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Tribuna:EL MAPA HUMANO DE UN ESCRITOR

El teorema de Fuentes

EN MUY pocas ocasiones un escritor encarna una tradición literaria por sí mismo; los ejemplos recientes se cuentan con los dedos de una mano: Proust, Mann, Kafka, Faulkner. Ninguno de ellos es autor de una solitaria obra maestra, sino de complejos sistemas narrativos o, en otro sentido, cada uno de ellos escribió siempre el mismo libro en capítulos donde aglutinaron una infinita variedad de personajes, registros y escenarios. En el caso de la literatura latinoamericana, nuestros clásicos vivos, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes -los supervivientes más señalados de nuestra edad de oro, al lado de Rulfo, Borges o Cortázar- han logrado algo semejante: a lo largo de los últimos cincuenta años no sólo han escrito novelas ejemplares, sino realidades alternas que han modificado para siempre el panorama de nuestro mundo.

Si García Márquez cumplió el mayor deseo de un escritor al hacer que millones de lectores identifiquen todo un continente como un producto de su imaginación, Vargas Llosa y Fuentes han tomado caminos distintos: mientras el primero ha apostado por recrear la ambición purista de Flaubert, con un estilo cada vez más claro y nítido, vehículo ideal para reflejar su visión del mundo, Fuentes ha preferido tomar el ejemplo de Balzac para concebir una nueva Comedia Humana en la cual sería posible distinguir gran variedad de voces, en ocasiones en colisión. Como ocurre con pocos escritores, el verdadero nombre de Fuentes podría ser Legión.

Quienes se maravillan ante su ubicuidad o se sorprenden por el inconcebible número de páginas que ha escrito, quienes envidian su vigor o admiran su vocación enciclopédica, quienes deploran sus múltiples talentos o se asombran ante sus distintos rostros, tendrían que darse cuenta de que Fuentes pertenece a una estirpe oculta y casi extinta que, sin embargo, ha logrado sobrevivir. Sus auténticos hermanos de sangre no son novelistas sino filósofos: Tomás de Aquino, Raimon Llull, Paracelso, Leonardo, Giordano Bruno, Newton. Hombres cuya curiosidad extrema -y consagración al saber- los condenó a transformar sus vidas en filosofía y, al cabo, como diría Borges, en literatura. Como ellos, Fuentes es ante todo el inventor de un orden narrativo, de un complejísimo sistema del mundo.

Cada una de las piezas que ha escrito, desde los relatos de Los días enmascarados (1954) hasta los de Todas las familias felices (2006), pasando por las cumbres alcanzadas en La región más transparente (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), Terra Nostra (1975) o Cristóbal Nonato (1987), representan escalones en esta arquitectura narrativa que debe ser entendida como un mapa -o como una fórmula- para guiarse por los desoladores enigmas que ofrece la realidad. Ningún tema escapa a sus preocupaciones: política, arte, ciencia, mito, historia, música, vidas públicas y pasiones privadas se unen morosamente en este universo alterno, abigarrado y delirante cosmos imaginario que, sin embargo, tantos puntos tiene en común con el nuestro. Por eso es necesario rehuir los lugares comunes: su Comedia Humana no aspira a ser una mera explicación de México -ni de América Latina-, sino la invención de un planeta autónomo, semejante a la Tierra, visto desde un observatorio de Ciudad de México.

Tal como ocurría en La frontera de cristal (1995), Todas las familias felices no es una novela ni un conjunto de relatos, sino un híbrido: una serie de textos que comparten el mismo tema -las arduas, atroces relaciones entre padres e hijos-, engarzados a través de "coros" que, al modo de la tragedia griega, comentan o subrayan el contenido simbólico de cada fragmento. Pero, otra vez, resultaría vano empeñarse en descifrar las correspondencias entre la vida y la obra de Fuentes o limitarse a estudiar los procedimientos técnicos que componen este libro. Todas las familias felices se convierte en otra de las piedras angulares de su poética, el contrapunto realista -pero no menos fársico- de las fantasías sanguinarias de Inquieta compañía (2003) y una mirada oblicua sobre las tragedias cotidianas frente al ácido retrato del poder -que ha resultado profético- incluido en La Silla del Águila (2004).

Aplicando una suerte de metáfora teológica a la literatura latinoamericana, García Márquez debería ser visto como un dios totémico, decidido a inventar un cosmos tropical y fabuloso; Vargas Llosa, un dios racionalista, como el dios de los filósofos, y el planeta que ha concebido es, por tanto, de una perfección abismal; Fuentes, en cambio, sería un dios caprichoso y voluble, semejante al Yahvé judío o al Zeus griego, fascinado con provocar a sus criaturas, mezclándose con ellas y poniéndolas a prueba, mutando y transformándose de maneras cada vez más arriesgadas: un creador que se desplaza siempre por terrenos sinuosos, sin arredrarse ante lo desconocido, dispuesto a consagrar su vida a una sola empresa, la obsesiva búsqueda de ese principio o ese motor que anima a sus personajes y que podríamos llamar, caprichosamente, el Teorema de Fuentes.

Jorge Volpi es escritor mexicano. En estos días se editará su novela No será la Tierra (Alfaguara). Una versión distinta de este texto fue publicada como prólogo a la edición inglesa de Terra Nostra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006