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Reportaje:

Templarios sin pamplinas

José Luis Corral, autor de 'El Cid', desmitifica a los socorridos caballeros con una novela y un ensayo simultáneos

"¡Beauséant!, ¡Beauséant!". Podría decirse que lanza por duplicado el famoso y corajudo grito de guerra de los templarios el escritor José Luis Corral, pues con el arrojo de los monjes soldado cargando en la batalla se ha adentrado en el proceloso y apasionante mundo de la orden con dos libros a la vez: una novela, El caballero del Temple, y un ensayo Breve historia de la orden del Temple, publicados simultáneamente por Edhasa. Una machada, la de Corral, el autor de la celebrada El Cid, digna de los templarios, de los que se calcula -véase Desmond Seward, Los monjes de la guerra, 2004- que unos veinte mil murieron luchando con las armas en la mano.

Dos pues son los libros, como dos eran los templarios que cabalgaban el mismo caballo en el controvertido sello de la orden. El ensayo es un somero estudio de la orden que incluye un útil capítulo de mitos y leyendas (el parroco Saunière, el bafomet, etcétera) y una utilísima bibliografía exhaustiva sobre los templarios. La novela, por su parte, sigue los pasos del joven caballero catalán Jaime de Castelnou desde que es reclutado por los monjes soldado de la cruz paté en el castillo familiar de Peralada hasta la destrucción de la orden en las hogueras atizadas por Felipe IV y Guillermo de Nogaret.

Fray Jaime es un templario paradigmático, que le sirve a Corral para explicar desde la narración la educación, vida y mentalidad de un caballero de la orden. En la novela asistimos a batallas sangrientas, somos testigos de la caída de Acre y la pérdida de Tierra Santa y escuchamos a los detractores de los frailes del Temple, que empiezan calificándolos de "meapilas de blanco" y acaban cargándoselos.

"La novela muestra a la orden ya en decadencia, cuando ha perdido sentido", explica Corral. "El protagonista es un estereotipo de templario, con sus defectos y virtudes. Es un tipo de una pieza, un soldado de Dios, una especie de robot medieval, programado por la orden, con una gran comida de coco, de lavado de cerebro. Los templarios eran así, obcecados, fanáticos. En las batallas, cuando son derrotados acaban muriendo todos. Hay un sentido en la orden de comunidad, de grupo cerrado, de secta si se quiere". Corral los compara con los marines e incluso con la Delta Force, las fuerzas especiales del Ejército de EE UU. "No tengo de ellos una visión muy positiva, pero tampoco negativa".

Desmitificar la orden, librarla de los infinitos tópicos y adherencias esotéricas que han ido acumulando con el tiempo -y sobre todo en los últimos años de códigos y conspiraciones- ha sido el propósito principal de Corral con sus dos libros. "Estaba harto de la moda templaria, de toda esa parafernalia seudohistórica banal y aberrante. He querido colocarlos en su justo término". El escritor reconoce que la historia de los templarios es un popurrí de fe, guerra y riqueza que, si se añade el apoteósico final del proceso, las torturas y la humeante imagen del último maestre, Jacques de Molay, maldiciendo desde las llamas, resulta un cóctel espectacular.

Pese a la mala prensa de los templarios en estos asuntos y la acreditada habilidad narrativa del autor en ese tipo de escenas, la novela de Corral carece prácticamente de episodios sexuales. Hay, eso sí, un pasaje en el que los compañeros templarios gastan una novatada a Castelnou diciéndole que ha de besarle el trasero al comendador. La broma resulta significativa si se recuerda que una de las acusaciones a los templarios fue la de sodomía.

En la novela, el protagonista recibe el encargo de ejecutar a Roger de Flor infiltrándose en sus filas. "Es un hecho histórico que Roger de Flor fue sargento del Temple y se enemistó con la orden tras largarse de Acre con una nave templaria", explica el autor.

Sorprende que Corral, tan desmitificador, relacione finalmente a su templario con... el Grial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de enero de 2007