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Entrevista:Paul Holdengräber | Director del Programa de Educación Pública de la Biblioteca de Nueva York

"Quiero transmitir el placer de leer y pensar"

Barcelona
Paul Holdengräber, de 47 años, licenciado en Filosofía, ex profesor de literatura comparada en Princeton, fundador y ex director del Instituto del Arte y las Culturas en el Museo de Arte de Los Ángeles, es director desde hace dos años y medio del Programa de Educación Pública de la Biblioteca de Nueva York. Holdengräber ha estado en Barcelona, y allí ha contado su empeño por "transmitir placer, fervor intelectual" y "la idea de que pensar y leer es alegría".

El venerable centro de la calle 42 con la Quinta Avenida -un edificio de siete plantas que alberga docenas de millones de libros, recibe cada año 18 millones de usuarios y está abierto todos los días del año, salvo los lunes- es uno de los pilares de la vida cultural neoyorquina y un ágora conocida en todo el país gracias a los debates que Paul Holdengräber celebra en sus salas. Los eventos empiezan a las siete de la tarde, concluyen a las nueve, y a veces se prolongan con una copa hasta las diez de la noche en la trustees room, con capacidad para un centenar de personas.

"Paradójicamente, la era de Internet, que tanto aísla a las personas, ha creado un deseo febril, una avidez del público de interactuar con otros"

"Me interesa mucho el concepto de fracaso: tiene que ver con aproximarse a algo. La ciencia no progresaría sin la noción de fracaso"

Holdengräber explicó la pasada semana las líneas maestras de su trabajo, en el marco de un seminario sobre Patrimonio, educación y creación, organizado por la Fundación Caixa de Catalunya, en La Pedrera de Barcelona.

Pregunta. ¿Qué objetivo persigue con esos diálogos y debates?

Respuesta. Intento algo muy difícil: transmitir placer, fervor intelectual, la idea de que pensar y leer es alegría.

P. Los rostros de los lectores generalmente son graves. A san Jerónimo, paradigma del estudioso, se le suele representar como un anciano meditabundo. La idea del conocimiento antiguamente se relacionaba con la melancolía. Y es universal el popular sintagma "rata de biblioteca"...

R. En Platón, el conocimiento es erótico. Se transmite por una relación erótica. En la primera frase de Sur la lecture, Marcel Proust dice: "Quizá no haya un día de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creemos haber dejado sin vivir, los que hemos pasado con un libro preferido". Borges se imaginaba el paraíso "bajo la forma de una biblioteca". Sin sentido del humor no hay verdadera vida intelectual, ni mucho menos vida social... Yo he estudiado Filosofía en la Sorbona y me he dedicado a la enseñanza universitaria, pero he abandonado la torre de marfil. Me propongo oxigenar la biblioteca. Atraer nuevos lectores. Difundir la idea de que ir allí es interesante, es vital y es cool, guay. A la puerta hay dos leones, que tienen nombre, se llaman Paciencia y Fortaleza. Quiero que los leones de la biblioteca rujan. Mi dinámica es sencilla: reunir a unos cuantos intelectuales de diferentes disciplinas, no porque acaben de publicar un libro, sino porque tienen ideas interesantes que mostrar. Sustraerme a la dinámica comercial de las editoriales. Sorprender. Por ejemplo, estoy muy orgulloso de la sesión de ópera que organizamos en la sala de lecturas, en la que los cantantes cantaban leyes gramaticales de una tediosa pero importante gramática inglesa titulada Los elementos del estilo. Fueron 39 minutos de placer dadaísta. El ruido fue enorme, y el acto, turbador, pero creo que insuflamos nueva vida a ese libro venerable...

P. ¿La biblioteca no tiene que fomentar un trabajo intelectual personal, privado y silencioso?

R. No tan absolutamente privado... El momento en que empezamos a leer un libro es extraordinario, un momento de paz que nos extrae del mundo; pero fíjese en el aspecto físico, en el movimiento de los ojos del lector, y verá que constantemente está regresando al mundo. Su mirada se fija en el texto, luego levanta la vista; lee, levanta la vista... Así que la lectura es una experiencia que puede oscilar entre lo privado y lo público, ser estimulada en la arena pública, para regresar enriquecida a la esfera privada. Yo trabajo para que 500, o 700 personas, a veces más, otras veces menos, compartan algo de qué hablar como en una conversación entre amigos, en un lugar seguro. ¿Y cuántos lugares hay en el mundo en el que se pueden intercambiar ideas?

P. ¿Cuán numeroso es su equipo?

R. En la biblioteca trabajan 200 personas, pero en mi departamento somos cuatro. En estos dos años hemos celebrado 80 eventos. Estamos creando un público totalmente nuevo en estos debates públicos y es espectacular la atención y las ganas de hablar. Paradójicamente, la era de Internet, que tanto aísla a las personas, ha creado un deseo febril, una avidez del público de interactuar con otros. Es precisamente la soledad ante el ordenador lo que crea ese deseo.

P. ¿Cómo organiza el programa?

R. Es fundamental escuchar, ser poroso hacia la realidad. Preguntarte en todo momento cuáles son los debates que deberías organizar. Por ejemplo, el enorme escándalo por las escuchas telefónicas a personas sospechosas de terrorismo después del 11-S nos llevó a orquestar un debate entre el director de la Nacional Security Agency y el principal periodista de The New York Times, James Risen, con algunos expertos legales en los límites entre los derechos privados y las competencias públicas. Como puede usted imaginar, era un tema muy volátil. Y ahora, con esa demanda contra Youtube de un billón de dólares por infringir los copyright, es evidente que en las dos o tres próximas semanas voy a organizar algo sobre el tema; convocaré al presidente de Youtube y a... ya veré a quién... Hice lo mismo a propósito de Google y la digitalización completa de la biblioteca, o sea, sobre cómo se transmite la información.

P. ¿A quién no ha querido invitar?

R. No invito a nadie a quien no quiera conocer. A veces viajo para ver y escuchar a un novelista, o a un filósofo importante, y entonces decido no invitarlo, porque en público no tiene una buena dinámica. Mi experiencia académica me ha hecho muy escéptico hacia La Conferencia. Hablar y escribir son dos cosas diferentes. Si piensa en los grandes escritores del siglo pasado, por ejemplo, en Marcel Proust, no estoy seguro de que estaría bien traerlo ante el público. La palabra viva a menudo no traduce la escritura. La filosofía empezó con Sócrates, que no escribía, pero luego vino la tradición de escribir... Pero hablar en público exige una presencia.

P. ¿Qué clase de presencia?

R. Puede ser de muchas clases. Hay gente con presencia, aunque tengan un carácter tímido o difícil. Por ejemplo, Robert Frank, el gran fotógrafo americano. Que en los últimos 22 años no había hablado en público, pero le invité, y vino, y apenas dijo nada, pero expresó mucho. O el autor de cómics Robert Crumb, que es alérgico a hablar en público, vino, le entrevistó Robert Hughes, el crítico de arte de Time, y fue fantástico, porque Crumb es una persona difícil pero no quieres que esa dificultad desaparezca, sino que forme parte del evento. Otra vez invité al ex presidente Clinton para hablar con John Hope Franklin, el historiador especializado en conflictos raciales. Clinton, que es tan carismático, apenas dijo nada. Lo interesante era cómo escuchaba. En fin, a veces no tiene nada que ver con el sentido del espectáculo, no depende de la fama del escritor o de su personalidad. Pienso en Alberto Manguel, muy conocido en España, bastante conocido en Francia y en Canadá, y casi un perfecto desconocido en Estados Unidos, autor de Una historia de la lectura y de ese libro fantástico titulado La biblioteca de noche. Sólo vinieron 150 personas a escucharle. En una sala pequeña, porque la atmósfera es muy importante, Georges Braque dijo que todo toma la forma en la que lo metes. Y yo paso mucho tiempo asegurándome de que las sillas están colocadas donde deben. Porque es significativo el lugar desde el cual las personas se ven recíprocamente.

P. ¿Qué personalidad le impresionó?

R. El momento más extraordinario en que estuve en el escenario con alguien fue hace un par de semanas con Werner Herzog, el cineasta de Aguirre y Fitzcarraldo. Un tertuliano impredecible. Hablamos durante dos horas, nadie se movió, es hipnotizante, embruja a la audiencia. Como yo sabía que él adoraba a Fred Astaire, antes de la charla proyecté cinco minutos de la película La nueva melodía de Broadway... Bueno, lo primero que dijo Herzog es que Los Ángeles es la única ciudad con sustancia en Estados Unidos. Luego se señaló las canas, dijo que todas y cada una de ellas tiene nombre, y que todas se llaman igual: Kinski. Luego, claro, hablamos de técnica cinematográfica, literatura, las relaciones entre el cine y las caminatas... Fue mágico.

P. ¿Ha fracasado también alguna vez?

R. Sí, a veces algo no ha funcionado como debería. Conmigo en el escenario o sin mí. Yo soy optimista por naturaleza, creo que la vida vale la pena, que las cosas saldrán adelante, que la humanidad tiene futuro, que mi hijo crecerá sano y fuerte y será un hombre intelectualmente cultivado. Pero me interesa mucho también el concepto de fracaso: porque tiene que ver con intentar algo, con haber probado, con aproximarse a algo. La ciencia no progresaría sin la noción de fracaso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de marzo de 2007