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domingo, 28 de mayo de 2006
Entrevista:JOSEFINA GÓMEZ MENDOZA

Una mujer en el Consejo de Estado

Catedrática, académica de Historia y de Ingeniería, autora de una veintena de libros y única mujer en el Consejo de Estado, la geógrafa Josefina Gómez Mendoza es un torbellino intelectual y una científica que va marcando pautas. La geografía es su pasión y su mirada al mundo

¿Puede la geografía levantar pasiones? Tal parece escuchando a Josefina Gómez Mendoza, que ha hecho de la geografía su mundo, y de la mirada de geógrafa, una especie de gafas a través de las que ve y explica ese mundo, una realidad de historia, paisajes y territorios que todo lo abarcan y de los que habla con un entusiasmo sólo rebajado por ligeros toques de humor y pragmatismo. Un sentido del humor que propicia las risas y que, unido al dinamismo y naturalidad que despliega, provoca una inmediata reflexión: las fotos no hacen justicia a Gómez Mendoza. Porque en presencia, lejos del aspecto en exceso serio y recatado que suele ofrecer en ellas, parece mucho más juvenil, divertida y cercana.

"Algo no funciona en la ordenación del territorio. Hay que revisarlo. Marbella no puede tapar todos los desaguisados"

"A mi padre le hubiera encantado verme en el Consejo de Estado, pero, como jurista, le parecería chocante"

"En la reforma del Prado, lo que me preocupa es que afecte al bulevar más monumental e identitario de Madrid"

Catedrática de Geografía, segunda rectora de universidad en España, académica de Historia y de Ingeniería, consejera del Consejo de Estado, Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, doctora honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid, miembro de varias sociedades científicas europeas y americanas, más de una veintena de libros publicados y un montón de destacados honores y premios. No es fácil tener un currículo tan apabullante en España, menos cuando se es mujer y se tienen 63 años. Los tiempos no han corrido a favor de las mujeres, ni de la ciencia.

Viuda, dos hijos y un nieto, Josefina Gómez Mendoza, hija del catedrático de Derecho Procesal Emilio Gómez Orbaneja, no puede disimular sus orígenes de niña de familia ilustrada, republicana y liberal. Cosmopolita, emprendedora y con muchas horas de mundo a sus espaldas, a su ganada fama de torbellino intelectual se une la de saber aglutinar a gente valiosa a su alrededor. Equipos de trabajo punteros en el estudio de la identificación de los paisajes de España y sus aspectos territoriales, ambientales, socioeconómicos y culturales.

En la enorme librería que recorre el salón de su casa, discretamente situada pero visible, sorprende la foto dedicada de un impresionante Paul Newman cuarentón. "Tengo que confesar que me lo crucé en el puente de Basilea. Me avisó mi marido y le pedí una foto. Es una pasión… Y no ha envejecido mal, mejor que Robert Redford". Un tándem que habla por sí solo: libros y belleza cinematográfica.

Hace unas semanas, EL PAÍS publicó, en la sección Gente, una pequeña reseña de su entrada en la Academia de Ingeniería, lo que provocó una carta suya al director que, aparte de ironía, denotaba malestar por el lugar en que la habían situado, al lado de los protagonistas de la prensa rosa…

No era enfado. Pasó que estaba en un congreso y una amiga me envió un mensaje por el móvil: "Página 57, estoy furiosa". Le contesté: "¿Página 57, de qué?", y ella me aclaró: "De EL PAÍS, sales en Gente. ¿Quieres que escriba?, porque esto es un tema de mujeres…". Yo lo veía más por el tratamiento que se da a la ciencia, porque con los honoris causa llueve sobre mojado. Me parece que la Universidad debería tener un poquito más de cuidado con los nombramientos. Había reflexionado sobre los últimos honoris causa: el químico Serafín Fraga, el filósofo Fernando Savater y el cantante Joan Manuel Serrat, y el espacio que los medios de comunicación habían dedicado a los catedráticos y al cantante -al primero, nada; al segundo, unas líneas, y al tercero, varias páginas-. Soy una entusiasta de Serrat, y nadie me parece que tiene más mérito para ser reconocido por la Universidad, pero quizá no como honoris causa. Y eso es lo que quería transmitir. Había esa doble lectura. Porque citaban a las tres académicas de Ingeniería, y al lado mencionaban las noches locas de Elvis Presley y lo enamoradiza que era la ministra de Cultura de Finlandia… Fue una amalgama entre divertida y preocupada. Y una cuestión de fondo sobre no tergiversar los temas importantes, sobre preguntarse en qué mundo vivimos tan curioso, peculiar y difícil de entender a la postre.

Usted misma, además de ser 'honoris causa', posee un currículo excepcional para una científica española. No tiene que haber sido fácil, ¿cómo se las ha arreglado?

No lo he vivido mal, pero sí con mucho trabajo y esfuerzo. Siempre recuerdo lo que, cuando era rectora de la Universidad Autónoma, me dijo un día mi hija, que era muy niña: "Ya sé lo que no quiero ser de mayor: rectora". Para mí fue una revelación. No era sólo la mirada de la niñez, sino la mirada negativa hacia lo que yo transmitía: estrés, esfuerzo o quejas.

¿No era consciente de ser una excepción a la regla?

No soy muy aficionada a tomarme demasiado en serio. He hecho cosas, pero creo que el ser geógrafa y bastante cumplidora me ha llevado a hacer los deberes, y como la geografía, que es poco visible, está en puntos de encuentros diversos como la ingeniería, las humanidades y las ciencias, he tenido alguna responsabilidad pública. En el Consejo de Estado, por ejemplo, estoy como ex rectora. Lo he vivido fundamentalmente con tesón y esfuerzo, y con pasión. Me gusta mucho hacer lo que hago, actividades distintas, aunque a veces es un poco, no sé si cruel, pero sí exigente, y hay que sacrificar cosas.

En 1984 fue la segunda rectora en España, de la Autónoma de Madrid, y duró poco más de un año. Tengo entendido que dimitió porque el claustro se le puso en contra. ¿Cómo lo vivió?

Yo fui la rectora, la cara visible, pero era un proyecto de grupo, del equipo del rector anterior, Julio González Campos. Él abandonó tras la muerte repentina de su mujer, y en aquel momento, un grupo de personas que estaban en su proyecto, después de discutirlo, establecieron el relevo a través de mí. Nosotros nos habíamos comprometido a hacer el proyecto de estatutos y que el claustro lo fuera viendo, un poco, salvando las distancias, como el actual Estatuto catalán… Y, en resumen, hubo tales cambios que los redactores no podíamos asumirlo como tal. Finalmente ganamos en la votación, pero se desencadenó una dinámica muy compleja. Y se me planteó un problema moral, no podía estar en desacuerdo conmigo misma y dimití, aunque todo el mundo decía que tenía que quedarme. En aquellos momentos lo viví mal.

¿Como una derrota?

Lo viví con cierto dolor, como un fracaso. En aquel momento fue duro, mi marido me decía: "No me gusta que salgas de perdedora". Pero creo que finalmente fue bueno para mí, lo digo con absoluta convicción. Con cierta perspectiva vital fue como una liberación, porque si he podido hacer currículo, ha sido porque me fui de rectora. Con todo el respeto y devoción, creo que consume muchísimo tiempo. A posteriori he pensado que quizá influyó el hecho de que fuera mujer, pero entonces no lo pensé.

Los que la conocen coinciden en señalar su excelente formación, fruto de una familia laica, ilustrada y republicana.

Lo que me dice es cierto en la medida en que era la normalidad de los hechos. En mi familia nunca se concibió que las cuatro hermanas no estudiáramos ni trabajáramos, y todas tenemos una formación común, la del Liceo Francés, bilingüe, muy buena entonces, aunque muy sesgada hacia Francia… Mi madre y mis tías habían estudiado en Valladolid en los años veinte, eran licenciadas, y aunque luego mi madre no trabajó, no podía ni concebir que nosotras no fuéramos a hacerlo.

Un padre como el suyo, conocido catedrático de Derecho Procesal, muy conectado con los intelectuales del 27, amigo de Guillén y Salinas, supongo que imprime carácter…

Sí, realmente supone mucho. Primero supone los libros, que estaban allí, en casa, y yo sigo marcada por esa disponibilidad de libros. Y cuando digo libros digo cultura, conocimiento. Y es verdad que en mi casa entraban Guillén, Melchor Fernández Almagro o García Valdeavellano, era lo normal. Él era muy amigo de Jorge Guillén y siempre había esa referencia a los intelectuales del 27. Todos los de mi familia debemos mucho a mis padres, a la formación que nos dieron. Yo le preguntaba mucho a mi padre: "¿Cómo aguantasteis la posguerra? ¿Cómo unos liberales republicanos como vosotros pudisteis aguantarla?". Él siempre me decía que pensaban que la dictadura se iba a terminar con la guerra mundial, que estaban convencidos de que el final de Hitler iba a suponer el final de Franco, y que cuando se terminó la guerra mundial estaban más acostumbrados… Era un comentario bastante desolador.

En la posguerra era una niña. ¿Cómo recuerda aquellos años duros y grises?

Mi padre se sintió bastante abrumado, no diría que amargado, pero abrumado. Le depuraron, le apartaron de la cátedra de Valladolid y se encontró en los primeros años cuarenta con cuatro hijas que tenía que sacar adelante. Yo siempre le decía: "Soy la cuarta hija, ni me mirarías a la cara…". Y él me contaba que tuvo que escribir en una revista de señoras para ganar algún dinero. Luego le repusieron en la cátedra en Salamanca, después de nuevo en Valladolid, y finalmente acabó en la Universidad Autónoma de Madrid. En los primeros años iba y venía a Salamanca, y yo recuerdo de la primera infancia que traía lomos de Salamanca. Y también, que pasamos dificultades como todo el mundo, las cartillas de racionamiento y el haber ido con mi madre a buscar azúcar, pero no pasamos hambre. A mis padres les cogió la guerra en la Universidad de Santander -a mi padre no le gustaba nada llamarla Menéndez Pelayo, bajo ningún concepto-, siendo secretario de la universidad Pedro Salinas, y mi padre y Antonio Rubio Sacristán, secretarios adjuntos.

Con frecuencia cita a su padre, en los actos públicos y en su conversación. Se ve que le dejó una gran huella.

Era una persona muy viva, muy protagonista, hablaba mucho, pero era muy sensato en todos sus juicios. A los hermanos todavía nos llama la atención cuánto le recordamos y nos preguntamos "¿qué diría papá de esto?", lo que demuestra cuánto nos ha marcado como punto de referencia.

¿Y qué hubiera dicho de haberla visto en el Consejo de Estado?

Como jurista, no sé si no le hubiera parecido chocante, a él que había sido durante la República secretario del Tribunal de Garantías Constitucionales. Le hubiera encantado, pero le habría parecido chocante.

Por cierto, cuando la eligieron consejera, en 2004, era la única mujer y dijo públicamente que esperaba que fuera una situación anómala y coyuntural.

Y sigo siéndolo. Hay bastantes letradas, pero consejeras, sólo yo entre 28 consejeros.

¿Y qué hace una geógrafa en tal alto órgano donde predominan los juristas?

El Consejo de Estado tiene los consejeros permanentes, los natos en función del cargo que ocupan, y los electivos. Este Gobierno propuso consejeros electivos, entre los que me cuento. Y ese asombro suyo lo tuve yo también cuando me llamó la vicepresidenta del Gobierno. En ese momento le dije: "¿No querrá hablar con mi hermana, la mercantilista?" [María Gómez Mendoza fue consejera autonómica de Madrid con Joaquín Leguina]. Se rió y me contestó: "La ex rectora eres tú, ¿verdad?…". Por el Consejo pasa todo lo que el Gobierno quiere mandar a consulta, y de esos temas hay muchos que tienen que ver con mi profesión, con el territorio y su ordenación, el medio ambiente y la conservación de la naturaleza.

¿No resulta muy fatigoso ir siempre de pionera por la vida?

La verdad es que me aburre bastante ir de pionera. Desde luego, el presidente del Consejo está en la idea de que hay que renovarlo y habría que comenzar por los consejeros electivos y los natos, hace falta que entren mujeres. Por ejemplo, ha sido muy interesante la discusión sobre el informe de la reforma constitucional en lo relativo a la sucesión de la Corona y la primacía del varón sobre la mujer. Todos los votos al conjunto de la reforma fueron afirmativos, excepto el de Aznar. Y tengo que decir que es uno de los sitios más gratos e interesantes en los que he trabajado, por la inteligencia que hay. La altura de los debates es considerable, y eso es muy gratificante cuando he tenido que estar en tantos sitios donde me he aburrido.

Tiene fama de ser combativa, eficaz y magnífica organizadora. Alguien me ha dicho que atrae gente a su alrededor, como un "sol de una constelación".

Ja, ja. Es verdad que soy muy combativa y emprendedora, y creo mucho en el trabajo y en el grupo, pero soy muy desordenada. Casi todo lo que he hecho, en la Autónoma, en la geografía, lo he hecho en grupo, no me veo delimitada a mi persona. Lo importante es trabajar con gente con la que encuentras cierta complicidad intelectual y personal y cierta lealtad. Y a partir de ahí me suelo reír mucho con la gente y las cosas, y cuando te ríes, las cosas funcionan.

¿Se considera una persona de izquierdas?

Sí, me considero básicamente de izquierdas independiente, aunque en mi juventud estuve, como tanta gente, en el entorno del Partido Comunista, y luego, más cercana al PSOE.

Ha escrito sobre los viajes de Humboldt y ha viajado mucho por motivos profesionales. ¿Qué es para usted el viaje?

Me gusta muchísimo viajar, pero me gusta viajar para mirar en el sentido pleno. Como la mayoría de los geógrafos, no puedo desvincular el viaje de mi trabajo. Casi todos los congresos de geografía tienen un día en el que sales al campo a hacer un recorrido, exploras una zona y además te la explican, y eso es un privilegio de nuestra profesión que da significado a lo que estás viendo. En ese sentido no lo puedo desvincular. Nosotros intentamos educar la mirada para ver lo que pasa, no es lo mismo caminar por un sitio que por otro. Hay un dicho que se repite mucho en mi profesión: "¿En qué se reconocen los geógrafos? En que son los que van más excitados en el autobús". Porque, vayan por donde vayan, siempre van inquietos y tratando de sacar la foto, tanto en una montaña como en una zona de vivienda marginal. Tenemos la mirada alerta. En ese sentido lo disfrutamos mucho.

¿Qué viaje o paisaje recuerda cuando cierra los ojos y sueña con perderse?

He disfrutado mucho con los paisajes patagónicos y también con la Puna. La Patagonia es maravillosa. Son viajes que he hecho con compañeros y han sido muy gozosos, pero tampoco hay que hacer de menos a Europa. Ahora, con la Sociedad Geográfica, he descubierto Oriente Medio, Siria, Líbano, Libia, y ha sido algo fastuoso. Pero para escribir el atlas de los paisajes de España hicimos muchísimos viajes, recorrimos toda España y fue un esfuerzo inconmensurable, pero también una suerte enorme, porque tenemos la imagen de España en el cambio de milenio.

Habrán podido contemplar el destrozo de paisajes y territorios, y no sólo de las costas. ¿Qué está pasando con los geógrafos, antaño tan cercanos al poder con la cartografía y las exploraciones, y hoy tan desaparecidos?

Quizá no hemos sabido hacernos oír lo suficiente, sobre todo en cuanto a paisajes rurales que son un patrimonio de primera envergadura, una construcción y utilización de los recursos y del propio territorio que refleja la sabiduría de muchísimas generaciones y que en nuestro país son tan diversos, de los paisajes mediterráneos a los atlánticos o andaluces. Y lo primero es hacerlos visibles, mostrar sus valores, su posibilidad de evolución. No se trata de fosilizarlos, de convertirlos en museos. La política de conservación de la naturaleza pura y dura, de decir aquí declaro un parque nacional, es decir, un santuario, no puede ser la que se aplique a todo el territorio. Pero tienen un valor cultural y patrimonial que los geógrafos deberíamos ser capaces de transmitir. Contra eso pueden estar los derechos de la propiedad privada, que no tendrían que ser incompatibles con una ocupación del suelo más atenta a sus valores culturales, más respetuosa. Ha prevalecido un urbanismo especulativo antes de una ordenación de recursos más respetuosa.

Y no se puede decir que no haya leyes que lo impidan, sino que no se aplican. La especulación salvaje encuentra vía libre en Ayuntamientos y autonomías, y luego nos rompemos las vestiduras cuando estalla un 'Marbella'.

Creo que tenemos una cierta responsabilidad ciudadana, será que todos llevamos un especulador dentro… Está claro que, desde el punto de vista de la ordenación del territorio, los mecanismos puestos en marcha no han funcionado correctamente hasta ahora. No cabe que la comunidad andaluza fuera la primera en proclamar y establecer su catálogo de parques naturales y que luego en uno de los primeros, el Cabo de Gata, se construya ese hotel que todos hemos visto. Algo no ha funcionado. Y eso es lo que todo el mundo tiene que revisar, no vaya a ser que el caso Marbella tape todos los desaguisados. No todo es Marbella, como es obvio, pero todo no deja de ser Marbella… No puede ser que Marbella sirva como excusa.

¿Estamos a tiempo de salvar parte del territorio, o ya es demasiado tarde?

Pienso que estamos a tiempo, queda mucho territorio, pero queda todo muy contaminado.

¿Y qué podemos hacer?

Algunas contaminaciones paisajísticas no son tan graves; otras, como Marina d'Or, son lo que son… Pero creo que estamos a tiempo de establecer procesos más sensatos y respetuosos, que no supongan detener la actividad, pero sí que sean las grandes actuaciones urbanísticas las acotadas, y que el resto lo podamos manejar de una forma más sostenible. Me da mucho miedo el falso lenguaje que lo invade todo y que bajo la etiqueta de sostenibilidad se estén haciendo las operaciones de máxima insostenibilidad. Hay cosas que son sobrecogedoras. Los grandes desastres habría que declararlos desastres consumados y acotarlos para que no se extiendan. Hoy me han dicho que en Antequera están proyectados ocho campos de golf y un aeropuerto… Tenemos que calmarnos un poco, hay que llamar sostenible a lo que es sostenible, y no manipular las palabras.

Como buena conocedora de la historia y el paisaje de Madrid, ¿qué opina del polémico proyecto de reforma del paseo del Prado?

Siempre me he manifestado en contra de que a principios del siglo XXI siga primando en la ciudad un urbanismo obsoleto y supeditado a la circulación rodada, que es algo que se remonta a la segunda mitad del siglo XIX. Deberíamos volver al urbanismo de residir, del pasear, ya que iremos necesariamente hacia modelos de transporte público. En la reforma del Prado lo que me preocupa de la intervención no es especialmente la actitud respecto al coche -la intención reductora del tráfico existe, aunque, a mi juicio, ignora los efectos colaterales en otras calles de gran valor, como Alfonso XII-, sino más bien el que afecte al bulevar más monumental e identitario de Madrid, un salón de árboles en la acertada definición de Galdós, sin garantizar la continuidad de paseo peatonal en la plataforma que plantea por el lado del Museo del Prado, y en cambio creando esa vía de circulación rodada, o mejor de congestión, por el oeste, por el lado del Banco de España y del Thyssen.

¿Piensa que la contestación ciudadana y la ampliación del periodo de alegaciones cambiarán algo las cosas?

Si se abre un nuevo plazo de alegaciones, bienvenido sea. La tramitación de este proyecto ha sido, creo yo, más transparente que el de la M-30, pero en espacio tan sensible, espacio de la memoria y cumbre del urbanismo arbolado, casi el último que existe, toda precaución es poca. En patrimonios arbolados tan sobresalientes como éste, los mecanismos de información pública vigentes muestran todas sus limitaciones. En todo caso, yo en esto me atendría a lo que decía el ingeniero Fernández-Casado: en paisajes sobresalientes, cuantas menos ideas se quieran introducir, mejor.

En alguna ocasión ha escrito que la geografía "no es demasiado estimada en la comunidad científica, se relaciona mal consigo misma y con los demás, es poco leída y reacciona con lentitud a los grandes cambios". Parece demoledor…

Eso lo escribí hace unos años y la situación es ahora diferente, los instrumentos han cambiado, y la disponibilidad cartográfica, la información, pueden ayudar mucho más a la planificación y al diagnóstico. Y se han creado unas sensibilidades corporativas y profesionales mucho más acordes con los tiempos presentes. Los grandes temas territoriales y ambientales, el agua, el paisaje, la conservación de la naturaleza en sus diversas formas, el territorio y los espacios periurbanos son los temas que más se trabajan en nuestro país.

¿Las autonomías, con sus distintas leyes, no dificultan la ordenación del territorio?

Yo creo que no, que el territorio se debe administrar lo más cerca posible del ciudadano. Lo que pasa es que si hay algún desmán, la Administración del Estado no tiene posibilidad de intervenir, excepto cesando a una corporación entera, como en Marbella. Pero hay perfiles autonómicos muy distintos.

¿Y no es inquietante que al final los que acaben ordenando el territorio sean los Ayuntamientos, que no tienen otra fuente de financiación que la construcción?

Quizá ahí está el dilema, pero la ordenación del territorio tiene que ser cercana al ciudadano en autonomías y Ayuntamientos. Otra cosa es que en un ciclo económico tan bonancible como el nuestro las cosas se hayan desmadrado, por eso el seguimiento de las leyes es tan importante, porque puede haber efectos no deseados, incluso nocivos, y algo de eso ha pasado en la ordenación del territorio. Nunca ha habido tanto aparato legal y nunca más situaciones de crisis que atajar.

Antes citaba los sistemas de información geográfica, es ya impresionante lo que cualquier ciudadano puede ver en Internet con Google Earth, da miedo pensar en el alcance que puede tener el Sistema de Información Geográfica (SIG), en lo que pueden contemplar los servicios de inteligencia de cualquier país poderoso…

Sin duda da un poquito de miedo, es como el Gran Hermano, los satélites filmándonos a todos… Pero desde el punto de vista geográfico, yo creo que es algo que cambiará la esencia misma de la geografía. No sólo está la posibilidad de visualizar y cartografiar, sino de mezclar capas, de interactuar en ese momento e intervenir en el proceso cartográfico. Está todo por ver, va a una velocidad enorme y convendría reflexionar mucho sobre esa disponibilidad fotográfica y cartográfica de todos los ciudadanos dentro de lo que representa Internet. Es una capacidad tremenda, pero habría que saber manejarla.

Usted ha estudiado la geografía del inconsciente colectivo, la identificación del territorio como nación, un tema muy actual por la cuestión de los nacionalismos emergentes en España y en Europa.

Se ha hablado mucho de cuánto se ha utilizado la historia para construir el Estado-nación, y menos de la geografía, pero igual que ha habido políticas de la historia, ha habido políticas de la geografía en las que el territorio estaba subyacente. En ese sentido hay un profesor de la Carlos III, que fue alumno mío, que ha estudiado la construcción del mapa autonómico español y hasta qué punto, más allá de las nacionalidades o identidades históricas, en la medida que se crean territorios y unidades administrativas van fabricando todo, los símbolos, los mapas, las banderas, los himnos, toda una simbología de imágenes que se quiere transmitir con relación al territorio. Hay una cierta construcción de entidades territoriales, una geografía de los territorios, y se utiliza como tal. Y es impresionante cómo las comunidades autónomas que hacen leyes en cuyos preámbulos se quieren describir a sí mismas, se presentan todas en términos geográficos y siempre como que lo tienen todo. Castilla y León dice que es "la más grande y la más variada", y La Rioja, "la más pequeña, pero que tiene de todo". Hay una visión de interpretación y construcción de imágenes identitarias en términos territoriales. En estos momentos, España está siendo un laboratorio en ese sentido. Mientras el final del siglo XIX y el principio del XX fue el Estado-nación, ahora son las organizaciones supraestatales tipo Unión Europea y las subestatales tipo comunidades autónomas las que tienen protagonismo. Se da esa paradoja, que la globalización es compatible con el aumento de lo local. Hay quien habla incluso de glocalización para mostrar que es global y local.

Hablando de identidades territoriales, los alumnos aprenden ahora en el bachillerato la geografía de su autonomía, sus ríos y montañas, pero acaban con un desconocimiento total del conjunto geográfico de España.

La Asociación de Geógrafos Españoles hizo un estudio sobre los libros de texto y había cosas absurdas que lindaban con lo disparatado, como es dar lo propio en 300 páginas y el resto en cuatro… La geografía española había construido bien lo que llamaba la geografía regional; quizá ese nombre puede molestar ahora, pero en el plan de estudios se daba la geografía general de España y la regional, y en mi universidad lo seguimos haciendo así y es muy bueno.

La Universidad está muy presente en su vida. ¿Cómo afronta estos años de plena madurez cercanos a la jubilación?

Los profesores universitarios nos tenemos que jubilar a los 70 años para que nuestra jubilación sea viable, así que todavía me quedan unos cuantos años de actividad… Desde el punto de vista laboral lo vivo bien, con más curiosidades que nunca y, al mismo tiempo, con más miedos personales que nunca. Si echo una mirada atrás, de lo mejor que me ha pasado son los amigos y compañeros, tengo grandísimos amigos que me aportan mucho, y buenos compañeros que intelectual y afectivamente funcionamos bastante a la par. Por supuesto, están mis hijos, pero al pasar los años, los miedos personales van en aumento. La verdad, esto de envejecer es una faena.

La geógrafa Josefina Gómez Mendoza es autora de más de 20 libros y ocupa múltiples cargos, entre ellos el Consejo de Estado. / GUILLERMO PASCUAL

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