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domingo, 9 de julio de 2006
Tribuna:

Los escépticos aliados de Rusia

Pobre Rusia rica en petróleo. ¡Se está esforzando tanto para que se tome en serio su presidencia de turno del Grupo de los Ocho...! El presidente Vladímir Putin, que quizá espere elevar las conversaciones de la cumbre presidencial que se celebrará en San Petersburgo los próximos 15 y 16, ha presentado un ambicioso programa. Planea dirigir a sus homólogos en eruditas conversaciones sobre educación, enfermedades infecciosas y "seguridad energética".

¿Y qué ha conseguido Putin a cambio de sus esfuerzos? Poca cosa. El Gobierno de Bush, dirigido por el vicepresidente Dick Cheney (pero con la aprobación explícita de su jefe), ha acusado recientemente a Rusia de volver a sus antiguas formas de "imperio del mal". Putin contraatacó, calificando a Estados Unidos de "Camarada Lobo", dispuesto a abalanzarse sobre cualquier país que se permita ser vulnerable. Parece crecer el suspense respecto a cómo se saludarán Bush y Putin cuando se encuentren en San Petersburgo.

El presidente Putin aplicó hace unos años la política de un impuesto de tipo único y los resultados han sido casi milagrosos

Los europeos, por su parte, siguen histéricos por haberse visto atrapados en la disputa por el gas entre Rusia y Ucrania, la cual dejó sus gasoductos secos unos cuantos días a principios de año. El hablar de la "seguridad energética" con Rusia les parece como charlar sobre seguridad acuática con el Camarada Cocodrilo.

Por supuesto, quienes desean ser verdaderamente desconsiderados señalan lo absurdo que es que Rusia pertenezca a un club que incluye a las economías gigantes de Estados Unidos, Alemania, Japón, Reino Unido, Francia, Italia y (en menor medida) Canadá. ¿Por qué no se le da un puesto en la mesa al presidente chino Hu Jintao, cuyo país es económicamente el segundo más importante del mundo (medido en precios mundiales), en lugar de a Putin? Al fin y al cabo, incluso con todos sus recursos energéticos, y con los actuales precios del petróleo y el gas por las nubes, la renta nacional de Rusia es casi igual a la de la zona metropolitana de Los Ángeles.

Quizá lo que Putin debe hacer es dejar de sufrir todas las críticas y pasar a la ofensiva. Podría empezar señalando a sus engreídos homólogos democráticos que probablemente él sea más popular en Rusia que cualquiera de ellos en sus propios países. De hecho, podría ganar unas elecciones justas mañana (aunque no se arriesgue a probarlo). No muchos podrían hacer esa afirmación con seriedad.

Putin también podría sostener que la situación presupuestaria de Rusia es mucho mejor que la de los demás miembros del G-8. Sí, ciertamente ayuda que Siberia haya resultado ser un pozo de petróleo gigantesco, y que el Estado sea el que se está quedando con buena parte del dinero. Por ahora, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, también está equilibrando los libros contables de su país.

Pero, para ser justos, el petróleo no lo es todo. La mayoría de los economistas aconsejan a los países ricos que sustituyan sus códigos fiscales complejos y anticuados por un solo impuesto de tipo único, y lamentan que tan pocos países lo hayan intentado. No obstante, Putin aplicó esa política hace unos años, y los resultados han sido casi milagrosos.

Por supuesto, a los demás líderes del G-8 tal vez les entusiasmen menos algunos de los otros métodos utilizados por Rusia para solucionar los problemas presupuestarios. La mayoría de los miembros del G-8 parecen incapaces de conseguir el consenso político requerido para adoptar medidas necesarias como aumentar la edad de jubilación o recortar significativamente la vinculación de las pensiones a la inflación. Rusia, por el contrario, ha abandonado prácticamente a sus pensionistas al dejar que sus ingresos se devalúen por la inflación.

¿Debería Putin decir a sus homólogos que también ellos podrían equilibrar las cuentas intergeneracionales de su país matando de hambre a los ancianos?

Por tanto, Putin tal vez no debería presumir demasiado de los logros de su país. Quizá el mejor plan sea sencillamente dejar que corra el vodka y esperar una ronda de sonrisas en las sesiones fotográficas. En cualquier caso, cuando Putin diga a sus invitados que lo que pueden hacer para mejorar su "seguridad energética" es pagar más a Rusia, tal vez consiga por fin el respeto que ansía.

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y ex economista jefe del FMI. © Project Syndicate, 2006.

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