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lunes, 5 de febrero de 2007
Fútbol | 21ª jornada de Liga

"¡Dimisión, dimisión, dimisión!"

El reloj del estadio Bernabéu señalaba el minuto 43 cuando Fabio Capello asomó la nariz. Sigiloso, como un hurón, dio dos pasos y oteó la pradera. Sobre la llanura verde sus jugadores se pasaban el balón a unos metros del área del Levante sin atreverse a tirar al arco. El público pitaba. La gente madridista abroncaba a sus futbolistas desde el minuto 17. Sólo entonces Capello decidió despegar su espalda del asiento ergonómico. Salió de la cueva de metacrilato del banquillo y se expuso a la hinchada durante unos segundos. Con cuidado. Como las criaturas silvestres que temen al hombre. Hizo dos ademanes, cruzó los brazos y se recogió de nuevo en su cubil junto a Toni Grande, su segundo, y el doctor Alfonso del Corral.

Capello percibe los movimientos subterráneos. Algo se movía bajo las gradas del Bernabéu. Una energía contenida durante meses que encontró una vía de escape cuando se cumplió el tiempo reglamentario. Primero aparecieron unas manchitas blancas. Luego, varias decenas. Y finalmente, unos cuantos miles de pañuelos ondearon en las tribunas. De pronto, la hinchada descubría que estaba harta. Tres días después de que la juez Milagros Aparicio respaldara la posición jurídica del presidente, Ramón Calderón, respecto a las últimas elecciones madridistas, el público se volvió contra el palco. Cuando por fin Calderón se sintió completamente legitimado en su cargo, los aficionados le quitaron su respaldo moral. "¡Dimisión, dimisión, dimisión!", clamaban, señalando al palco de autoridades.

Desde 1999, cuando el equipo se descolgó de la Liga, el Bernabéu no registraba un clamor semejante. El público esperó cuatro años sin ver títulos para liberar la rabia. Florentino Pérez, el ex presidente, prefirió dimitir antes que ser objeto del escarnio público. Su sucesor no ha tardado ni seis meses de competición en verificar la ira de la grada.

Los hinchas apuntaron al presidente y al banquillo por igual. En medio del fragor, desde una esquina del campo surgió una pancarta recordatoria de que el presidente no está solo. Ponía: "Capello dimisión".

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