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domingo, 21 de mayo de 2006
LECTURA

La vida cotidiana en el horror de Irak

La situación iraquí vista por una joven informática a traves de un 'weblog'

El comienzo...

Así que éste es el comienzo para mí, supongo. Nunca pensé que comenzaría mi propio weblog... Cada vez que quería empezar uno, lo único que se me ocurría era "¿pero quién lo va a leer?". Supongo que no tengo nada que perder... pero os advierto: esperad que me queje y despotrique mucho. Busqué un log para "despotricar", pero esto es lo mejor que me ofreció Google.

Algo sobre mí: soy mujer, iraquí, y tengo 24 años. Sobreviví a la guerra. Eso es lo único que necesitáis saber. En todo caso, es lo único que importa en estos días.

Viaje por carretera

La madre y la hija fueron interrogadas. "¿Quién era el hombre de la foto que colgaba de la pared?". Era el padre de M., que había muerto seis años atrás de una apoplejía. "Estáis mintiendo", les dijeron

Estar fuera en la calle es como estar atrapado en un tornado. Tienes que mantenerte alerta y preparado para cualquier cosa en todo momento

Fue un vecino quien había hecho una acusación falsa. Lo único que tuvo que hacer fue contactar con cierto traductor que trabajaba para las tropas y dar la dirección de M. Así de fácil

Mi hermano E. salió esta mañana a las ocho para conseguir gasolina para el coche. Regresó a casa a las doce del mediodía, de un humor particularmente malo. Había hecho cola con unos iraquíes enfadados, hostiles, durante tres horas. Las colas por la gasolina sacan a la gente de sus casillas porque antes de la guerra el precio de la gasolina era ridículamente bajo. Un litro de gasolina (sin plomo) costaba unos 20 dinares iraquíes, cuando un dólar estadounidense equivalía a 2.000 dinares iraquíes. En otras palabras, ¡un litro de gasolina costaba un centavo! Un litro de agua embotellada costaba más que la gasolina. Ahora no sólo cuesta más, sino que además no es fácil de conseguir. Creo que están importando gasolina de Arabia Saudí y Turquía.

Nosotros (un primo, su mujer, mi madre y yo) arrastramos a E. fuera de casa a las 12.30 para ir a visitar a mi tía en el otro extremo de la ciudad. Oímos las instrucciones habituales antes de partir -deteneos en los puntos de control, regresad antes de que anochezca y si alguien quiere el coche, entregadle las llaves, no discutáis, no peleéis.

En cuanto tuve un pie fuera de casa, el calor casi me obligó a volver a entrar. Nuestro sol, al mediodía, no es un cuerpo celeste, es un ataque físico. Juraría que al mediodía, en Irak, el sol excluye al resto del mundo de su gloria y concentra sus energías en nosotros. Parece como si todo viajara en oleadas de calor -incluso las palmeras datileras parecen desfallecidas con el agotamiento de la supervivencia.

Nos subimos a un viejo y maltrecho Volkswagen blanco del 84 -la gente está evitando usar coches "bonitos" que puedan tentar a los secuestradores ("bonito" es cualquier cosa fabricada después de 1990). Debatí mentalmente si debía ponerme gafas de sol, pero decidí no hacerlo -no hay necesidad de atraer excesivamente la atención. Dije una pequeña oración para que estuviéramos a salvo, mientras rebuscaba mi bolso en busca de mi "arma". No puedo soportar llevar una pistola, así que llevo un gran cuchillo rojo de caza -no te conviene meterte con Riverbend...

Estar fuera en la calle es como estar atrapado en un tornado. Tienes que estar alerta y preparado para cualquier cosa en todo momento. Me senté en el asiento de atrás, entornando los ojos bajo el sol, intentando determinar si un determinado rostro era el de un saqueador, un raptor o sólo otro compatriota enfadado. Estiré el cuello para mirar un SUV azul, intentando recordar si había estado detrás de nosotros durante el último kilómetro o durante más tiempo. Contuve la respiración nerviosamente cada vez que mi primo reducía la velocidad debido al tráfico, deseando que los coches que estaban delante nuestro se movieran.

Vi a dos hombres peleándose. Una multitud se estaba empezando a reunir en torno a ellos y algunas personas se quedaron atrapadas en el medio, intentando separarlos. Mi primo cloqueó coléricamente y empezó a decir entre dientes que la gente era ignorante y que, encima de la ocupación, lo único que nos faltaba era la hostilidad. E. nos dijo que no nos quedásemos mirando y nerviosamente empezó a buscar a tientas la pistola bajo su asiento.

El viaje, que en el Irak de antes de la guerra duraba 20 minutos, hoy duró 45 minutos. Había carreteras principales completamente cortadas por los tanques. Unos soldados enojados estaban cortando el acceso a las carreteras alrededor de los palacios (antes eran los palacios de Sadam, pero ahora son los palacios de EEUU). Mi primo y E. debatían sobre rutas alternativas en cada punto de control o bloqueo de carretera. Yo me quedé en silencio porque ya ni siquiera conozco la ciudad. Ahora, las áreas se identifican como "la que tiene el cráter donde explotó el misil", o "la calle con las casas destruidas", o "la casita que está junto a la casa donde mataron a aquella familia".

Los saqueos y los asesinatos de hoy son distintos a los saqueos y los asesinatos de abril. En abril, fueron sin orden ni concierto. Los criminales trabajaban solos. Ahora están más organizados que la APC (Autoridad Provisional de la Coalición) y las tropas juntas. Ya nadie trabaja solo -han creado bandas y milicias armadas. Se detienen frente a las casas en furgonetas y en vehículos deportivos utilitarios, armados con ametralladoras y a veces con granadas. Irrumpen en la vivienda y exigen dinero y oro. Si no encuentran suficiente, secuestran a un niño o a una mujer y piden un rescate. A veces matan a toda la familia -otras veces sólo matan a los hombres de la familia.

Durante un tiempo, los hombres en ciertas zonas empezaron a organizar brigadas de "vigilancia". Reunían a seis o siete tipos en una calle, armados con Kaláshnikov, y vigilaban toda esa área. Detenían a los coches extraños y les preguntaban a qué familia iban a visitar. Cientos de saqueadores fueron detenidos de esa forma -realmente nos sentimos seguros durante un breve periodo de tiempo-. Entonces los vehículos armados estadounidenses empezaron a patrullar en las zonas residenciales más seguras, ordenando a los hombres que se retiraran de las calles -diciéndoles que si los veían llevando un arma, serían tratados como delincuentes.

La mayoría de las bandas, al menos en Bagdad, surgen de los barrios pobres en las afueras de la ciudad. "Al-Sadir City" es una barriada enorme, muy conocida, con una población de alrededor de 1,5 millones de personas. Todo el lugar es aterrador. Si pierdes un coche o a una persona, lo más probable es que la encuentres ahí. Cada callejuela está controlada por una banda distinta y las armas se venden en las calles... si pagas lo suficiente, incluso prueban esa ametralladora a la que le has echado el ojo. Los norteamericanos no se molestan en hacer batidas en casas como esas... las batidas son exclusivamente para las personas decentes que no pueden responder con un disparo o atacar. Las batidas son para la pobre gente en Ramadi, Baaquba y Mosul.

Cuando llegamos a casa de mi tía me dolían todos los músculos del cuerpo. Los ojos me ardían por el calor y la tensión. La frente de E. estaba arrugada por las escenas que habíamos dejado atrás en la calle y las manos de mi primo temblaban de una forma casi imperceptible -los nudillos todavía blancos por la tensión-. Mi madre rezó una oración de agradecimiento porque habíamos llegado sanos y salvos, y la esposa de mi primo, T., juró que no saldría de casa de mi tía en tres días y que si planeábamos volver a casa hoy, que podíamos hacerlo sin ella, porque Dios tenía que cuidar de otras personas hoy, no sólo de nosotros...

Historias de Abu Ghraib...

(Lunes, 29 de marzo de 2004)

Ayer, exactamente a las cinco de la tarde, mi madre anunció repentinamente que íbamos a ir a visitar a una amiga suya que recientemente ha sido sometida a una operación poco importante. Esta amiga vive a dos calles de distancia, y en la cultura iraquí es obligatorio visitar a un amigo o familiar que esté enfermo o convaleciente. Intenté escapar de la llamada social con una serie de excusas trilladas, pero fue inútil -mi madre se mostró inflexible.

Salimos de casa alrededor de las 17.40 -yo, llevando una caja de chocolates- y llegamos a casa de esta amiga en menos de cinco minutos. Después de los saludos iniciales y unas palabras de compasión y consuelo, entramos todos en la sala de estar. La sala estaba casi oscura; habían cortado la electricidad y las cortinas estaban abiertas para dejar entrar unos rayos de sol que se iban apagando gradualmente. "La electricidad debería volver a las seis...", dijo la amiga de mi madre excusándose, "Por eso no hemos encendido las lámparas de queroseno".

Justo cuando empezábamos a acomodarnos, una figura que estaba sentada en el otro extremo de la sala se levantó apresurada. "¡¿A dónde vas?!", gritó la amiga de mi madre, Umm Hassen. Luego se volvió hacia nosotros e hizo una presentación apresurada, "Ésta es M. -es una amiga de la familia... Ha venido a ver a Abu Hassen...". Hice un esfuerzo para ver mejor, a través de la habitación oscurecida, a la delgada figura, pero no pude distinguir sus rasgos. A duras penas pude oír su voz cuando dijo: "En serio, me tengo que ir... Está oscureciendo...". Umm Hassen movió la cabeza negativamente y declaró firmemente: "No, tú te quedas. Abú Hassen te llevará a casa más tarde con el coche".

La figura se sentó y a continuación hubo un silencio incómodo mientras Umm Hassen salía de la sala para traer el té de la cocina. Mi madre rompió el silencio: "¿Vives cerca de aquí?", preguntó a la figura. "En realidad, no... vivo fuera de Bagdad... en las afueras del sur, pero me estoy quedando en casa de unos familiares que viven a unas pocas calles de aquí". Escuché la voz cuidadosamente y pude adivinar que era una chica joven -de no más de 20 o 25 años... probablemente menos.

Justo cuando Umm Hassen entró en la habitación con la bandeja del té, las luces de la casa volvieron a la vida parpadeando y todas murmuramos una oración de agradecimiento. En cuanto mis ojos se adaptaron a las deslumbrantes luces amarillas, me giré para ver mejor a la invitada de Umm Hassen. Tenía razón -era joven-. No podía tener más de 20 años. Llevaba un pañuelo negro colocado descuidadamente sobre el pelo castaño que asomaba por debajo. Agarraba con fuerza un bolso negro y cuando volvieron las luces se encogió sobre sí misma en el otro extremo de la habitación.

"¿Por qué estás sentada ahí, tan lejos?", la reprendió Umm Hassen cariñosamente. "Ven, siéntate aquí". Hizo un gesto con la cabeza indicando una gran butaca cerca de nuestro sofá. La chica se levantó y noté por primera vez lo delgada que era su figura -la larga falda y la camisa colgaban sobre su fino cuerpo como si pertenecieran a otra persona. Ella se instaló rígidamente en la gran silla y consiguió parecer todavía más menuda y más joven.

"¿Cuantos años tienes?", le preguntó mi madre amablemente. "Diecinueve", fue la respuesta. "¿Y estás estudiando? ¿A qué universidad vas?". La chica se sonrojó intensamente mientras explicaba que estaba estudiando literatura árabe, pero que había pospuesto el año porque... "Porque fue detenida por los norteamericanos", terminó la frase Umm Hassen furiosa, moviendo la cabeza de lado a lado. "Ha venido a ver a Abu Hassen porque su madre y sus tres hermanos todavía están en prisión".

Jungla sin reglas

Abu Hassen es un abogado que desde que acabó la guerra está llevando muy pocos casos. En una ocasión, él explicó que el actual sistema legal iraquí era como una jungla sin reglas, con cientos de leones y miles de hienas. Nadie tenía la seguridad de qué leyes eran aplicables y cuáles no lo eran; no se podía hacer nada con unos jueces y una policía corruptos, y era inútil llevar casos penales porque si ganabas, la familia del asesino/ladrón/saqueador te llevaría sin lugar a dudas a la tumba... o el propio delincuente podía hacerlo personalmente cuando saliera unas pocas semanas más tarde.

Este caso era una excepción. M. era hija de un amigo fallecido y había acudido a Abu Hassen porque no conocía a ninguna otra persona que estuviera dispuesta a implicarse.

En una fría noche de noviembre, M., su madre y sus cuatro hermanos estaban durmiendo cuando, de repente, la puerta se vino abajo en las primeras horas de la madrugada. La escena que vino a continuación fue de caos y confusión... chillidos, gritos, insultos, empujones y tirones. Reunieron a la familia en la sala de estar y los cuatro hijos -uno de ellos de sólo 15 años- fueron llevados a rastras con una bolsa en la cabeza. La madre y la hija fueron interrogadas. "¿Quién era el hombre de la foto que colgaba de la pared?". Era el padre de M., que había muerto seis años atrás de una apoplejía. "Estáis mintiendo", les dijeron, "¿acaso no formaba parte de una célula secreta clandestina de la resistencia?". A esas alturas, la madre de M. ya estaba histérica: era su marido muerto, y ¿por qué se estaban llevando a sus hijos? ¿Qué habían hecho? "Están apoyando la resistencia", fue la respuesta que llegó a través del intérprete.

"¿Cómo van a estar apoyando la resistencia?", quiso saber su madre. "Ustedes están aportando grandes sumas de dinero a los terroristas", explicó el intérprete. Las tropas habían recibido un soplo anónimo que decía que la familia de M. estaba dando fondos para apoyar los ataques a los soldados.

Era inútil tratar de explicar que la familia no tenía "fondos" -desde que dos de sus hijos habían perdido sus empleos en una fábrica que había cerrado después de la guerra, la familia había estado viviendo del poco dinero que recibían de una kushuk o pequeña tienda en la que vendían cigarrillos, galletas y golosinas a la gente del barrio-. ¡Apenas ganaban lo suficiente para cubrir los gastos de comida! No les importó nada. También se llevaron a la madre y a la hija, con las cabezas cubiertas con bolsas.

Una historia personal

Umm Hassen había estado contando la historia hasta ese momento. M. se limitaba a asentir con la cabeza y a escuchar con atención, como si se tratara de la historia de otra persona. A partir de ese momento, continuó ella... M. y su madre habían sido llevadas al aeropuerto para ser interrogadas. M. recuerda haber estado en una habitación, con una bolsa en su cabeza, y unas luces potentes encima. Dijo que pudo ver las siluetas de unas figuras a través de unos pequeños agujeros en la bolsa. La obligaron a ponerse de rodillas en la sala de interrogatorios, mientras pateaban y golpeaban a su madre en el suelo.

Las manos de M. temblaban mientras sostenía la taza de té que Umm Hassen le había dado. Su rostro estaba muy pálido mientras hablaba: "Oí a mi madre rogarles que por favor me dejasen ir y que no me hiciesen daño... Les dijo que haría cualquier cosa, cualquier cosa, si me dejaban ir". Después de un par de horas de maltratos generales, la madre y la hija fueron separadas, cada una de ellas arrojada a una habitación distinta para ser interrogada. A M. la interrogaron acerca de todo lo relacionado con la vida familiar -quién venía a visitarles, con quién se relacionaban y en qué circunstancias había muerto su padre-. Horas más tarde, madre e hija fueron llevadas a la infame prisión de Abu Ghraib -que alberga a miles de delincuentes e inocentes por igual.

En Abu Ghraib fueron separadas y M. sospechaba que su madre había sido llevada a otra prisión fuera de Bagdad. Un par de terribles meses más tarde -después de haber presenciado varias palizas y la violación de un prisionero hombre por parte de uno de los carceleros-, a mediados de enero M. fue liberada repentinamente y llevada a casa de su tío, donde encontró a su hermano menor esperándola. Su tío, a través de unos abogados y algunos contactos, había conseguido sacar a M. y a su hermano de 15 años de dos cárceles distintas. M. también se enteró de que su madre todavía estaba en Abu Ghraib, pero no estaban seguros de qué les había ocurrido a sus tres hermanos.

M. y su tío se enteraron más tarde de que un vecino había hecho una acusación falsa contra su familia. El hijo de 20 años de ese vecino todavía estaba resentido por una pelea que había tenido varios años atrás con uno de los hermanos de M. Lo único que tuvo que hacer fue contactar con cierto traductor que trabajaba para las tropas y dar la dirección de M. Fue así de fácil.

Riverbend

'Bagdad en llamas' es el 'blog' de Riverbend, pseudónimo de una joven programadora informática iraquí, de 26 años, que vive con su familia en Bagdad. El 'blog' lo inició el domingo 17 de agosto de 2003 y, a lo largo de dos años y medio, no ha dejado de explicar la situación de su país de un modo sencillo y directo. En él vuelca sus frustraciones, utiliza el sarcasmo y a veces muestra su esperanza de que el horror acabe pronto. El libro, editado por Laertes, saldrá a la venta esta semana.

Un grupo de iraquíes observa los efectos de una explosión en Bagdad que afectó a un autobús urbano el pasado domingo. / AP

Presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. / REUTERS

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