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domingo, 23 de julio de 2006
Editorial:

Alto el fuego, ya

La secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, emprende hoy mismo una gira que la llevará a Israel y a Italia, con el objetivo de realizar un primer paso para la resolución de la crisis bélica abierta entre Israel y Líbano. Estados Unidos se ha dedicado hasta ahora a mirar desde la barrera cómo Israel respondía a las provocaciones del grupo terrorista libanés y, justo en el momento en que hace el primer gesto dirigido a buscar una solución al conflicto, ha indicado, por boca de la secretaria de Estado, que no se trata de conseguir un alto el fuego "que no va a durar". La señora Rice ha sido incluso más precisa y ha señalado que no apoyará un alto el fuego que no signifique el desarme de Hezbolá y la toma de control por parte del Ejército libanés del sur del país, en un ejercicio algo cínico que cambia el orden de las cosas: los objetivos que hay que conseguir son presentados como condición previa o simultánea para algo tan elemental, necesario y previo a cualquier cosa como que callen las armas y dejen de caer civiles a ambos lados de la frontera lo más pronto y rápidamente posible. Estas declaraciones son el equivalente a dar un cheque en blanco a Israel para que siga en su ofensiva hasta cuando considere conveniente, con independencia del número de víctimas civiles, del peligro de una crisis de alimentos y de sanidad que puede desencadenarse y de lo que quede de las infraestructuras del país árabe.

Con esta toma de posición, Estados Unidos ratifica su inhibición a la hora de actuar en Oriente Próximo como un agente con algún asomo de capacidad de mediación y negociación. Y lo que es peor todavía, aparece como una potencia errática, incapaz de fijar el rumbo de sus decisiones: después de promover y animar a Líbano, conjuntamente con Francia, a democratizarse y desembarazarse de la tutela asfixiante de Siria, no ha gastado ni un minuto de su diplomacia para intentar en primer lugar que se aplique la resolución 1.559 de Naciones Unidas, que exige entre otras cosas la desmilitarización de la frontera con Israel, y en segundo lugar para evitar que las provocaciones de Hezbolá conduzcan a una crisis de tal envergadura. Y ahora, cuando todavía Washington está a tiempo de evitar lo que puede terminar convirtiéndose en la destrucción de Líbano y en una carnicería entre la población civil, que supera toda capacidad de comprensión del concepto de daños colaterales, se limita a abrir con parsimonia el camino diplomático.

El alto el fuego, exigido por Naciones Unidas y por todos los Gobiernos sensatos, no admite ni dilaciones ni argumentos sofísticos. Su aplicación por la comunidad internacional debe llevar en un corto espacio de tiempo a la neutralización militar de la zona libanesa fronteriza, al desarme de Hezbolá y a la devolución sanos y salvos de los soldados israelíes secuestrados por las milicias proiraníes. El objetivo más importante y urgente es garantizar la seguridad de la población civil a ambos lados de la frontera: los ataques con katiushas sobre las ciudades y poblados israelíes de Galilea son tan intolerables como los de la aviación y la artillería israelí sobre Líbano, por más que los primeros estén en el origen de la crisis y que estos últimos sean 10 veces más sanguinarios. Si hace falta, debe desplegarse una fuerza internacional. Los Gobiernos europeos debieran unirse por una vez para impulsar una iniciativa de este tipo, que encontrará una buena sintonía en la comunidad internacional.

Dejar pasar el tiempo y que la situación se resuelva a cañonazos, y esperar a la vez que de todo ello saldrá un Oriente Próximo más democrático y más estable, es el ensueño de unas mentes irresponsables. La crisis se ha producido a partir del vacío político creado en la región por la guerra de Irak. Sería una locura convertir en deseable la profundización de este vacío que tiene su origen en una política americana errónea. Hasta ahora se ha dicho y repetido que la Unión Europea es un agente menor en las actuales crisis porque no tiene política exterior. Quizá ha llegado la hora de invertir los términos: ya que nos hallamos ante una crisis tan seria, es el momento de que la UE tome la iniciativa y la aproveche para empezar a dotarse de una política exterior. A falta de mayor energía por parte de otros Gobiernos europeos, el Gobierno español tiene en esta ocasión una oportunidad y una obligación de liderazgo que no debe echar a perder.

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