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sábado, 17 de febrero de 2007
COLUMNA

El cultivo de la sandía

Como últimamente he comprobado que hay mucha gente confusa respecto al cultivo de la sandía quiero aportar mi grano de arena para el mejor conocimiento de esta planta anual herbácea de porte trepador. Porque sólo conociendo este fruto "verde por fuera y rojo por dentro" puede entenderse el sufrido debate en torno al urbanismo en España y, en concreto, en la Comunidad Valenciana.

Estoy seguro que el conseller Estaban González Pons leyó en su momento un buen tratado sobre la sandía, para luego adentrarse en la descripción de su modelo urbanístico. Lo malo es que optó por especializarse en el cultivo de esta fruta para aliviar las tensiones de la agitada vida de un conseller de urbanismo (hasta la palabra sandía es más estética que ladrillo), sin valorar las consecuencias reales de su afición agrícola. Ni un voto y mucho lío, puro coaching mal aplicado.

Joan Ignasi Pla también intentó la pasada semana en Alicante llegar a la sandía desde el otro extremo de la banda, defendiendo un Plan Rabasa sostenible, pero luego su partido y Esquerra Unida le recomendaron que se pasara al pomelo, que resulta más agrio. Una lástima porque el guiño de Pla a los creadores de empleo en la construcción de Alicante era el adecuado, pero se le atragantó por falta de fe en si mismo. ¿Por qué ese empeño de jugar a extremo izquierda si su papel es de delantero centro?

En cuanto la sandía, oriunda de Africa e ideal como sustituto del agua cuando hay sequía (un dato más a favor de la tesis del urbanismo sandía), no es muy exigente con el suelo donde se planta, pero resulta muy aparente: tiene flor, la hoja es de tacto suave y resiste muy bien a la mosca blanca, el pulgón y el minador. Hay otros bichos que la afectan, pero aguanta mejor que otras frutas. Y lo mejor, sirve para el consumo casero, para la exportación y en los últimos años la conserva ha dado buenos resultados. Tal cual como la vivienda: para consumo casero, para el turista y para guardar el dinero.

Lo que extraña es que en la Jornada montada por la Asociación Provincial de Promotores Inmobiliarios y Agentes Urbanizadores de Valencia para el día 22 de febrero no haya una sola conferencia sobre el cultivo de la sandía, que debía ser asignatura obligada en las universidades valencianas del ramo. Pero tampoco pasa nada, porque en toda la Jornada no se aborda ni uno sólo de los problemas que tiene realmente este sector. Hablan de lo mismo que hablaban el siglo pasado, quizá porque el presidente de las AA.PP, Salvador Vila, y, sobre todo, el eterno secretario, Benjamín Muñoz, creen que ignorar la realidad es la mejor forma de combatirla. Pues como le puede pasar al conseller Pons, estos desunidos promotores se encontrarán con que las sandías también se cultivan en cualquier sitio del mundo.

En la Jornada ni se habla de la sandía, ni de la atomización del sector, ni de la discrecionalidad en la toma de decisiones de cualquier administración, de los costes en los tiempos para construir, de la escasa productividad en varios de los subsectores que intervienen, de los altos costes del sistema productivo, que casi es el mismo que en tiempos de los egipcios, o de la escasa calidad de mucha de la oferta que se coloca en el mercado. Como dice un amigo constructor, el modelo sectorial valenciano de la construcción y por redundancia la vivienda para cualquier fin es incapaz de revisar siquiera cómo cambian los gustos del consumidor, Maria Antonia Trujillo (ministra del ramo) aparte. ¿El cliente quiere sólo una casa o también pide servicios? ¿Hay que potenciar empresas fuertes o mantener la atomización?

Y, por supuesto, en esta Jornada que anuncia un cambio de ciclo no se habla de lo más importante, que es la necesidad que desde hace años muestra el sector de salir a explicar al ciudadano de aquí y de allá que los constructores, promotores y agentes urbanizadores no son demonios con cuernos y rabo. Pero esto sería demasiado para unos promotores que reconocen en público que bajará la venta de viviendas. Así empezaron los citricultores y ahora no les sale a cuenta ni coger la naranja del árbol. Aunque siempre quedará la sandía.

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