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Crónica:LA CRÓNICA

Género chico

Que una librería especializada en artes escénicas tenga las dimensiones del camarote de los hermanos Marx es un acto de coherencia. Se llama Show Books, la Llibreria de l'Espectacle (Muntaner, 25), abrió hace un par de semanas y está ultimando una web para poder cubrir las expectativas de sus potenciales clientes a distancia. No creo que quepan más de cinco clientes a la vez y eso le da un toque de originalidad que la distingue de todas las de su gremio. Situada en un céntrico minilocal que antaño alojaba un almacén de magdalenas, el espacio, tan estrecho como alto, no permite demasiadas florituras escenográficas y, sin embargo, sus propietarios han conseguido situar un falso telón rojo y operístico como decorado y ofrecer a quien levante la vista hacia el techo una hermosa sucesión de molduras con categoría de nube.

Con las dimensiones del camarote de los hermanos Marx, la librería reúne los libros desperdigados por los rincones de librerías generalistas o de ocasión

En lo que a dimensiones se refiere, la librería es un milagro o, si se analiza con criterios de explotación económica y expansión comercial, una temeridad. Sin embargo, enseguida percibes que aquí podrás encontrar, reunidos en pocos metros, un tipo de libros que suelen sobrevivir desperdigados por distintos rincones de librerías generalistas o de ocasión. La especialidad es la baza y, enmarcada en un contexto liliputiense, permite ofrecer un servicio sin caer en una sangría de gastos que la hagan inviable. En los estantes, situados a derecha e izquierda, una selección de títulos dedicados al ballet, al circo, al teatro, al arte ecuestre, la tauromaquia y a la ópera.

A primera vista, la suma parece el resultado de haber pescado indiscriminadamente en colecciones privadas, bibliotecas heredadas y fondos desahuciados. Luego, descubres cierta lógica en la selección y un gusto que, por ejemplo, puede proporcionarte varias biografías complementarias de Charlie Rivel (desde la de Sebastià Gasch hata libros de fotos, pasando por la del propio payaso, Ser o no ser, publicada originalmente en Dinamarca y traducida por Destino en 1973), tratados sobre el ballet clásico catalán y una divertida historia de los distintos géneros chicos. Aquí se permiten pocos movimientos. Como máximo puedes darte la vuelta y elegir una u otra estanteria y, sobre todo, aprender a agacharte para acceder a los estantes inferiores y a torcer el cuello para identificar los lomos de los superiores. Si entra un transportista con una caja voluminosa, los que están dentro de la librería tendrán que salir e, intuyo, se producirán situaciones más propias de un ascensor que de una tienda. O sea: puro arte escénico.

Echo un vistazo a la biografía de Rivel y, en la página 164, leo: "España estaba en plena Guerra Civil. A bordo del Almanzor me encontré con un antiguo conocido de Marruecos, el general Millán Astray, a quien no había vuelto a ver desde nuestro encuentro en Larache. Ahora viaja de incógnito a España". Lo peor de viajar de incógnito es que alguien te reconozca y lo cuente en un libro. Sigo buscando y tropiezo con una Historia del género chico (editada en 1920) que incluye un capítulo dedicado al cuplé político, de cuando la crítica política merecía ser musicada, y saboreo unos versos dedicados al patrioterismo rancio: "Yo nunca estoy triste: yo soy españó". Y en el apartado de magias e ilusionismos, encuentro una joya de cuando el gran Juan Tamariz empezaba. El libro lleva un título que resume bastante bien el tipo de ironía que suele destilar Tamariz: Monedas, monedas... (y monedas). Lo publicó una pequeña editorial de Barcelona, con sede en la calle de Oliana, en 1975, y empieza con una breve autobiografía marca de la casa en la que puede leerse: "Nací en Madrid el 18 de octubre de 1942, bajo el signo de Libra y el techo del sanatorio".

Recorriendo los estantes de Show Books, y viendo la variedad de testimonios, uno empieza a sospechar que, en su faceta más escénica, España es, en efecto, un lugar donde incluso los más tristes parecen estar contentos y destilar un sano cachondeo que relativiza incluso sus prácticas más polémicas, como el autosacramental o la tauromaquia. A grandes males, grandes risas. Aquí también se encontrarán bastante libros dedicados a las artes escénicas catalanas. En el libro Ballet clàssic català, por ejemplo, escrito por Esteve Fàbregas, se reivindica la necesidad de un ballet nacional catalán y se recuerda que países como el Principado de Mónaco, el gran ducado de Luxemburgo o Senegal tienen uno (que tomen nota los señores de Esquerra Republicana de Catalunya que, ay, se encargarán de nuestras futuras representatividades nacionales exteriores). Y está el teatro, por supuesto, con una extensa bibliografía en la que no faltan memorias de Goldoni, ensayos sesudos sobre la cuarta pared, métodos de interpretación e incluso un volumen titulado Alegato a favor del actor, de Jorge Eines, que tiene el acierto de reproducir una sabia definición de Giorgio Strehler: "Un actor es un hombre que, aislado de la realidad en un escenario real o irreal, con un cuerpo y su voz, con gestos, tonos y desplazamientos, pronuncia delante de otros las palabras de otro, como un condenado a muerte o un predicador".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de diciembre de 2006