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miércoles, 17 de mayo de 2006
COLUMNA

Hecatombe de árboles y reses

De los seculares ritos que en honor de San Isidro celebra el pueblo de Madrid, el más enraizado y persistente es el de la feria taurina, que prolonga sus ceremonias sangrientas durante buena parte del mes de mayo. Hecatombe se llamaba el holocausto de cien bueyes en honor de Hécate, diosa griega de la magia y de la hechicería, y megahecatombe es la que cada año le dedican a su bucólico patrón los fieles taurófilos, o tauricidas, según se mire, entrando en flagrante contradicción con el pacífico talante del santo agricultor, al que se supone amante de los animales y en particular de los bueyes, que contribuían a facilitarle las tareas del campo a él y a los ángeles que según la piadosa leyenda solían sustituirle en el arado, a la hora de la siesta, cuando el santo varón enviaba sus más inspiradas plegarias al cielo inclemente del estío implorando una tregua.

Patrón de numerosas localidades agrícolas en España, a San Isidro le imploran este año los ecologistas cristianos para que proteja a los árboles madrileños amenazados por las cuadrillas de implacables leñadores al servicio del municipio y de la Comunidad, pero me temo que el beatífico labrador no esté por la labor de mediación, precisamente a causa de su oficio; aunque una larga retahíla de tópicos urbanos se empeñe en demostrar lo contrario, los agricultores no suelen ser amantes de los árboles, sino más bien sus enemigos acérrimos, porque los árboles interrumpen con sus troncos y raíces la continuidad de los surcos y merman la productividad de los campos de cultivo. Siglos, milenios antes de que los ecologistas empezaran a incordiar, los campesinos castellanos, por ejemplo, talaron y desbrozaron a conciencia las inmensas llanuras cerealistas del centro peninsular sin encomendarse a Dios ni al Diablo, la Naturaleza no era para ellos madre sabia y protectora, sino madrastra cruel que con sus desmedidos caprichos les quitaba el pan de la boca, poniendo árboles en los senderos de las espigas y desatando a placer sequías o inundaciones, heladas tardías y pedriscos traidores. La relación amor-odio de los campesinos con su medio es intensa y atávica, los labradores odian el campo y aman sus cosechas, o las misteriosas subvenciones que les llueven del empíreo comunitario europeo para que dejen de cultivar y cosechar, en pro del equilibrio y del cambalache de los precios agrícolas a escala continental y global.

San Isidro es un santo desplazado, excéntrico en el centro de todos los centros peninsulares, el santo que apadrinó con su nombre a los campesinos madrileños que acudían a la capital en sus fiestas, es un "isidro" más, un paleto que prefiere su ermita y su pradera al coso de Las Ventas donde machetean toros en su nombre, si hemos de creer a los expertos cada vez con menos arte, por ambas partes, las bestias y sus matadores. No son los toros, ni deporte, ni espectáculo, ningún aficionado al deporte o al espectáculo sufriría tanto y a tales precios lo que sufren los "taurinos", muy pocos soportarían tantas y tan frecuentes decepciones, las derrotas continuas de sus equipos o los fracasos reiterados de sus ídolos favoritos. La "fiesta" es un atavismo que nos habla de cultos ancestrales degradados y, desde luego, precristianos. A San Isidro no le deben gustar los toros, así lo interpreta la afición cuando el santo interrumpe con feroces aguaceros sus santificados festejos. San Isidro no fue un agricultor rezador y holgazán como refieren las crónicas maliciosas, sino un "zahorí" descubridor de corrientes y manantiales secretos, como explicita uno de sus milagros, un trabajador especializado al que su patrón liberaría de alguna de las tareas más pesadas para rentabilizar su don. San Isidro, taumaturgo, siguió obrando milagros después de muerto a través de su momia: a Felipe III se la metieron en la cama con motivo de una grave enfermedad y sobrevivió a la enfermedad y a la experiencia necrófila. El pasado lunes, el alcalde de Madrid pasó con sus adláteres por la pradera del Santo para besar con devoción y pleitesía los tres huesecillos de su mano dentro del relicario y dejarse besar y estrechar por sus feligresas y feligreses. No se sabe qué le pidió a Isidro, quizás más comprensión para talar los árboles que interrumpen los surcos implacables de sus pomposas obras.

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