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domingo, 30 de julio de 2006
Análisis:ANÁLISIS | NACIONAL

Amistades peligrosas

Las relaciones entre los partidos vascos.

MIENTRAS LAS CONVERSACIONES del Gobierno con ETA han quedado situadas fuera de los focos y el presidente Zapatero calcula que no producirán resultados significativos hasta dentro de un año, la ronda de entrevistas de los socialistas vascos con el resto de las formaciones políticas -salvo el PP- concluida esta semana muestra los cambios ya detectables en el sistema de partidos de la comunidad autónoma. La única incógnita continúa siendo la disposición de los dirigentes de Batasuna -disuelta por el Supremo en marzo de 2003- a presentar en la ventanilla las siglas y los estatutos de una nueva organización que satisfaga los requisitos exigidos por la ley de partidos de 2002. Las incertidumbres sobre ese paso no pueden durar demasiado si el nacionalismo radical quiere presentarse a las elecciones municipales y forales de mayo de 2007 con los papeles en regla.

Mientras Zapatero anuncia que las conversaciones con ETA no darán resultados hasta dentro de un año, las formaciones vascas analizan las consecuencias de la eventual legalización de Batasuna

El regreso a la legalidad perdida de la izquierda abertzale, que desde 1979 ha comparecido ante las urnas bajo diferentes nombres y obtenido en torno a los 150.000 votos para el brazo político de ETA, ha sido ya descontado por sus futuros contrincantes electorales; excepción hecha del PP, los demás partidos se preparan a convivir o incluso a pactar con esas amistades peligrosas. Pero el oscuro lenguaje de madera de Batasuna a la hora de formular sus pretensiones ("desatar los nudos de la autodeterminación y la territorialidad") impide adivinar su estrategia. En cualquier caso, el reiterado anuncio por el Gobierno de que la ley de partidos seguirá vigente excluye cualquier atajo al margen de esa norma.

Dentro del campo nacionalista, la perspectiva de una vuelta de la izquierda abertzale tradicional -sin necesidad de segundas marcas- a los ayuntamientos, a las diputaciones y al Parlamento autonómico hace aflorar las viejas tensiones entre el PNV y EA, socios ahora en el Gobierno de Vitoria; aunque la necesidad les haya forzado a esa coalición, las discrepancias ideológicas y las rivalidades personales que motivaron la escisión nacionalista a mediados de los ochenta no han desaparecido. La concurrencia a las urnas de PNV y EA por separado en 2007 aumentaría las combinaciones para gobernar ayuntamientos y diputaciones; la presencia en las instituciones de una refundada Batasuna ampliaría el horizonte de los pactos posibles entre las fuerzas nacionalistas.

La airada reacción de los populares ante el encuentro oficial de los socialistas vascos con los dirigentes de Batasuna ha llevado casi a la ruptura las ya muy deterioradas relaciones entre ambos partidos: el PP condiciona la legalización del nacionalismo radical a la previa disolución de ETA. Los pasionales enfrentamientos entre los socialistas y los populares vascos son tanto más incomprensibles cuanto que hace cinco años estos hermanos separados se habían propuesto gobernar juntos el País Vasco. Tras el discriminatorio Pacto de Estella de 1998, firmado por todos los nacionalistas para excluir de la vida pública al PP y al PSOE, la alianza entre ambos partidos -los asesinatos de concejales de las dos formaciones robustecieron el acuerdo- no resistió, sin embargo, la derrota electoral de las autonómicas de 2001. Las diferentes lecturas de los resultados del 13-M y los indiscretos apoyos dados por el Gobierno de Aznar a la corriente derrotada en un congreso extraordinario de los socialistas vascos socavaron las bases de ese entendimiento; de añadidura, las municipales del 2003, las legislativas del 2004 y las autonómicas del 2005 invirtieron la tendencia que había situado provisionalmente al PP por delante del PSOE en número de votos. La insólita dureza verbal utilizada contra los socialistas por los populares tiene el altísimo precio de enemistarles con su único socio imaginable en el País Vasco. Dentro del ámbito estatal (y también de otras comunidades), el aislamiento político del PP puede ser el reverso del proyecto dirigido a conseguir la mayoría absoluta y a gobernar en solitario: en el País Vasco, sin embargo, esa perspectiva es inexistente y condena a los populares a la estéril marginalidad de los aliados imposibles.

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