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jueves, 2 de noviembre de 2006
Entrevista:

La verdad sobre el 'caso Mendoza'

Llàtzer Moix publica un libro reportaje sobre la personalidad y la obra del escritor barcelona"

No es una biografía, ni un estudio académico, ni una conversación con el escritor Eduardo Mendoza. Mundo Mendoza (Seix Barral), del periodista Llàtzer Moix (Sabadell, 1955), tiene un poco de todo ello, pero básicamente es un gran reportaje para desentrañar el universo literario mendocino y la génesis de una obra que ocupa un lugar singular en el panorama de las letras españolas. Singular porque desde la aparición, en 1976, de La verdad sobre el caso Savolta, ha provocado un extraño consenso entre la crítica, que reconoció ese título con su premio anual, y el público, el cual desde el primer momento se ha mostrado sumamente receptivo a las propuestas de un autor que sólo en España lleva vendidos cerca de cuatro millones de ejemplares. "Este consenso me ha parecido siempre muy raro. Fue eso lo que me impulsó a bucear en la vida y la obra del escritor", detalla Moix.

"Eduardo Mendoza es omnicomprensivo, ha trazado un gran friso social a lo largo de más de un siglo de Barcelona"

"El consenso de público y crítica me pareció siempre muy raro. Fue lo que me impulsó a bucear en la vida y la obra del escritor"

Eduardo Mendoza es una especie de agujero negro que absorbe energía. Ha sido traducido a una veintena de idiomas, ha merecido la atención de numerosos estudios académicos y, cosa menos frecuente, sus colegas de profesión le adoran. Es cierto que, aparte del de la crítica, los premios mayores del país se le resisten extrañamente, pero Moix cree que por poco tiempo. "Mendoza ocupa una posición central elevada y dominante. Es un hombre formal, con buena presencia física, siempre bien vestido. Al decir de todos, una buena persona, generoso, incapaz de dar un no a nadie. Ahora bien, junto a todo esto siente una curiosa debilidad por la gamberrada, la salida de tono, el comentario a veces hiriente. Todo en él se multiplica en un juego de opuestos que tiende al infinito".

¿De dónde procede esta vena tan anticonvencional del escritor? Moix responde que de una tradición anarquista y romántica muy arraigada en Mendoza y perfectamente rastreable en títulos como La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios y El tocador de señoras. "Mendoza siente que otras tradiciones le son ajenas. Tras un viaje a Praga abandona cualquier veleidad comunista y la contracultura de finales de los sesenta le pilla lejos de su sensibilidad. En cambio, el anarquismo le resultó próximo desde un primer momento". Concretamente, según escribe Moix, desde que, en 1967, entró a trabajar como abogado en la empresa eléctrica Fecsa y se integró en el equipo jurídico que participó en el litigio entre los gobiernos español y belga por la quebrada empresa canadiense Barcelona Traction, uno de los focos libertarios más activos de la capital catalana de principios del siglo XX. Mendoza realizó en ese caso tareas de documentalista, que le fueron muy útiles en su posterior exordio literario.

"De ese trabajo en los archivos procede su gusto por coleccionar documentos dispares para luego mezclarlos en su obra. El mestizaje de géneros, tonos, lenguajes y acentos es uno de los aspectos decididamente más llamativos de su obra", valora Llàtzer Moix. "En La verdad sobre el caso Savolta realiza un trabajo de collage, sin importarle cierto desajuste formal en aras de la experimentación. En su obra posterior sigue mezclando materiales de muy diversa procedencia, personajes que lanzan catalanadas junto a otros que emplean un castellano que parece salido de El lazarillo de Tormes. También combina elementos de novela negra con elementos estilísticos procedentes de la literatura de Pío Baroja o Valle-Inclán. El resultado de toda esta amalgama es un tejido unitario perfectamente digerible, al que no se le ven las costuras por ninguna parte".

Otro de los aspectos de la producción literaria de Eduardo Mendoza en el que Moix bucea es la alternancia de obras mayores y títulos menores sancionada por la crítica. Moix no cree excesivamente en esa división. Es cierto que El misterio de la cripta embrujada, primer título del autor considerado menor, llega en un momento (1979) en que se halla encallado con la novela que constituirá su gran éxito, La ciudad de los prodigios (1986), pero a la vez fija uno de los personajes recurrentes en su obra, la figura del loco o del desarraigado que contempla la realidad desde una distancia a menudo muy lúcida. "La cripta es una obra escrita en estado de gracia, recién regresado de Nueva York, donde vivió durante 10 años, trabajando como traductor e intérprete de Naciones Unidas. No es una obra menor, a mi modo de ver. Es la afirmación de Mendoza de que escribirá siempre lo que le dé la gana. De ahí el desconcierto que provoca. Su última novela, Mauricio o las elecciones primarias, vuelve a sorprender. Cuando todo el mundo espera al Mendoza estilísticamente más elaborado y con una carga mayor de escepticismo y humor, él opta por una narración muy sencilla. Dificilísima. Me parece un acto de una gran valentía".

En su reportaje, Moix establece una interesante tipología de los personajes mendocinos. Por un lado están los tipos ambiciosos, como Onofre Bouvila (La ciudad...) o Lepprince (La verdad...), que mueven la trama, aunque acaban sin controlarla. Por el otro, aparecen los que Moix llama "héroes accidentales", pasivos, de personalidades débiles, que se dejan arrastrar por las circunstancias (Javier Miranda, de La verdad...; Prullás, de Una comedia ligera; Fábregas, de La isla inaudita; incluso Mauricio, de Las elecciones primarias). A menudo estos antihéroes han sido asociados al propio escritor. "Pero Mendoza es un falso dúctil", matiza el periodista. "Es cierto que se siente próximo al personaje pasivo. En su caso, sin embargo, la caña de pescar se dobla, pero siempre vuelve a su posición inicial. Es un autor profundamente libre".

Y naturalmente, como gran tema de la literatura de Eduardo Mendoza está Barcelona. La ciudad como entramado de gentes y de historias, más que como espacio físico. "Barcelona es para mí como el cuarto de jugar de mi infancia, en el que coexistían el barco pirata con el Lejano Oeste, donde todo era posible", declara el autor a su biógrafo. "Mendoza tiene colegas excelentes que también han tratado la ciudad, pero lo han hecho en ámbitos temporales y sociales más limitados. Él es omnicomprensivo, ha trazado un gran friso social a lo largo de más de un siglo de esta ciudad. Yo creo que eso, sin desmerecer a otros autores, le convierte en el gran novelista de Barcelona".

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