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martes, 9 de mayo de 2006
COLUMNA

La ingravidez de ERC

Los dirigentes de ERC consideran que pueden adoptar cualesquiera posiciones políticas, sin que se sigan de ellas consecuencia alguna en el campo gravitatorio del poder. Parecen así instalados en la actitud caprichosa, propia de la infancia consentida, a la que se le disimulan las faltas. En definitiva, es como si estuvieran imbuidos de una muy particular insoportable levedad del ser, por decirlo con el título de aquella novela de Milan Kundera que le consagró entre los lectores españoles. Entonces debatí sin éxito con su excepcional traductor, Fernando Valenzuela, sobre la adecuación del sustantivo levedad para figurar en la portada, sin que mis recomendaciones a favor del empleo de otros sustantivos, como liviandad o ingravidez, llegaran a prosperar.

La decisión de ERC de votar "no" al Estatuto en el referéndum previsto el 18 de junio ha ido acompañada del reto a los socialistas, compañeros de gobierno en la Generalitat, para que dejen el tripartito si les incomoda ese proceder. Aceptemos que la lógica aristotélica y principio de contradicción han pasado a ser instrumentos demasiado toscos bajo las sutilezas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, pero también que el intento permanente de reducir los opuestos a complementarios puede estar alcanzando su límite. La línea quebrada de Josep Lluís Carod Rovira puede resumirse en un álbum de estampas de grande reciedumbre y desconcierto, que se inicia cuando el encuentro sorpresa con ETA en Perpiñán. La penúltima ha sido la actitud sostenida en la remodelación de la Generalitat imponiendo a Pascual Maragall el nombramiento de Vendrell, imputado judicialmente en calidad de jefe de los extorsionadores, como nuevo conseller de Gobernación.

Es como si todo obedeciera a un sistema de comportamiento que tradujera la aplicación rigurosa del proverbio "al que no quiere caldo, dos tazas". Y mientras tanto los aliados del PSC, en Belén con los pastores y su enlace en La Moncloa, el ministro José Montilla, tragando. En cualquier caso, se han dado merecimientos sobrados para que ERC saliera del Gobierno tripartito. Pero sucede que esa salida hubiera sido el fin de la legislatura catalana con el desencadenamiento inmediato de la convocatoria de unas elecciones autonómicas en las que el propio Maragall sabe que dejaría de ser candidato y en las que el PSC se vería obligado a competir en condiciones inmejorables para cosechar la derrota. Así que Convergencia i Unió (CiU), fortalecida por la imagen de responsabilidad que tanto contrasta con la insolvencia y la parálisis de sus contendientes, tendría las máximas probabilidades de cerrar el actual periodo de carencia y regresaría al ejercicio del poder, sin haber pagado prenda alguna por el 3% de comisiones ilegales en la obra pública mentado en vano durante aquel inolvidable pleno del Parlament.

Por eso una cosa es que Maragall haya acusado a ERC de llevar a Cataluña a la "frustración" y a la "renuncia" con su patrocinio del "no" en el referéndum, y otra distinta que el PSC acabe por inclinarse, haga de la necesidad virtud y prefiera dejarlo todo para el otoño, a la vuelta del referéndum y de las bien ganadas vacaciones. O sea, que, después de las debilidades políticas previsibles que depare el escrutinio nocturno de las urnas, se nos prometen otros cinco meses con más de lo mismo, a base de desencuentros entre los socios de gobierno y de nuevas fintas de los de Esquerra a propósito del proceso del fin de la violencia etarra o de cualquier otro asunto propio o ajeno.

Cómo cambiaría el panorama si el PP optara por abandonar la Kangoo, dejara de seguir las consignas de la radio episcopal, declarara que la mochila ha quedado depositada en la piscina que todos sabemos de Mallorca y se decidiera a convertirse de verdad en alternativa creíble de Gobierno. Porque, como sostiene Bernard Williams en Verdad y veracidad, existen dos vías de progreso. Una que parte de la creencia comprometida, respaldada por la evidencia, y otra que camina por el deseo lúcido, articulado por razones. Pero Mariano Rajoy rehúsa cualquiera de ellas y sigue prefiriendo el imposible al unir su destino a los de Acebes y Zaplana.

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