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viernes, 15 de diciembre de 2006
Tribuna:

El Informe Baker y la realidad del mundo

Las recomendaciones del informe del Grupo de Estudio sobre Irak, presidido por James Baker, hechas públicas el 6 de diciembre de 2006, constituyen una crítica muy dura del mesianismo fanático presentado en forma de política exterior por el grupo de neoconservadores estadounidenses dirigido por Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, George W. Bush y otros comparsas.

Aunque busca una solución de salida para Estados Unidos, el informe se pronuncia contra una retirada inmediata de las tropas estadounidenses, contra el statu quo, contra el envío de nuevos soldados a Irak y contra la división de Irak en tres regiones. Extrae así la lección principal del desastre, a saber, que EE UU no se halla en situación de aportar una solución clara, buena y definitiva, a la tragedia que ha provocado.

Aboga por una evolución de la misión del ejército de Estados Unidos en Irak, que deberá pasar de la intervención directa en la guerra civil, como hace ahora, al apoyo y formación de las fuerzas armadas iraquíes únicamente. El objetivo de semejante evolución sería reforzar cualitativa y cuantitativamente la capacidad del ejército iraquí para restablecer la autoridad del Gobierno y acelerar la "reconciliación nacional". Este proceso implica en un primer momento la permanencia de las tropas estadounidenses en Irak. Una vez se alcance este objetivo, las fuerzas de combate estadounidenses podrán abandonar Irak. Luego serán sustituidas por fuerzas de despliegue rápido y de operaciones especiales, de información y de protección en suelo iraquí. El plazo que menciona para la retirada de estas fuerzas de combate es a principios de 2008, pero en realidad dependerá de la situación de la seguridad sobre el terreno.

Además, el informe subraya la necesidad de una fuerte presencia militar de Estados Unidos en la región, lo que encaja con la estrategia de implantación de una densa red de bases militares en todo Oriente Próximo ya puesta en marcha por Donald Rumsfeld en los últimos años. Finalmente, el informe reconoce que el problema iraquí es indisociable de los conflictos, abiertos o posibles, existentes en la región (en particular el conflicto entre israelíes y palestinos, y el nuclear iraní, incluso aunque proponga dejar este último expediente en manos de la ONU). Recomienda pues que EE UU lance, de aquí a finales del año 2006, una ofensiva diplomática en el conjunto de la región para abordar estas cuestiones. El aspecto que más llama la atención es que el informe recomienda que Estados Unidos abra directamente negociaciones con Siria y con Irán, sin dejar de apoyarse en los aliados árabes tradicionales de Washington, e incluso asociándose con China, Rusia y Europa. Está claro que este planteamiento contrasta con la estrategia de exportación del caos puesta en marcha por los neoconservadores. Toda la cuestión consiste en saber si estas buenas intenciones tienen alguna posibilidad de éxito.

Ante todo habrá que ver la reacción del presidente Bush y sobre todo la de Dick Cheney, el verdadero responsable de la catástrofe, para saber si este informe va a entrañar un auténtico cambio de estrategia en Irak. Condoleeza Rice, a quien los ingenuos se complacen en presentar como una paloma, ha dicho ya que rehúsa la apertura propuesta con respecto a Siria e Irán, y que prefiere seguir apoyándose en Arabia Saudí, lo que ha llevado a Denis Ross a decir que si bien Baker aborda los problemas de la zona como negociador, Rice sigue dividiendo el mundo entre amigos y enemigos, lo que no da ninguna oportunidad... ¡al proyecto de Baker! En cuanto a Bush, siempre ha rechazado públicamente cualquier idea de retirada de las tropas de Irak (no "graceful exit", es decir, ninguna salida elegante), del mismo modo que siempre se ha negado categóricamente a tener en cuenta la relación que existe entre el conflicto entre israelíes y palestinos, y el "problema iraquí".

En el fondo, ya se puede hacer hincapié en dos características fundamentales que se refieren a la situación, en primer lugar, en Washington, y después en Irak yOriente Próximo. Primeramente, en EE UU, el Informe Baker viene a confirmar la decadencia de los neoconservadores: han perdido los puestos clave en la Administración de Bush, y Cheney parece aislado, aunque ha conseguido restablecer sus redes de influencia después de la pérdida de su jefe de gabinete. No se debe subestimar la capacidad de reacción de Cheney y de los neoconservadores. ¿Dejará éste que le destituyan? ¿Tratará de hacer rancho aparte? ¿Cuál será el juego de Gates en el Pentágono? ¿Se opondrá realmente a Cheney y a los neoconservadores o no será más que una coartada? Finalmente ¿en qué medida podrán influir los demócratas en ambas Cámaras?

En este contexto, uno de los signos importantes será que Cheney dimita, ya que no se entiende cómo podrá avalar las conclusiones de este informe si llegan a ser adoptadas, en parte o en su totalidad, por la Administración de Bush. Otro elemento interno de la política estadounidense: ¿qué van a hacer la derecha israelí y el Gobierno de Israel, ferozmente opuestos a cualquier negociación con Siria y favorables a una intervención armada contra Irán? Ni los demócratas, actualmente con mayoría en las dos Cámaras, ni los republicanos, pueden oponerse realmente a una ofensiva de los aliados de Israel en Washington.

En segundo lugar, en Irak no existe por el momento una estrategia de salida realista. Las propuestas de Baker no permiten esperar un alto el fuego en un plazo razonable. Porque nadie más controla a los protagonistas sobre el terreno. Además, Irán y Siria, a los que Baker pretende asociar, no tienen los mismos intereses: Teherán quiere un Irak débil, bajo dominio chií, mientras que Damasco quiere un Irán laico, bajo control suní y capaz de hacer frente a Turquía. Irán y Siria no están de acuerdo actualmente más que en un solo punto: el estancamiento estadounidense en Irak, que los beneficia y que desean que dure, al menos hasta que hayan obtenido lo que buscan en otros frentes (la legitimidad del uso de la energía nuclear para Irán y la restitución del Golán para Siria). Por último, Irak se ha convertido en el centro neurálgico del terrorismo y el islamismo radical. ¿Quién puede erradicar este cáncer?

En realidad, la única estrategia de salida del desastre provocado por la invasión estadounidense residirá en la conjunción de algunos factores clave: la instauración de un bloque de gobierno conjunto de chiíes y suníes, que renunciaría al "diferencialismo comunitarista" desencadenado por los estadounidenses y volvería a la referencia nacionalista árabe, pero esta vez no bajo la dictadura de un partido (el antiguo Baaz), sino con un planteamiento de multipartidismo democrático. Ahora bien, Estados Unidos no podrá ser el promotor de un cambio semejante, ya que esto equivaldría a negar la que ha sido su línea desde la guerra árabe-israelí de 1967 y el odio que concibió entonces hacia todo régimen nacionalista árabe no sujeto a su poder. Por tanto, será necesario que otras potencias se erijan en garantes de esta solución y, en primer lugar, los países árabes, Europa, Rusia y China. No es fácil.

Por otra parte, está claro que una democracia al estilo occidental no puede implantarse de un día para otro en Irak. Hará falta tiempo, mucho tiempo. Porque únicamente la constitución de un Estado fuerte, apoyado en un ejército fuerte, podrá garantizar la seguridad y hacer que se respeten las reglas del juego válidas para todas las fuerzas políticas iraquíes. El ejército reorganizado tendrá más o menos el mismo papel que desempeña el ejército turco actualmente en el sistema democrático de ese país. Marca las líneas rojas que los islamistas no deben traspasar. Se puede prever un papel análogo para el ejército iraquí, a condición de que todas las tendencias confesionales y tribales estén representadas.

Pero esta solución está lejos de ser factible en la actualidad, aunque sólo sea porque los estadounidenses no quieren un Estado independiente en Irak. Finalmente, existe otro parámetro, recogido bastante francamente en el Informe Baker, y que es de una importancia decisiva: el del petróleo iraquí. Los estadounidenses proponen privatizarlo, lo que equivale a entregarlo a las multinacionales estadounidenses a las que James Baker está vinculado tradicionalmente. Pero es poco probable que alguien acepte esta propuesta en Irak, aparte de algunos dirigentes iraquíes actuales, hombres de paja de la Administración estadounidense y algún antiguo agente de la CIA convertido en ministro o en presidente de la República.

Lo cierto es que es difícil salir rápidamente de la situación creada por la invasión estadounidense. El Informe Baker no ofrece más que pistas, y no propone ninguna solución radical. En cambio, a falta de presiones ejercidas en Estados Unidos por el movimiento contra la guerra, puede servir para dispensar a los nuevos cargos electos demócratas y republicanos de reclamar un cambio de rumbo radical de EE UU en Oriente Próximo. Entretanto, por la virulencia de las críticas que manifiesta contra los autores de esta catástrofe, recuerda que EE UU sigue siendo ante todo una gran democracia en la que la verdad puede ser hecha pública, pero también que esta verdad, cuando implica denuncias de actos criminales, desgraciadamente no siempre conduce a castigar a los culpables. Porque evidentemente los dirigentes culpables de la muerte de cientos de miles de iraquíes no serán ni perseguidos por la justicia ni condenados, mientras que el inocente pueblo iraquí está metido en un infierno. Ésta es la auténtica realidad del mundo.

Sami Naïr es profesor invitado de la Universidad Carlos III. Traducción de News Clips.

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