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Reportaje:CUBA, A LA ESPERA DEL CAMBIO

"¡Ah, que tú escapes!"

Éste es un panorama que permite entender la relación de los escritores y la literatura cubana con el Gobierno de Fidel Castro desde 1959. Casi cincuenta años con diferentes etapas: la burocratización de autores, la censura, la persecución, el exilio de varios creadores o el proyecto de unanimidad cultural. La revolución interrumpe una continuidad cultural y da origen a otra.

Se explora en las decadencias y las potencialidades de los márgenes de La Habana, se "seculariza" la revolución

En Cuba y en la región latinoamericana, y de un modo muy significativo, 1959 es también una fecha en la historia literaria. Si se exceptúa el reconocimiento unánime a la obra y la figura de José Martí, todavía en 1958 la literatura cubana, fuera y dentro de la isla, es casi un secreto, y además de los muy conocidos (Alejo Carpentier, Nicolás Guillén), sólo unos cuantos están al tanto de narradores como Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro (autor de ese gran libro casi desconocido, Hombres sin mujer), Virgilio Piñera (dramaturgo, poeta y narrador excepcional), y de poetas como Mariano Brull, José Lezama Lima, Emilio Ballagas y Eliseo Diego. Tampoco se difunde el trabajo de antropólogos de la importancia de Fernando Ortiz y Lidia Cabrera, de pintores como René Portocarrero, Amelia Peláez (Wilfredo Lama es una excepción) y de la riquísima vida musical. A narraciones y poemas los arrincona la falta de peso internacional del país en donde se producen.

En 1959 Fidel Castro entra a La Habana. Una isla y su dirigente desafían al imperio y divulgan un estilo rápido de cambiar su mundo y sus vidas. El impulso beneficia a los escritores de obras en pleno desarrollo, y a los de la generación siguiente, entre ellos y muy notoriamente Guillermo Cabrera Infante, Calvert Casey y Antón Arrufat, que reciben la atención internacional, con su caudal de entrevistas, congresos, simposios, traducciones, estudios académicos. La revolución "exige el concurso de sus mejores hijos", y algunos escritores de buen nivel se burocratizan con presteza. Durante unos años, Casa de las Américas, la institución encargada de las relaciones escritores y artistas, es el centro de algo hasta entonces no tomado en serio, la vida cultural latinoamericana, la región como un todo realmente existente. En Casa de las Américas se organizan concursos, ediciones, encuentros, surge una propuesta de canon literario, se redescubren autores y, de alguna manera, se prepara el boom de la literatura latinoamericana que Carlos Barral edita en España. A Cuba van, entre otros, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Goytisolo, Juan Rulfo, José Bianco, Juan José Arreola, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Enzensberger...

En 1962, un discurso histórico de Fidel Castro (Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada), le allana el camino a la censura. ¿Quién decide que está "fuera de la revolución"? En materia literaria el comandante Castro, que se sepa, nada más elogia a un escritor, el indio Naborí, un versificador más que mediano, aunque sí conversa con los escritores, especialmente con los de renombre como, arquetípicamente, Sartre y Simone de Beauvoir. Y "fuera de la revolución" también se encuentran los "indignos del temple viril de la revolución", los gays que, junto con "los antisociales" y los testigos de Jehová, reciben la hospitalidad de los campos de trabajo forzado de la UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción). Los encargados de la vigilancia revolucionaria optan por la homofobia y, entre otras empresas, intentan la censura de Paradiso, el gran libro de Lezama Lima, persiguen a Virgilio Piñera y a un grupo de escritores, teatristas, músicos, pintores.

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Los años siguientes son, en el caso de muchos de los mejores, de exilio o de exilio interno. Y de 1971 a 1976 se produce lo que, con eufemismo patético, la cultura oficial de Cuba llama ahora "el quinquenio gris" (un arrepentimiento moderadísimo). Un buen número se va y en Cuba sus nombres y sus obras se desvanecen por decreto. El más vituperado es Cabrera Infante, prosista deslumbrante que rompe abiertamente con el castrismo y recibe la estigmatización consiguiente. Sin conseguir la salida de la isla, Reinaldo Arenas, autor de una obra maestra, El mundo alucinante, y de varios libros notables, entre ellos Después del desfile y Antes que anochezca, va a la cárcel y es deportado durante el episodio del Mariel.

El proyecto de unanimidad cultural fracasa y por otra parte fuera de las exigencias de lealtad a toda costa, la cultura oficial no propone nada. Ya pasó el tiempo del realismo socialista (al que todavía en 2007 combaten con bravura inesperada los comisarios culturales). Por otra parte, y sin duda, el imperialismo y el bloqueo son fenómenos oprobiosos, como lo son, por ejemplo, los sucesivos intentos de la CIA por asesinar a Castro, el atentado aéreo que cuesta muchas vidas y los hostigamientos monstruosos de la guerra fría y ahora de Bush. Pero el proceso dictatorial es también innegable, se multiplican los presos políticos, se petrifica el partido único, los Comités de Defensa de la Revolución son células de vigilancia minuciosa, se cancela la libertad de expresión (revísese el diario Granma de 1959 a 2007) y se acosa con furia a los disidentes políticos. Esto, mientras cerca de dos millones de personas abandonan la isla. Los avances en educación y salud no eliminan los retrocesos, los enormes fracasos económicos, el envío de tropas a combatir en distintas partes, y tampoco evitan la consolidación de las corrupciones ("el sociolismo") al amparo de la burocracia.

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Las décadas de la revolución interrumpen la continuidad de una cultura y, entre ingenuidades y tropiezos, surge otra, ya no ligada a la poderosa estética del grupo de la revista Orígenes, con Lezama y Piñera, ni tampoco a las atmósferas de Cabrera Infante, muy atento a Nabokov y a la parodia como género altamente creativo. La burocracia cultural auspicia, de modo más bien letárgico, a varios autores sin interés, y, con rebeldías periódicas y con un acento crítico que la censura no detecta o finge no hacerlo, se escribe con libertad, se experimenta, se rompe con las fragilidades de la poesía "conversacional", se le da entrada a la narrativa noir y a la de temática gay, se explora en las decadencias y las potencialidades de los márgenes de La Habana, se "seculariza" la revolución (el único sistema conocido para la mayoría de los cubanos), se leen con avidez las literaturas europeas y la norteamericana, se reincorporan al canon en lugar central las obra de Cabrera Infante y Virgilio Piñera, se convierte a Lezama en un "árbol genealógico" en sí mismo (otro, indestructible, es Martí), y el proceso de recuperación se intensifica como da cuenta la magnífica revista Encuentro. Imposible resumir el proceso de la literatura cubana, imposible no advertir su vitalidad y su creatividad.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007