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Reportaje:

El carnaval del miedo

Los vecinos de Tenerife que denunciaron el ruido viven atemorizados por la presión

No es Halloween, pero algunos vecinos de Santa Cruz de Tenerife tienen miedo. No quieren que se les vea, huyen de los focos, las cámaras y los micros. No hablan y, cuando lo hacen, les tiembla la voz. Algunas emisoras de radio y foros de Internet han divulgado sus nombres y las direcciones de sus domicilios. Son los nueve particulares y siete comunidades de propietarios, la mayoría de avanzada edad, que, tras años de quejas y denuncias desatendidas por el ayuntamiento, se dirigieron el año pasado a los tribunales para hacer valer su derecho al descanso en los más de diez días de carnaval. Y la ley está de su parte. Las mediciones de los peritos independientes han marcado hasta 117 decibelios, como la turbina de un avión a punto de despegar.

"El alcalde ha movilizado a la gente en contra nuestra", asegura Justo Fernández, el único vecino que accedió a hablar para EL PAÍS. "En 2003, el propio alcalde se comprometió en un artículo en el periódico local Diario de Avisos a buscar una alternativa, porque reconocía que los ruidos eran insufribles, y no ha hecho nada".

"Los derechos de los vecinos se han maltratado y pisoteado históricamente y, cuando los tribunales nos dan la razón, lo que se ataca es al Estado de derecho", añade Felipe Campos, el abogado de 45 años que defiende a estos ciudadanos. Campos critica "una concepción de la política como el absolutismo del siglo XV, donde el monarca puede hacer lo que quiera. Pues aquí ya no. El político es un mero gestor sometido al imperio de la ley, la Constitución y los tribunales, y en ese marco hará lo que pueda".

Justo Fernández, que vive en el corazón del llamado cuadrilátero del baile, reconoce que en toda la calle se instalan vehículos y carrozas equipados con altavoces que hacen sonar desde la tarde hasta la mañana siguiente "aunque no haya nadie en los alrededores", y asegura que si el alcalde enviara a estos vehículos a una zona no residencial "estaría solucionado todo el problema". Cuando se le cuestiona si la decisión judicial de no superar los 55 decibelios de ruido es la sentencia de muerte del Carnaval él defiende que no. "Hemos medido hasta 117 decibelios en mi casa", que es una sexta planta; "eso no es ni carnaval ni nada, ahora no hay más que escándalo".

Este sindicalista se hizo hace unos años contertulio habitual de varias radios y televisiones, y alcanzó popularidad por divulgar presuntos casos de corrupción. Fernández asegura haber sido "de los últimos vecinos" en apuntarse a la acción judicial y reconoce que, al contrario que los otros denunciantes, él aún no tiene miedo. Pero recuerda que "el año pasado ya hubo tres portales totalmente destrozados y pedí protección al fiscal general del Estado y a la Delegación del Gobierno; este año no sé qué puede pasar".

Campos recuerda que "el año pasado ya se apuñaló al querido personaje de Fidel Castro y los mensajes que se están lanzando pueden tener una incidencia muy negativa en algunas personas".

Las emisoras de radio echan humo. "La idea principal es que muchos que se habían retirado hace años esta vez se quedan en la ciudad y salen a la calle", resume Juan Carlos Mateu, jefe de informativos de Radio Club Tenerife (SER) una de las populares emisoras del carnaval.

Entre las decenas de llamadas y mensajes recibidos hubo quien vio la mano del alcalde intentando reactivar la fiesta, otro que recomendó un spa para los vecinos del centro, los que llamaban desde Las Palmas (los rivales tradicionales) para sumarse a la defensa de los chichas, y los que decían desafiantes: "No hay policía para detener a tanta gente".

El estruendo de un país en fiestas

El ruido se dispara en todas las fiestas de España. Éste es un resumen del estruendo que producen medido en decibelios:

-Cataluña. El Ayuntamiento de Barcelona nunca ha medido los decibelios de la fiesta de Gràcia. Denuncias sí ha habido, pero el Consistorio no sabe cuántas.

-Aragón. Los nueve pueblos de la ruta del Tambor y el Bombo, en el Bajo Aragón de Teruel, rompen la hora desde la noche del Jueves Santo con redoble de tambores. Se superan los 120 decibelios.

-País Vasco. En Bilbao, el nivel máximo de decibelios permitido en la Semana Grande es de 95.

-Galicia. Quejas continuas por las atracciones de las fiestas patronales. Los feriantes rivalizan con sintonías chillonas para atraer al público hacia carruseles y tómbolas. Una barraca alcanza un nivel de 90 decibelios. El límite está en 55.

-Valencia. Las fallas son la fiesta del fuego, pero también del ruido. Entre verbenas y mascletás los ciudadanos soportan una media de 110 decibelios con picos de 120. El máximo permitido por las autoridades es de 130. El límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud es de 65.

-Andalucía. Ni los organizadores ni los espectadores temen en Cádiz por la celebración del carnaval, aquí nunca se han registrado quejas por el ruido en las fiestas. Las únicas denuncias de este tipo han venido por las concentraciones de motos por el Gran Premio de Jerez. Todas han sido archivadas.

Información de A. Uriona, J. Bauzá, C. Monserrat, P. Obelleiro, J. Prats y L. Paloma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de febrero de 2007

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