas un año, cuando contaba 94. El piso siguiente del museo era territorio exclusivo de las mujeres. La cualidad más apreciada de las empleadas era tener "els dits llestos" para empaquetar la picadura en rajoles o fabricar caliqueños a gran velocidad. En esta planta hay un par de máquinas primitivas que hacían cigarrillos, una de ellas llamada La Rapide, que producía unos 2.000 por hora. Y también pueden verse los fardos de arpillera, de 30 kilos, que los hombres se echaban a la espalda para cruzar las montañas. El tirante derecho llevaba un cordel anudado de determinada manera para que pudiera liberarse rápidamente en el caso de que la comitiva fuera interceptada por los carabineros. Si el fardo estaba en el suelo y no tras la espalda la pena que podía caerle al contrabandista podía variar sensiblemente. En un mostrador se exhiben varios de los productos que llegaron a comercializar los Reig: marcas como El Conseller -hoy registrada por un empresa local de café-, Regio, Dux y Charlemagne hablan de una época en la que fumar otorgaba categoría social.

En el último espacio del museo varios audiovisuales explican la comercialización del tabaco, la popularización del cigarrillo a partir de la I Guerra Mundial y el gran momento de producción que siguió: en 1925 había en Sant Julià seis fábricas que facturaban 55.000 kilos de picadura y 4.000 caliqueños... sin contar el contrabando. Hacia 1950 los científicos descubrieron la relación entre el consumo de tabaco y el cáncer. Los audiovisuales siguientes muestran campañas publicitarias a favor y en contra del tabaco. La partida, no cabe duda, la ha ganado el frente del antitabaquismo: la propia reconversión de Cal Rafeló en museo es una muestra de ello, una feliz muestra, por cierto.

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