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sábado, 8 de julio de 2006
Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

La vida y el arte

  • Andréi Tarkovski
El cineasta y escritor Andréi Tarkovski logró en Andréi Rubliov un guión muy literario, basado en la vida del pintor ruso del siglo XV para hablar del arte como vía al conocimiento y la belleza, del bien y el mal.

Este libro es el guión de esa obra maestra del cine titulada Andréi Rubliov. No es un guión cinematográfico sino un guión literario; está dividido en secuencias (catorce en total frente a las nueve del filme) y en ellas se describe cada escena, pero éstas no están planificadas sino que sólo contienen una descripción literaria de las mismas. El narrador es un observador, mas no es una cámara y, como tal observador, su visión es subjetiva y, además, se manifiesta frecuentemente por medio de la creación de imágenes, imágenes literarias en las que la palabra es el elemento expresivo fundamental mientras que la estructura del relato es, lógicamente, cinematográfica. Esta coincidencia de lo literario y lo cinematográfico hace del texto una experiencia subyugante, pues apelando siempre a la imaginación del lector al tratarse de palabra escrita, le obliga también a estructurar visualmente cada escena.

ANDRÉI RUBLIOV

Andréi Tarkovski

Traducción de Ricardo

San Vicente

Sígueme. Salamanca, 2006

288 páginas. 19 euros

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Se trata, pues, de un sistema de

secuencias o capítulos. El hilo que hace progresar dramáticamente el relato es, desde el punto de vista práctico, el desarrollo cronológico de la vida de Rubliov por medio de unas escenas escogidas y representativas; pero el verdadero impulso dramático que une estas escenas impide que sean como una sucesión de estampas estáticas e independientes y lo que les da coherencia y movimiento no es la cronología -un mero artificio mecánico- sino el pensamiento de Tarkovski, la idea que guía de manera abrasadora todo el relato. Por lo general, un autor ha de montar una carpintería compleja para sostener su narración; a Tarkovski le basta la sola potencia de la intención que le guía. Aparte de eso, decir que no estamos ante un guión cinematográfico sino ante una narración autónoma, eminentemente literaria, que el lector podrá confrontar con la película para su mayor enriquecimiento. No es frecuente que un autor cuente una misma historia en dos lenguajes tan distintos y a cual mejor.

Andréi Rubliov fue un pintor de iconos del siglo XV, el más célebre en su época, y Tarkovski lo toma como paradigma del artista para colocar en él su propia visión de la vida y el arte. El arte es la puerta que abre el conocimiento, la belleza y la espiritualidad. La entrega a él es tan absoluta como el deseo de verdad. Este conflicto ocupa el centro del relato y escenas como la matanza de los cisnes, el cegamiento de los artesanos o el asalto a la ciudad de Vladímir son un trasunto del enfrentamiento entre barbarie y belleza -entre el Mal y el Bien a fin de cuentas-. El otro aspecto del mismo conflicto es el de la lucha por alcanzar la revelación, aspiración suprema del arte, simbolizada en la consecución de la obra maestra como deseo de perennidad; obra (El Juicio final) que, cuando halla el modo de expresarla y pintarla en el techo del palacio del Gran Príncipe, se vuelve contra él al ser destruida, y con ella la ciudad y sus habitantes, por la horda tártara.

Ese momento es, para Andréi Rubliov, el más terrible. Decide no volver a pintar ni a hablar, espantosamente desengañado "porque lo que yo pinto no le hace falta a nadie. ¡Ya que no he podido convencer con mi arte a la gente de que son hombres, entonces es que no tengo talento en absoluto! Y por esta razón ya no voy a tocar más un icono, un pincel ni una pintura. Se acabó...". Así vivirá años, aislado de nuevo en el convento. Cuando vuelven a llamarlo para que pinte el techo de la catedral de la Trinidad, se niega; pero, entonces, asistirá a una representación catártica de su conflicto.

El joven Borís, hijo del maestro

fundidor de campanas, frustrado porque su padre no le transmitió el secreto de la fundición, es otro Rubliov; en un acto de audacia y valentía se ofrece a fundir la campana que se necesita; trabaja como un iluminado entre el escepticismo de los veteranos y, finalmente, fabrica la campana y, al hacerlo, en cierto modo recupera el pasado que su padre no quiso transmitirle. El seguimiento de ese acto de fe en la belleza, la necesidad humana y la creación misma, devuelve la luz a Rubliov: ésa es la primera parte de la revelación que busca. La segunda será la realización de su obra maestra. La confianza en la belleza le devuelve la confianza en el hombre: así es como puede abordar libremente lo que realmente desea hacer, sin sujeciones al canon y al poder, sin temor a la barbarie, sin temor al pasado, pero sin perderlo de vista. Al fin su obra es grande y su talento tiene un sentido. El Juicio final vuelve a ser pintado y "los movimientos pausados y armónicos de los brazos, la profundidad de los atentos ojos, en la que vive la comprensión trágica de la esencia de la vocación humana, que consiste en la maravillosa e inconsciente aspiración hacia el ideal ético" y la obra se manifiesta por fin como cumbre de la vida de Andréi.

Ahora que las librerías se llenan de planas historietas medievales como exitosos productos de usar y tirar, acceder a un relato como éste, cargado de contenido y de fuerza expresiva, que se enfrenta a los asuntos realmente fundamentales de la existencia humana por medio de escenas de una potencia y una belleza escalofriante, es un lujo que ninguna persona culta debería desdeñar. Además, la película se encuentra actualmente a la venta en formato DVD.

El cineasta ruso Andréi Tarkovski (Zavraje, antigua URSS, 1932-París, 1986), durante un rodaje. / ALBUM

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