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domingo, 7 de enero de 2007
FUERA DE CASA

Volver de Babia

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Sobre un libro escrito con gran ironía en el siglo X, y cuyo título es 'Contra el ignorante que compraba muchos libros'.

Para fugarse de la realidad unos días, pocos lugares mejores que las tierras de Babia. Allí vamos para empezar el veraneo, allí volvemos cuando los anfitriones, Eduardo Arroyo e Isabel Azcárate, tienen la bondad de acogernos. No es estrictamente Babia -aunque muchas veces pasamos la raya, cruzamos hasta sus brañas, sus ríos, caminos y cascadas-, sino la hermosa naturaleza del valle de Laciana, Robles de Laciana, donde el pintor, escritor y feroz polemista Eduardo Arroyo tiene su casa y estudio. De allí proviene su familia materna. En aquellos parajes, en los mismos en que comenzó el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, tuvo sus veraneos, descubrió la naturaleza, estudió y jugó este artista que hoy regresa a su tierra para soñar con moscas gigantes, cabezas con sombreros, boxeadores ilustrados, escritores, suicidas, cabezas de toros, carteles de cine, vacas que ríen o piedras como esculturas.

El mundo de Arroyo, como el mundo de aquellos cosmopolitas patrióticos, paseantes de aldeas, trotamundos de sierras y conocedores de asfaltos, teatros y museos de media Europa. Es un buen descendiente de aquellos ilustrados institucionistas, que mantienen el origen campesino sin renunciar al de ciudadano burgués. Ahora en León, en la capital, hay dos nuevos espacios que ilustran perfectamente este espíritu, este cruce entre modernidad y tradición. La casa museo de la Fundación Sierra Pambley, frente a la catedral, en donde en no muchos metros se puede recorrer lo mejor de un país que fue posible. Una España imaginada por ilustrados, modernos, no clericales, no autoritarios, que supieron hacer convivir lo mejor de los conocimientos, las enseñanzas y los adelantos del extranjero con las peculiaridades de nuestra tierra. El paseo por esa forma de vida, por la que fue vivienda imaginada por los Sierra Pambley y por el pequeño museo de otro leonés ilustrado, Gumersindo de Azcárate, que se encuentra en los bajos del sobrio y hermoso caserón, son el recorrido por un país que fue una realidad hasta que triunfó la intransigencia. Un diálogo que se rompió por la fuerza. Algo que, por desgracia, nos sigue siendo demasiado cercano.

Y no muy lejos de ese lugar para recordar la mejor tradición de nuestro pasado truncado, la propuesta del arte del presente, la mirada al futuro desde el moderno MUSAC. Sé que muchos pintores critican lo excesivo de su acercamiento al mundo audiovisual, fotográfico, pero ahora estaba lleno de pintura y de pintores. La visita a esos dos modelos de museo es una buena manera de hacer convivir los gustos y los sabores. Nos sigue proporcionando placeres la existencia de la lengua o la cecina a la manera tradicional de Adonías, pero nos gusta el atrevimiento de las propuestas de Vivaldi. Todas las mesas son buenas para celebrar los vigorosos cien años de un leonés que sigue siendo el techo de la poesía española -le gana por unos años a Muñoz Rojas-: Victoriano Cremer, un poeta centenario demasiado olvidado, tan vivo como su obra, tan lúcido como para seguir deleitándonos con sus miradas periodísticas de Cremer contra Cremer. Un poeta bien vivo aunque sus primeros libros los tengamos que buscar en esas románticas librerías de viejo, La trastienda, un doble milagro que pervive en pleno barrio húmedo.

Y hablando de librerías, de viejas librerías, de libros comprados después de ser tocados, de visitas a libros de viejo que no sean por los caminos de los internautas, hice caso al gran coleccionista, y apasionado de los libros perdidos, que es Eduardo Arroyo y me escapé a Oporto. Una vez más, al menos en esto del libro de viejo -también en unas cuantas cosas más-, hay que rendir tributo a nuestros vecinos portugueses. ¡Menos mal que nos queda Portugal!

Y en esto de libros y librerías de viejo, menos mal que nos queda Oporto. Y menos mal que he llegado antes que mi amigo el editor y coleccionista Chus Visor, al que cada año tengo que agradecer, además de su dedicación a la amistad y al viejo oficio de librero, la edición ejemplar con que nos felicita las fiestas. Este año ha sido un clásico griego, un libro lleno de ironía y sabiduría, un libro que podría haber sido escrito hoy, pero que lo hizo Luciano en el siglo X; se llama, tomen nota, Contra el ignorante que compraba muchos libros. Un placer de lectura, una lección para los obsesionados con la posesión de los libros que estoy seguro compartiré con Carmen Balcells. Chus Visor, que tiene muchas cualidades en eso de la búsqueda en librerías de viejo, es, como tantos otros que conozco, un cazador que no deja pieza viva. El coleccionista es un egoísta. Ya se sabe, el que llega primero llega dos veces. Como no me toca la lotería, me ha tocado la librería.

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