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sábado, 10 de junio de 2006
Reportaje:

Del minimalismo al sentimiento de culpa

Santiago Sierra es uno de los artistas españoles más internacionales. Sus irritantes acciones plantean siempre asuntos en los que se vinculan problemas sociales con dinero. Ahora expone en Málaga sus últimos trabajos

Si queremos leer a Santiago Sierra debemos hacer lo mismo que con los otros grandes creadores del pasado, contextualizarlo en las coordenadas de la historia del arte, detectar sus filiaciones temáticas y formales reconociendo así su singularidad. Aventuremos, pues, un breviario de urgencia destacando unos pocos asuntos esenciales.

1. La huella del minimalismo ha sido poderosa y persistente. No me refiero sólo a su empleo recurrente de formas geométricas elementales (sobre todo paralelepípedos), muy claro desde el principio de su carrera, sino a otros aspectos más sutiles, como son el gusto por la repetición, y la neutralización emocional de los ingredientes. Esta herencia se nota también en que Santiago Sierra no pretende exhibir ninguna clase de habilidad artesanal en unas piezas que están hechas por otros, siguiendo sus indicaciones. La enfatización de este aspecto nos permite considerarlo como alguien que ha puesto al minimalismo patas arriba, convirtiendo en el asunto principal de sus trabajos lo que era secundario o estaba escondido en artistas como Judd, Naumann, o Sol Le Witt: el trabajo asalariado de los ejecutantes materiales de sus creaciones.

Santiago Sierra espectaculariza al máximo los asuntos, crea situaciones hiperbólicas en un territorio híbrido

2. Por eso podemos decir que ha desplazado el acento desde las cosas a los procesos. Los trabajadores que contrata pueden esconderse en cubos, hacer tapias (al estilo de la de Venecia en 2003) o pasillos (como el de Bucarest en 2005), evocando así a tal o cual maestro minimalista, pero Santiago Sierra nos ha hecho siempre sentir que lo más importante no son las formas que se elaboran sino las acciones humanas. No es que el minimalismo fuera en sus orígenes totalmente ajeno a la performance (recordemos las acciones de Robert Morris con Carolee Schneeman, por ejemplo), pero las obsesiones formalistas predominaron, y aquel arte fue percibido como algo deshumanizado y apolítico, al margen de las batallas que atormentan a las sociedades contemporáneas. Justo lo contrario que Santiago Sierra cuya temática ahonda en los problemas más lacerantes de nuestro mundo: la emigración clandestina, la opresión de unos países sobre otros, el trabajo esclavizante, la desigualdad de los géneros, la lucha de clases, las huellas de pasados ominosos, etcétera.

3. Esta humanización del minimalismo se ha operado con los instrumentos técnicos o con las estrategias de la antiforma. Me refiero ahora a unos escultores cuya obra emergió en los años setenta (Le Va, Saret, el primer Richard Serra, Smithson, etcétera) y que se caracterizaban por su voluntad de aniquilar la intensa definición geométrica de los minimalistas ortodoxos. El ejemplo de aquella generación estimuló las "configuraciones desconfiguradas" de Santiago Sierra, que se ha venido apropiando de cosas como basura en descomposición, alquitrán, yeso sin amasar tirado en la calle, o el monóxido de carbono de unos automóviles empleado recientemente en la antigua sinagoga de Stommeln (que ni siquiera era visible, aunque pudiera causar la muerte del "espectador" no preparado). Pero su atención a lo informe no es meramente escultórica: se presenta como el resultado del trabajo, de la imprevisión o de la incuria, y de ahí que podamos decir que Sierra ha puesto también cabeza abajo al antiformalismo (¡tan formalista!) del posminimalismo.

4. En la vieja dialéctica teorizada por Robert Smithson, entre piezas para un sitio preciso y otras transportables, Santiago Sierra ha mostrado su preferencia por los trabajos que sólo tienen sentido en un lugar determinado. La categoría del non site se ha trasladado, por lo tanto, de los espacios a los seres humanos que participan en estas obras, contratados expresamente para que intervengan como mano de obra indiferenciada, teóricamente exportable a otros eventos laborales más o menos equivalentes. La cosificación y la adaptabilidad espacial (también venal) de los tradicionales objetos artísticos es otorgada insidiosamente a los sujetos.

5. Santiago Sierra espectaculariza al máximo los asuntos, crea situaciones hiperbólicas en un territorio híbrido donde el lugar, más o menos intervenido, aparece como escenario de comportamientos que ponen en entredicho el papel de algunas instituciones. Las recientes piezas de Stommeln o Bucarest, cuyo material se expone ahora en el CAC de Málaga, ejemplifican bien esta cuestión. Así es como se produce el milagro de que los medios exiguos propios de su primera formación minimalista den lugar a la retórica máxima que cabe esperar en quien ha vivido en países muy marcados por la herencia barroca como España o México.

6. Pero no es un misionero, ni nos castiga con discursos salvadores. Carece de soluciones para los males que denuncia. Por eso es el menos correcto entre todos los artistas políticos de nuestro tiempo (y algunas de sus obras coquetean, de hecho, con el gamberrismo). Así que la clave final de todo su trabajo parece residir en un sentimiento raro en alguien que procede de una tribu antropológicamente católica: la vergüenza, el sentimiento de culpa. Y es esto, unido a su áspera austeridad, lo que convierte a Santiago Sierra en un puritano trasterrado, o en un improbable posmoderno comprometido. ¿O es acaso, también, el último ramal identificable en el venerable árbol genealógico de la España Negra?

Foto de la serie '245 m3' (2006), en la sinagoga de Stommeln.

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