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viernes, 23 de febrero de 2007
Crónica:LA CRÓNICA

Libertad provisional

Si pasan por la plaza de Gal·la Placídia y ven una carpa de color blanco, no piensen que se trata del escenario de un nuevo espectáculo del Cirque du Soleil. Si se acercan, verán que, en el flanco de la carpa, se puede leer Mercat de la Llibertat. Ya sé que podría ser el título de la obra, pero no: será la ubicación provisional del mercado mientras duran las obras de reforma del viejo y decadente monumento modernista ubicado en el corazón de Gràcia (fundado en 1840 y contextualizado en la estructura metálica en 1875). En estos primeros días de cambio (el traslado oficial empezó el lunes), y siguiendo la tradición de inaugurar las cosas sin que estén del todo listas, hay algunos operarios que ultiman los acabados. En cualquier obra que se precie, el acabado es siempre lo más imprevisible. Por eso no se sorprendan si al ir a comprar unas pechugas de pollo se tropiezan con un electricista colgado del techo de una estructura que es un híbrido entre el envelat de fiesta mayor y una nave espacial.

No ha sido un cambio fácil. Las negociaciones con el Ayuntamiento empezaron hace años y la experiencia de reformas de otros mercados comporta que los comerciantes no crean demasiado en el plazo anunciado de dos años hasta regresar al nuevo. Tras la oxidada reja del viejo mercado, se respira un vacío en el que perviven ecos interrumpidos por el sigiloso paso de unas bandas de gatos con cara de pocos amigos, con la excepción de uno tan bien alimentado que se arrastra con la indolencia de Gardfield. Sobre la reja, un cartel que, en letras de colores, infantiliza gráficamente el traslado: Creuem el carrer! El Mercat de la Llibertat es posa guapo. Lo de ponerse guapo viene de los tiempos del Barcelona, posa't guapa, un mantra reformista que también afecta a otras aspectos del barrio. En el escaparate de la Perruqueria Lladó, por ejemplo, situada entre el mercado provisional y el antiguo, hay un letrero que dice: Estoy guapa, voy a salir maravillosa. Este optimismo estético es indispensable para enfrentarse a las lógicas molestias que produce el traslado. Dentro del mercado provisional, lo primero que se percibe es una disminución de espacio para el cliente. Los comerciantes ponen mucha buena voluntad y algunos incluso admiten disponer de más espacio que antes. "Aunque me falta una nevera", dice una dependienta. Como suele ocurrir con las mudanzas, por el camino se pierde parte del patrimonio y en este caso el número de puestos ya había empezado a menguar con el anuncio de la reforma y, con el cambio, alguna más ha decidido no continuar. La supervivencia de los mercados pasa por adaptarse al entorno, en este caso a horarios de mañana y tarde.

En medio de uno de los pasillos, observo a dos hombres trajados hablando por el móvil. Parecen supervisar los primeros días de cambio, atendiendo a detalles y procurando que todo esté en su sitio. La nueva política de mercados municipales cuenta con equipos de directivos que derrochan un entusiasmo que no siempre coincide con la sufrida y durísima vida del comerciante. Tienen horarios y horizontes existenciales diferentes y escenifican el contraste entre la estabilidad del servicio público y la vulnerabilidad de lo privado.

En el exterior de la carpa, hay un corner para las verduleras y, muy cerca, dos cabinas con retretes provisionales, de esos que se instalan en los conciertos multitudinarios de rock. En el interior, nadie enfatiza su papel ni aborda al cliente con los gritos costumbristas que, por suerte, han desaparecido. Los clientes asiduos intentan localizar sus puestos de confianza y se repiten los diálogos sobre la duración del traslado y la esperanza, teñida de dudas, de que se cumplan los plazos. El aspecto del género expuesto es bueno y la iluminación, sumada al fondo blanco, ayuda. La expresión del pescado muerto, sin embargo, es la misma de siempre. Siempre resulta impresionante observar cómo se mantienen allí, esperando que alguien los elija para ser pasados a cuchillo. Recuerdo una frase del excelente libro Interpretar a los animales, de Temple Grandin y Catherine Johnson: "Las presas pueden ser insólitamente resignadas". El pescado del mercado de la Llibertat lo es, y su resignación se repite a través de múltiples miradas opacas, tan frías como el hielo que les sirve de colchón. En el exterior, las obras continúan y abundan las cajas vacías y rincones con restos de derribos. La zona, que vive un momento de transición entre las obras y la normalización, evoluciona. Queda algún rincón bastante destartalado al que se acerca un vagabundo sucio y malhumorado. Pienso en lo que escribió el polígrafo Teofrasto cuatro siglos antes de Cristo: "El guarro es un individuo capaz de pasearse con su costra, su roña y sus largas uñas, y asegurar que éstas son enfermedades suyas hereditarias". Éste, en cambio, se queda mirando las letras gigantes en las que pone Llibertat, me mira, repite "llibertat" y se pone a reír.

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