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lunes, 26 de junio de 2006
Reportaje:

Los huevos no siempre flotan

Un centro en Galicia para chicos con trastornos de conducta gana el premio científico Luis Freire de los Museos Coruñeses

Santiago de Compostela 26 JUN 2006

Medio cabizbajo en su gorra de béisbol, Yeray afila la sonrisa con un rastro de orgullo e ironía mientras trata de imaginarse la cara que pusieron en el centro de protección de menores donde estuvo recluido el año pasado al saber que le habían dado un premio científico. "Vieron mi foto en el periódico y se quedaron alucinados. Los chicos malos les ganaron a los colegios de más pasta de Galicia", dice Yeray entre carcajadas, antes de darse la vuelta y mostrar la leyenda en la espalda de su camiseta: Bad attitude.

Yeray, de 15 años, estuvo ingresado en un centro de menores de Vigo y ahora es interno en un colegio muy poco habitual, discretamente enclavado en el monte O Pedroso, a las afueras de Santiago, con sólo 12 alumnos, un guardia de seguridad en la puerta y un psiquiatra que trabaja mano a mano con los profesores. Un colegio público que acoge a chicos con graves trastornos de conducta y que está viviendo la conquista del premio anual que convocan los Museos Científicos Coruñeses entre escolares de toda Galicia como el mayor reconocimiento en sus cuatro años de existencia. En los últimos días no han cesado las visitas a O Pedroso, entre ellas la de la consejera de Educación de la Xunta, Laura Sánchez Piñón, que felicitó personalmente a los chicos. Tampoco faltaron los responsables del centro de menores de Vigo que el año pasado se las habían visto con Yeray.

"Los chicos malos les ganaron a los colegios de más pasta", dice uno de los galardonados

Los alumnos expusieron sus conclusiones ante un tribunal de A Coruña

"Yo nunca creí que pudiésemos ganar, ni siquiera que pasáramos de la primera fase, porque todo el mundo sabía cuál es nuestro comportamiento", apunta Marcos, de 15 años. Bruno, también en la quincena, es el más callado y se conforma con asentir. Del equipo que ganó el premio faltan dos componentes: Javier, de 17 años, y Diego, de 16. Sin mediar preguntas, los chicos se lanzan a contar los terribles pormenores de sus historiales, marcados por un trastorno que se diagnosticó tarde o se trató mal: el sinfín de expulsiones de los institutos, los enfrentamientos con la familia o los coqueteos precoces con la delincuencia y las drogas. Se llaman a sí mismos los chicos malos y nunca pudieron imaginar que serían coronados como los más listos de la clase.

Yeray, Marcos y Bruno saludan con grandes palmadas en la espalda a Alejandro Francisco, su entusiasta profesor de ciencias, que dejó su plaza en un instituto para trabajar en O Pedroso. Francisco ya había conseguido con sus alumnos de otro colegio uno de los premios Luis Freire que desde hace siete años otorgan los Museos Coruñeses. "Llevo tres cursos aquí y hasta ahora no me había atrevido a intentarlo", explica el profesor. "Esta vez pensé que ya se daban las circunstancias. Los chicos no se lo creían, pensaban que era como si a un equipo de Tercera Regional lo mandasen a jugar la Copa de Europa. Hubo que convencerlos de que podían ser capaces".

El desafío para Francisco era captar el interés de un grupo de chavales que en su mayoría padecen la enfermedad conocida como TDH, trastorno por déficit de atención e hiperactividad. El profesor buscó un caso que les resultase próximo y que despertase su curiosidad. Y los animó a medirse a un personaje popular: el cocinero Carlos Arguiñano y su prueba para determinar si un huevo está fresco.

Francisco lo conocía por Arguiñano, aunque luego comprobó que se trata de un viejo truco de los gastrónomos. Su idea fue que los chicos verificasen por sí mismos si es cierto que todos los huevos que no flotan en el agua están realmente frescos. El trabajo se prolongó algunas semanas para hacerlo con todo el rigor. La fecha en que habían sido puestos los huevos estaba fuera de duda porque los aportó la familia de Diego, que tiene gallinas en casa. Los resultados de los ensayos supusieron una refutación en toda regla a Arguiñano: huevos que hedían tras dos meses encerrados experimentaban la misma reacción que los frescos al introducirlos en el agua.

"Luego les hice ver la razón del fenómeno", comenta el profesor. "Los huevos más viejos flotan porque, con el paso del tiempo, han perdido densidad. Pero eso también está en función de cuál sea la densidad del agua. Le echamos sal y comprobamos que en ese caso era más fácil que los huevos flotasen. De ahí dedujimos que la prueba de Arguiñano puede ser válida para las aguas más ricas en sales de otras partes de España, pero no para las que tenemos aquí". El trabajo fue seleccionado como finalista, y los chavales tuvieron que afrontar la prueba más delicada: exponer sus conclusiones y someterse a las preguntas de un tribunal en A Coruña. A Marcos nunca lo abandonó el pesimismo: "Éramos cinco grupos y estaba seguro de que quedaríamos quintos". Pero ganaron a todos, "hasta a los de más pasta", repite Yeray como una letanía.

Ninguno tiene aspiraciones científicas. Yeray quiere ser fontanero; Marcos, mecánico de coches, y Bruno, volver al desguace de automóviles en el que ya trabajó cuando tenía 13 años. Los responsables del colegio tampoco pretenden convertirlos en universitarios. "Lo que queremos demostrar", afirma el psiquiatra Alberte Arauxo, "es que un país avanzado no puede permitir que unos chicos estén abocados a la marginalidad por la falta de un tratamiento adecuado".

Alumnos del centro de educación especial de O Pedroso galardonados con el Premio Luis Freire. / ANXO IGLESIAS

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