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COLUMNA

Vosotros

El que está subido al andamio. El que reparte a la caída de la tarde la bolsa de comida china, india, la pizza. El que vende las flores que adornan los supermercados de las esquinas. La que echa horas en diez casas distintas y de la que sólo conoces el nombre propio y un número de móvil. Las que cocinan en los restaurantes indios, chinos, italianos, españoles. Los que cargan con los muebles en las mudanzas. Los que disponen la mesa de los restaurantes, sirven el agua y ponen los platos, pero no atienden al cliente porque no tienen categoría de camareros. Los friegaplatos. Las que limpian los restaurantes. Las que hacen manicuras y pedicuras de sol a sol trabajando para los coreanos y los chinos que son los que ostentan mayoritariamente esos centros de belleza. Los dependientes de las ferreterías de mi barrio que suelen ser propiedad de los árabes. Las tatas o babysitters, que cuidan a los niños con mucho más afecto físico y más naturalidad de lo que las madres anglosajonas son capaces de ofrecer. Los que en cuanto pueden te hablan con nostalgia del país que dejaron atrás y al que no pueden regresar. Los que dejaron allí a hijos que se están haciendo grandes sin la presencia de sus padres. Los que te cuentan que la nostalgia no les ciega el entendimiento, que harán lo imposible porque sus hijos estudien aquí. Los que llenan el metro a primerísima hora de la mañana y se quedan abstraídos, mirando al vacío. Los que vuelven de madrugada, tras dejar limpio el restaurante, y van dando cabezadas en los largos trayectos camino de Queens o del Bronx. Eran ellos. Todos ellos, ellos y sus niños, bebés nacidos en este discutible paraíso de las oportunidades. Bajaban en una de las manifestaciones más numerosas que se hayan visto, de Union Square hacia el Ayuntamiento, inundaban Broadway con pancartas: "Vosotros llegasteis aquí de la misma manera". Ese vosotros tenía un destinatario simbólico. Reclamaban comprensión y solidaridad de todos los que olvidan que sus abuelos llegaron a Nueva York huyendo de la muerte y del hambre a principios del siglo XX y hoy disfrutan de ciudadanía y sentido de pertenencia. Ese "vosotros" también estaba dirigido a mí, que miraba desde la acera la gran riada humana de los que a diario, de una manera u otra, me sirven.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de mayo de 2006