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Reportaje:ARQUITECTURA

La encrucijada de Perú

La delicada situación política que vive Perú en torno al proceso electoral, iniciado el pasado 9 de abril y que concluye mañana en las urnas con la segunda vuelta, se refleja en las difíciles condiciones que aquejan a sus ciudades y a su arquitectura. Un análisis da cuenta de la urgencia de poner en marcha proyectos de aplicación urbanística que beneficien a los sectores más necesitados de la población.

La sociedad peruana, conformada por ciudadanos y campesinos de muy diverso rango económico y extracción cultural, refleja en las características formales de sus ciudades, asentamientos y aldeas, la traumática continuidad de una trayectoria histórica que ha venido ignorando la difícil y compleja contextura de su composición; un espectro que abarca desde formas de vida perfectamente asimilables a las modernas condiciones del desarrollo global, hasta manifestaciones de algunas de las formas de miseria más agudas que se dan actualmente en el planeta. Sobre esta realidad, como sobre la encrucijada electoral que enfrentan en estos días los peruanos, han corrido ríos de tinta y se han producido reproches, advertencias y profecías de toda índole. Lo cierto es que, contra cualquier forma de sensatez que podría haber surgido del hecho de ser Perú un país riquísimo en recursos naturales, de haber nacido de procesos culturales que figuran entre los más avanzados de la historia, y de contar con una trayectoria cívica a través de la cual hace casi medio milenio se viene produciendo un mestizaje irreversible y fecundo, sus electores parecen empecinarse en mantenerlo en una situación arriesgada y crítica.

Hace décadas que en Perú la autoridad política prácticamente no construye hospitales, bibliotecas, obras recreativas o escuelas

La vivienda, el tema central de la arquitectura contemporánea, ha sido invocada como un instrumento para atraer clientela política

La fisonomía urbana de la ciudad de Lima, como la de las otras ciudades importantes del país -Arequipa, Huancayo, Chiclayo, Cuzco o Piura-, constituye un elocuente reflejo de esas circunstancias. El desborde megalopolitano de Lima, una ciudad que en medio siglo ha decuplicado su población sin haber sido equipada con las condiciones de salubridad, seguridad, comodidad y armonía mínimamente exigibles en plena modernidad contemporánea, es en la actualidad una urbe expandida centrífugamente alrededor de un centro histórico, cuya degradación arquitectónica y urbana registra la traumática manera en que Perú ha absorbido su contemporaneidad. Luce una fisonomía nacida de la improvisación, y de la incompetencia e irresponsabilidad de su dirigencia política para encarar los procesos sociales que han conducido a su caótica situación urbana. Concomitantemente, esta mayoritaria condición (más del 70% del área construida de Lima está constituida por edificaciones nacidas de suburbios precarios) convive con enclaves burgueses que emulan arquitectónicamente modelos arquitectónicos norteamericanos de tipo comercial y especulativo. Por otra parte, la arquitectura que aspira a rangos de calidad más exigentes depende fundamentalmente de una clientela mayormente residencial -en los últimos años expresada sobre todo en la construcción de pequeñas casas de playa- y de una actividad comercial que muy restringidamente permite la especulación arquitectónica. Existe una mínima presencia del Estado -del Gobierno central y de los municipios- en el suministro de espacios o edificios públicos: hace décadas que en Perú la autoridad política no propicia la arquitectura de servicios, vale decir, prácticamente no se hacen hospitales, bibliotecas, obras recreativas o escuelas, salvo esporádicamente construcciones por lo general de pobre calidad, muchas veces producto del favoritismo político.

La vivienda, el tema central de la arquitectura contemporánea, ha sido invocada el último medio siglo -y lo ha seguido siendo en este último Gobierno- como un instrumento para atraer clientela política más que como un medio para proveer a la ciudadanía con un servicio básico que brinde una mejor calidad de vida, llámese arquitectónica o urbana. En su actual versión, aparentemente más exitosa por el considerable volumen de la obra residencial construida los últimos tres años, y por provenir de programas que contemplan un manejo financiero más abierto y estable, el incremento de la oferta viene aparejado a un sentido de la economía que ha abdicado de la calidad arquitectónica y de su incidencia urbana, como consecuencia de haber confundido las condiciones de la economía en la edificación, con las de una baratura superficial y precaria, lo que ha llevado a construir edificios multifamiliares de un rango arquitectónico y urbano muy basto.

La coyuntura electoral que vive

Perú en estos días refleja esta apretada descripción. En lo fundamental, especialmente las posturas de los tres principales candidatos en juego, han ignorado el hecho de que una silenciosa mayoría, la población rural que sobrevive completamente al margen de la institucionalidad estatal y política (aproximadamente el 50% de la población de Perú), ha estado ausente de la campaña. Señalada en el informe producido hace tres años por una comisión nombrada por el presidente Toledo para recapitular y llevar al país a explicarse el traumático trance del terrorismo que aquejó Perú durante buena parte de las últimas tres décadas, este desgarrador diagnóstico tendría que haber motivado que este proceso electoral centrara sus propuestas en torno a la urgencia de superar la oprobiosa subsistencia de condiciones de hábitat miserables e indignas, particularmente en el mundo rural.

Esta indiferencia aparece refle-

jada en la supervivencia de formas habitacionales y estructuras urbanas precarias en las principales ciudades peruanas. En un día a día que para la mayoría significa carecer de transporte público, suministro de agua y saneamiento, equipamiento y servicios sociales básicos. Aun así estas condiciones siguen siendo mejores que la situación de indigencia en la que vive la población rural y campesina que integran esos peruanos ignorados por la clase política y por la enorme mayoría de la dirigencia empresarial e intelectual de Perú.

Un diagnóstico integral de esta situación se hace aún más complejo ante la evidencia de que paradójicamente, cuando Perú ha logrado en los últimos años una estabilidad económica y una alentadora productividad, no sean éstos los factores que los protagonistas de estas elecciones hayan sopesado con ecuanimidad, sobre todo en cuanto podrían llevar a la antesala de una superación que se haga extensiva a los más necesitados. Es también apremiante que estas circunstancias lleven a implementar formas arquitectónicas y estrategias urbanas que busquen superar una postergación que no sólo atañe a la clase política. Las condiciones críticas sean del entorno urbano, de los espacios públicos o de la habitabilidad son, al fin y al cabo, su expresión más cabal.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de junio de 2006