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sábado, 15 de julio de 2006
Reportaje:FUERA DE RUTA

Acantilados de jazmín y menta

Un paseo por el refinado pueblo tunecino de Sidi Bou Said

Casas blancas y portones de color azul. Atardeceres con la vista puesta en las ruinas de Cartago. Un té a la menta con piñones en el Café de las Esteras y cena en el restaurante Los Viejos Buenos Tiempos.

Sidi Bou Said es, probablemente, el pueblo más limpio del Magreb. Ocupa un acantilado sobre el mar, a 20 kilómetros al norte de Túnez capital. Su origen se pierde en los inicios del siglo XIII cuando un alauita, el señor (sidi) Bou Said Halafa el Bedji se instaló en esta colina para encontrar a Dios en su propio interior. No lo consiguió. Al menos, a sus anchas, ya que por los contornos se extendió su fama de santo milagrero y aquello derivó en peregrinación constante. Hoy se le recuerda en una mezquita en su honor.

A los turistas franceses, sin embargo, les encanta oír que el enterrado no fue un musulmán, sino uno de sus reyes cruzados, en concreto Luis IX. La historia dice que sitió la kasbah de Túnez, contrajo la peste y murió. La leyenda asegura que se enamoró de una princesa bereber, se hizo sufí y cambió de identidad. Sea como fuere, Sidi Bou Said es un lugar santo, ya que contagia placidez y serenidad.

Arquitectura bereber

Por tanto, a Sidi hay que acudir con el espíritu abierto a la contemplación. Lo primero que llama la atención es su arquitectura: casas encaladas, inmaculadamente blancas, de una sola altura, con terrazas planas y patios interiores; callejones en cuesta, escalinatas, corredores. Un hábitat minimalista que recuerda de inmediato Santorini, Ibiza o Peñíscola en sus mejores tiempos. Pero sobre todo el azul. Todos los tonos del azul en dinteles, portones, rejas y cancelas. El hierro, amasado por el tiempo en puertas con aldabas, candados, cerraduras y clavos. Y el jazmín, presente en los cármenes de las viviendas y ofrecido en ramilletes compactos por vendedores ambulantes para que el hombre se lo coloque tras la oreja y la mujer lo encierre en el bolso, donde perfumará sus enseres durante días.

Superado este choque iniciático, el viajero se pregunta de dónde viene tanto gusto y refinamiento. Viene de 1912, cuando el barón de Erlanguer, un dandi británico, descubrió la villa, decidió quedarse en ella y promulgó un decreto preservando la armonía de su urbanismo. El barón construyó una mansión a la que bautizó La Estrella de Venus. Hoy es un centro de investigación de músicas árabes y mediterráneas. Pintores, poetas y músicos tunecinos se han establecido aquí en el último siglo y mantienen aquel afán protector. El resto lo ha hecho la Unesco.

A esta altura de la visita, han quedado atrás varios talleres de artesanías repujadas, las inevitables tiendas de souvenirs y los primeros cafés: Café Amor, con su propietario tocado con la chechía granate; Sidi Chabaâne, donde se dice que hay otro santo enterrado; pero sobre todo aparecen por delante los escalones que conducen al Café des Nattes, y los subes con la parsimonia que merecen los prolegómenos de toda iluminación. Porque este Café de las Esteras, con fecha de construcción en el siglo XVI, ha sido, antes que bar, templo sufí y todavía mantiene el hálito entre sus silenciosas partidas de dominó, sus aromatizados narguiles y sus infusiones de té a la menta con piñones. Mesitas de madera tallada, discretas celosías y un aparato de radio de los años cuarenta del que todavía parece salir la voz de Om Kalsoum, la gran cantante egipcia adorada por todos los árabes, confieren al lugar una escenografía de película. Un atrezzo que remite a otros encantos del imaginario norteafricano, como el Café Haffa del Tánger de Paul Bowles, o la Pensión Miramar de la Alejandría de Naguib Mahfuz. Éste es el ambiente del Café des Nattes cuando te sorprende el atardecer con un té en la mano mirando allá abajo las ruinas de la derrotada Cartago.

Y ahora es de noche. Entonces la cita en Aux Vieux Beaux Temps parece obligada. El restaurante preferido de los artistas. Un patio abierto al Mediterráneo donde degustar un loup de mer o un brique de thon con un tinto de Hammamet o de Bizerta. El mismo vino que probaron antes Flaubert, Maupassant o André Gide.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir y dormir- Tunis Air (www.tunisair.com; 915 41 94 90) vuela a Túnez desde Madrid, a partir de 527,98 euros. Desde Barcelona, a partir de 426,98 euros.- Sidi Bou Said se encuentra a un cuarto de hora en coche del centro de Túnez capital.- Dar Said (www.darsaid.com.tn; 00 216 71 729 666). Rue Toumi. Sidi Bou Said. Villa con vistas al mar.La doble, 145 euros.Información- Oficina de turismo de Túnez en Madrid (915 48 14 35).- www.tourismtunisia.com.

El blanco de las fachadas junto al azul de portones y ventanas marcan la imagn más típica de Sidi Bou Said (Túnez). / ÁLVARO LEIVA

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