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lunes, 25 de septiembre de 2006
Crónica:Ciclismo | Mundial de Salzburgo

Bettini deja clavado a Valverde

El campeón olímpico consigue al fin, a los 32 años, el 'maillot' arcoiris, el título que le faltaba, y el murciano logra el bronce

Antes de partir Paolo Bettini se entretuvo dando un beso a una mujer acodada tras las vallas -"a mi esposa, a quién si no"; 'pero era vieja', "pues a mi madre, a quién si no", explicó en chispeante diálogo- y cuando echó a andar el pelotón ya le llevaba unos metros. Aceleró, dio un cachete en el culo a su amigo Paolini, que le esperaba, y tiró para adelante. Comenzaba una carrera de 265,9 kilómetros que seis horas y cuarto después debería convertirlo en campeón del mundo. Eso ya lo sabía Bettini, sabía que pasara lo que pasara le tocaba ganar, pero lo que no sabía, lo que no podía ni imaginarse, era que la carrera no se decidiría en la subida al duro repecho -como muchos imaginaban-, ni tampoco en el falso llano previo al descenso -como unos cuantos auguraban-, ni siquiera en el descenso propiamente dicho -como alguno intentó-, sino en una curva, como así sucedió.

La victoria no llegó en el llano, ni en el ascenso, ni en el descenso, sino en una curva

"Cuando me pasó Zabel como un cohete, ya no pude ni reaccionar", sostuvo el español

Mediada la carrera, mientras una fuga de 15 corredores marcaba el tempo en el centro de Salzburgo compitiendo con los toques de campana de todas las iglesias al unísono, Serge Parsani, el veterano director del Quick Step, reflexiona mientras engulle una empanada de carne acompañada de col fermentada en una mesa junto a la meta. "En la fuga está Tosatto, que es de mi equipo, y en el pelotón está también Boonen, el actual campeón del mundo, de mi equipo", dice. "Pero si me dan a elegir entre los dos para ganar hoy, me quedo con Bettini, el que más lo merece". No hace falta que recite su currículo, que es de obligado conocimiento en todas las escuelas de ciclismo -Paolo Bettini, toscano de Livorno, la roja, 32 años, campeón olímpico en Atenas 2004, ganador de cuatro monumentos, San Remo, dos Liejas, un Lombardía, un palmarés que hace más sangrante una única ausencia, la de un maillot arcoiris de campeón del mundo-, ni tampoco sus cualidades ciclísticas, reconocidas por todos los aficionados del mundo, su capacidad de romper los grupos, su carácter atacante, su resistencia a la fatiga, su velocidad final, ni sus cualidades personales, generosidad, simpatía, compañerismo, para que todos estén de acuerdo: Bettini debe ganar. Bettini ganará.

Bettini no ganó en el ascenso al repecho, pese a que intentara destruirlo con sus piernas de dinamita a falta de 30 kilómetros para el final, demasiado lejos, demasiado corto para marcar la diferencia -como también lo comprobó Vinokúrov, una sombra de la explosiva persona que reventó la Vuelta-; Bettini tampoco ganó en el descenso, que, como comprobaron Cancellara, el del pedal mágico, y Rebellin, al final, no era lo suficientemente fuerte. Bettini ganó en una curva gracias a Samuel Sánchez.

Llegada la sexta hora, a 15 minutos del final, un grupo de 50 se prepara para el sprint. Llegada la sexta hora, recordaba Alcide Ceroto, empresario de pompas fúnebres, a gente como Coppi le bastaba con un puente sobre la vía para dejar a todos; llegada la sexta hora, ayer en Salzburgo, a Samuel Sánchez le bastó con gritarle a Valverde, 700 metros para la llegada, "¡ponte a mi rueda, que yo te llevo!", para reinventar el ciclismo. "Hay que ver, hay que ver", reconocía Bettini, "lo que me faltaba por ver, que un Mundial se decidiera en una curva". A rueda de Samuel, que traza como los motoristas, que lima las esquinas, que en un visto y no visto se ha ido, se fue Valverde. Y con un canto en los dientes se quedaron O'Grady, McEwen, Boonen, los sprinters más puros, lo que esperaban sólo la última recta. Pero el murciano no es un anónimo. El murciano ha ganado este año la Lieja y la Flecha, y ha quedado segundo en la Vuelta. Y todo el mundo sabe que el murciano es rápido, muy rápido, que tiene genio y velocidad. Y a 700 metros de la llegada muchos pares de ojos vigilaban sus movimientos. A la rueda de Valverde saltó inmediatamente Zabel, un monumento viviente. Y, desgraciadamente, Bettini, que vio la jugada, hizo un esfuerzo supremo y consiguió enlazar. Pero se había sobrepasado el punto de no retorno. No se podían parar. Y allí se fueron los cuatro, curva a la derecha, curva a la izquierda, curva a la izquierda, recta, meta a 300 metros. "Y yo iba feliz", dijo Zabel, "porque no iba Freire, el que me dejó de plata en el Mundial de Verona y en la San Remo de 2004. Y pensaba que ya me tocaba ganar". "Y yo iba ansioso", dijo Bettini. "Sabía, sabía que iba a ganar, pero la línea nunca llegaba, parecía que se alejaba, el sprint más largo de mi vida". "Y yo iba convencido de que el Bala iba a rematar", dijo Samuel, que a 150 metros se apartó a la derecha para dejarle pasar a su compañero. "Y yo lo intenté", dijo Valverde. "Pero cuando me pasó Zabel como un cohete rojo por la izquierda yo no pude ni reaccionar, y sólo pude ver cómo Bettini al final remontaba también al alemán".

Valverde, que no está, evidentemente, acostumbrado a terminar tercero de un sprint de cuatro, está ligeramente cariacontecido con el bronce en el cuello cuando se le acerca Zabel, plata y le pregunta cuántas medallas lleva ganadas en los Mundiales. "Tres", le responde el murciano, "dos de plata y una de bronce". "Las mismas que yo", responde Zabel, "pero la diferencia es que yo tengo 36 años y ésta era mi última oportunidad para el oro, y tú tienes 10 años menos".

Bettini cruza la meta por delante de Zabel, a su derecha, y Valverde. / EFE

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