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viernes, 6 de octubre de 2006
Crítica:

Engaño y persuasión

Hace unos años, enfrentada a la palmaria evidencia de que las películas producidas en el Hollywood clásico respondían invariablemente al mismo patrón (misóginas, con un punto de vista predominantemente blanco y masculino, con figuras y arquetipos de mujer modeladas según los más arcaicos lugares comunes del machismo militante), y poco más, las analistas cinematográficas se dieron cuenta de que ese discurso productivo debía cambiar ligeramente de óptica. Y lo hicieron hasta encontrar lo que podemos denominar itinerarios de transgresión: no es importante cómo acaban las historias, sugerían, sino lo que inducen los comportamientos "desviados" de algunos personajes, que se convierten en pautas de conducta para públicos avisados. Poco importa, a la postre, que el final de una película penalice a su protagonista, sino lo que la espectadora / el espectador haya aprendido de su manera de ir por su propia vida.

EL DIABLO VISTE DE PRADA

Dirección: David Frankel. Intérpretes: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Rich Sommer. Género: comedia dramática, EE UU, 2006. Duración: 109 minutos.

Viene todo esto a cuento de esta aviesa El diablo viste de Prada, una película en la que se propone un personaje sencillamente horroroso, Miranda (Streep), la editora jefe de una influyente revista de modas que es un calco de un personaje real (Anna Wintour, todopoderosa editora de Vogue, a quien la autora de la novela en que se basa el filme, Lauren Weisberger, sirvió como ayudante, en un calco de lo que explica la trama de la película). Despótica, ferozmente defensora de su papel como creadora de moda e inductora de consumos masivos, Miranda se comporta con sus asistentes punto menos que como un capataz de plantación con sus esclavos negros.

Es la suya una personalidad siniestra, no ya inhumana, sino fuera de cualquier código moral compartible: su poder es total, la manera en que maneja a sus más fieles servidores se antoja caprichosa, su fortuna deja literalmente alelado a quien pueda asomarse a contemplarla; su manera de ejercer el poder resulta abrumadora. Toda la película se juega en el terreno de encuentro entre ese personaje y su asistente (Anne Hathaway), cuyo punto de vista es el que la narración privilegia. Periodista competente, alejada del consumo de moda (y por ende, objeto de constantes puyas en su trabajo), la asistente va cuajando sobre Miranda una mirada en la que se mezcla la admiración con el repudio, la valoración de su depredadora inteligencia con un deseo cada vez más ferviente de hacer las cosas bien, de agradar al monstruo: en este sentido, su itinerario es el de alguien que termina rendido ante el mal, la experiencia que su personaje transmite no es otra que la de quien se pliega a los más caprichosos deseos de quien la explota, sólo por el placer de superar los obstáculos.

El filme actúa así estrictamente al contrario de lo que parece proponer: como un desembozado canto a la moda y sus rituales (están de parabienes, y es uno de los ganchos de la función, los amantes de los desfiles y de lo último en ropa), a la obediencia ciega y a la superación de obstáculos, al despotismo ilustrado. Y lo de menos, como ocurría con el cine clásico americano, es cómo termina el cuento, aquí con una solución postiza y falsa que pretende diluir, en un par de planos, toda la poderosa carga ideológica que la película ha movilizado hasta entonces. Lo que importa es lo que hemos ido viendo, el cambio paulatino de una persona que se va dejando jirones de su independencia en pos de la consecución de los objetivos de otra. De ahí también su eficacia: porque, como sabemos desde hace mucho, los personajes malignos, y más si están encarnados por una actriz prodigiosa (Meryl Streep está sencillamente de Oscar), resultan siempre mucho más atractivos que una supuesta heroína buena, inteligente y disciplinada, el ejemplo contemporáneo de la aplicada, adorable vecinita de al lado.

Meryl Streep, en una imagen de El diablo viste de Prada.

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