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lunes, 27 de noviembre de 2006
Reportaje:Ciclismo | Desaparece un gran deportista

La mística de los Seis Días

Hasta la Segunda Guerra Mundial, los grandes mitos del ciclismo se creaban en el velódromo

Para distraerse, para tener algo que hacer fuera de su casa, después de la muerte de su hermano Sauro, Paolo Bettini decidió pasear este otoño su maillot de campeón del mundo por los velódromos europeos que celebraban pruebas de Seis Días. después de participar en las pruebas de Grenoble y Múnich, Bettini, un purasangre de la carretera, se había transformado en un converso. "He descubierto que el verdadero ciclismo se da en la pista, en los Seis Días", dijo el Grillo, ojos brillantes de emoción. "He descubierto la solidaridad, la unión y el compañerismo, valores que no se dan en el pelotón de carretera. Ha sido una delicia. después de las carreras nos juntábamos para ir a cenar y tomar unas cervezas. Cosas que durante la temporada sólo hacemos con nuestro equipo, en los Seis Días las practicamos con los rivales".

Se había enamorado Bettini de los Seis Días pese a haber trabado conocimiento no con la versión pura, original, de los Seis Días, sino con el sucedáneo que sobrevive a duras penas en una docena de velódromos en el siglo XXI.

En sus orígenes, a finales del siglo XIX, en el Madison Square Garden de Nueva York (de ahí el nombre de madison que recibe la prueba reina, aquella en la que ciclistas por parejas se turnan dando vueltas a la pista durante 50 kilómetros, con sprints puntuables cada 10 giros: nació, con sus relevos lanzando un corredor a otro con un apretón de manos imitando las prácticas de las carreras de patines de ruedas), los Seis Días eran eso, seis días, 144 horas de maratón y resistencia de ciclistas obligados a hacerlo todo sobre la pista. En sus años de oro, cuando conquistaron la Europa de entreguerras, los años en los que Ernest Hemingway y John Dos Passos se convirtieron en habituales del Velódromo de Invierno de París, y el pintor Edward Hopper del Madison neoyorquino, los Seis Días se dulcificaron: ya se permitieron a equipos de dos o tres turnarse en la pista, pero el ciclista seguía siendo un esclavo. Un esclavo muy bien tratado. Entonces, el dinero del ciclismo, los millones, estaba en la pista. Los velódromos era espacios enormes, atmósfera de humo, 15.000, 20.000 personas en las gradas, comiendo, fumando, bebiendo, y los ciclistas no podían salir para nada. Dormían en diminutos cubículos en la pelús, se aseaban con baldes de agua, se lavaban la ropa en público. Eran los dioses del momento.

La posguerra acabó con los Seis Días (y la guerra con los velódromos: el de Invierno de París fue transformado por los nazis en centro de concentración de judíos previo a su deportación). El fútbol y la televisión atraparon al público; la carretera, Coppi, Bartali, Koblet, Robic, Bobet, se apoderó de los mitos. Los Seis Días se convirtieron en sinónimo de decadencia.

"Cuando yo participaba en los Seis Días", cuenta Peio Ruiz Cabestany, ciclista que disputó, el invierno de 1986, la última edición de los Seis Días de Madrid en el desaparecido velódromo del Palaciol de los Deportes, "aún teníamos que dormir en el velódromo, en unas roulottes que se instalaban allí. Pero las pruebas, que no eran sólo madison, había también, puntuación, tras derny, scratch, eliminación..., no duraban las 24 horas. Empezaban a media tarde y estábamos hasta las dos o las tres de la mañana. El público sobre todo se concentraba por la noche, público noctámbulo que proseguía su juerga en el velódromo".

En Alemania y Bélgica, los Seis Días siguen siendo una institución, un espectáculo animado y variado en el que el público pasa el día, cena, bebe, se divierte. De ello viven un par de docenas de corredores que recorren el circuito de noviembre a enero y a los que se suma, de vez en cuando, la estrella de la carretera que quiere vivir emociones fuertes, diferentes.

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