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Crítica:

Granada defectuosa

La escena inicial, junto a los títulos de crédito, es una bomba: la cámara sigue en primerísimo plano el recorrido de una bala desde su nacimiento en una fábrica estadounidense hasta su desaparición en el lóbulo frontal de un crío de raza negra, habitante de un país pobre en conflicto bélico, previo paso por variados cargamentos, medios de transporte y compraventas en las que intervienen algunos de los lores de la guerra a los que hace referencia el título de la película. La secuencia, de apenas un par de minutos, deja planchado al respetable en su butaca, pero a partir de ahí los fuegos de artificio ganan la partida a la profundidad, la capacidad crítica y la calidad artística. El señor de la guerra, tercera película como director, tras Gattaca y Simone, del reputado guionista Andrew Niccol, es una granada de mano a la que no le acaba de funcionar el mecanismo de la anilla. Y nunca explota.

EL SEÑOR DE LA GUERRA

Dirección: Andrew Niccol. Intérpretes: Nicolas Cage, Bridget Moynahan, Jared Leto, Iam Holm. Género: drama. EE UU, 2005. Duración: 122 minutos.

Como algunas otras grandes obras del cine moderno, caso de Trainspotting o El club de la lucha, la narración de la película está basada en una omnipresente voz en off que guía al espectador por los vericuetos de la trama con empeño cínico, entre la crítica ácida, el humor negro y la tragedia de dimensiones universales. Sin embargo, al contrario que las películas citadas, El señor de la guerra nunca alcanza el estado total de control entre lo que se muestra y lo que se cuenta. Al igual que cierta literatura americana contemporánea (Bret Easton Ellis o los relatos de ficción de David Foster Wallace, Chuck Palahniuk, principalmente Nana y Asfixia, nunca El club de la lucha), el guión de El señor de la guerra es un artefacto de engañosa apariencia que puede engatusar gracias a una fachada de artificiosos colores tras la que se esconde poco más que el vacío. Tanto Niccol como los novelistas anteriormente citados tienen una gran capacidad para convertir un dato informativo o una estadística aparentemente fría, en una brillante réplica cargada de procacidad: "Según las últimas informaciones, se dice que en el mundo hay un arma para cada 12 personas. El problema es el siguiente: ¿Cómo se arman las otras 11?".

Sin embargo, detrás de ese ingenio pasajero, no hay un análisis particularmente efectivo y, llegado el momento de la resolución de la trama, es de nuevo la voz en off la encargada de rematar su pretendido grito de alarma con otros cuantos datos sobre el contrabando internacional de armas, y esta vez de manera mucho más explícita, como si Niccol aún no se fiara del vigor de su vituperio. Para entonces puede que aún no sea tarde para hacer pupa a los poderes bélicos, tanto públicos como privados, pero el temporizador de la creatividad artística hace tiempo que se quedó a cero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de junio de 2006