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domingo, 26 de noviembre de 2006

Un cadáver en una zanja

El comisario Pita mira el cuerpo con gesto inexpresivo, mientras el detective que han mandado de la Central examina el escenario del crimen para elaborar sus primeras conclusiones.

-Yo diría que es un ajuste de cuentas -concluye-. Las escarificaciones en rostro y manos indican…

-¿Escarificaciones? -se sorprende el comisario.

-Sí, es una costumbre primitiva, ritual, que consiste…

-No -Pita levanta la mano-, si ya sé lo que son las escarificaciones. Pero lo que está usted viendo son mordiscos.

-¿Mordiscos? -ahora es el detective el sorprendido-. Pero ¿piensa usted…?

-Son mordiscos de rata. Salen de la obra por la noche. Yo vivo aquí al lado y estoy harto de verlas. Tenemos la calle abierta desde hace un año y medio. Se han acostumbrado a salir.

-No me lo puedo creer. ¿Aquí, en el centro de Madrid?

-Sí, aquí, en el centro de Madrid. Las obras no se terminan nunca y las ratas se pasean por las aceras. Como si fuera Nairobi. ¿Qué digo Nairobi? Ni sus suburbios. Esto es el Salvaje Oeste…

El detective mastica en silencio esta revelación mientras Modesto sale de casa, se fija en las cintas que acotan el espacio donde se mueven los policías, ve al comisario, se acerca.

-Pero este hombre… -dice.

-Sí -confirma Pita.

-¿Le conoce? -pregunta el detective.

-Claro -su colega se anticipa a la respuesta de su vecino-. Todos le conocíamos. Era muy famoso por aquí.

-Decidme, ¿quién lo mató? -recita Modesto antes de seguir su camino-. Fuenteovejuna, señor…

El comisario Pita reprime una sonrisa mientras espera una pregunta del detective, pero al hombre de la Central, por lo que se ve, no le gusta el teatro clásico. Mejor, se dice, porque esto ya está bastante complicado. Y sin embargo no puede descartar que lleguen otros vecinos, actores aficionados o no, que infiltren en el ánimo del especialista las mismas sospechas que le asaltaron a él esta misma mañana.

A las siete menos diez, cuando salía de casa para ir a trabajar, le llamó la atención un zapato suelto, tirado junto a la valla -más bien lo que queda de ella- que separa un exiguo resto de acera de las obras del aparcamiento interminable. Se acercó con precaución aunque ya hubiera amanecido, porque detesta a las ratas y lo que acaba de contarle al detective es verdad, no ha exagerado nada. Entonces vio al cadáver, y lo reconoció al instante, pese al feroz ensañamiento de navajas que desfiguraba su cuerpo. La identidad del difunto le provocó un violento escalofrío. Era un hombre joven. Seguramente no merecía morir, y sin embargo él había deseado muchas veces su muerte.

Mientras le enviaban refuerzos desde la Central, calculó cuántos vecinos de su casa, de su calle, de las casas y calles contiguas, habrían sentido alguna vez el mismo impulso homicida, y calculó que serían incontables. A sus pies yacía el guardacoches más chulo, más matón y detestable de la discoteca Pachá, el castigo divino que los habitantes de esta zona de Madrid sufrían desde mucho antes de las obras, mucho antes de las ratas. Pero nada es casualidad, todo está relacionado.

Aquel indeseable era el culpable del caos semanal, el concierto de bocinas e improperios que había convertido las noches de los viernes, de los sábados, en un infierno insomne. Y sin embargo, si aquí las obras no duraran siempre, su iniciativa de aparcar coches a ambos lados de una calle cuyo espacio se veía reducido a la mitad por las vallas, hasta dejar libre sólo un carril en el que los vehículos se topaban de morros una y otra vez, desde la caída de la tarde hasta que se hacía de día, no habría sido tan grave. Y si el concejal responsable se hubiera hecho digno alguna vez de ese adjetivo calificativo, habría tomado medidas a tiempo. Y si la Policía Municipal reaccionara con eficacia y prontitud a las quejas de los vecinos, el problema no sobreviviría a la medianoche. Y si el Ayuntamiento de Madrid obligara a los empresarios a cumplir sus propias normativas, en esta ciudad se podría dormir. E incluso se podría volver a vivir. Pero no. De momento no se puede.

Todo esto pensó el comisario Pita al descubrir un cadáver mordisqueado por las ratas y tirado en una zanja. Y que los sospechosos eran tantos que nunca podrían estar seguros de ninguno. Ahora, mientras el detective examina las presuntas escarificaciones con una lupa, se arrepiente de haber pensado así. Porque ésta no es una ciudad civilizada, pero sus vecinos sí lo son. De lo contrario, esto habría sucedido mucho antes.

-Un ajuste de cuentas, ¿eh? -pregunta, y el especialista asiente con la cabeza-. Sí, yo también lo creo.

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