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domingo, 12 de febrero de 2006
Reportaje:EL DIFÍCIL CAMINO DE LA REINSERCIÓN

Un joven educado con un pasado atroz

El adolescente de Murcia que mató con una catana a sus padres y a su hermana recobra la libertad y busca trabajo en Santander

Al final de la barra, tomándose un refresco, está José, el novio de Verónica, la nueva camarera del bar Trébede. Los dos son de Murcia y acaban de llegar a Renedo de Piélagos, un pueblo de 4.000 habitantes a 20 kilómetros de Santander. José tiene buen aspecto y mejor educación. Le cuenta a Federico, uno de los dueños del Trébede, que está buscando trabajo en lo suyo, la construcción. Al marcharse, se dan un apretón de manos y José, mirando a Verónica, le pide a su jefe: "Cuídemela". Federico se queda extrañado de que José, siendo obrero, tenga esas manos "de pintor".

El muchacho se marcha del bar con una sonrisa. El pasado parece haberse quedado definitivamente atrás. José sabe, y así se lo ha contado a su nuevo amigo Julio en mil horas de confidencias, que su futuro depende de que los dueños del bar Trébede o los jubilados que juegan al mus y beben vino en Casa Macorra nunca sepan que él, el muchacho cortés que se sienta tranquilo al final de la barra, hizo lo que hizo aquel sábado 1 de abril del año 2000: "No quiero ser famoso, Julio, sólo quiero rehacer mi vida, tener otra oportunidad".

Su novia perdió el trabajo de camarera en cuanto los vecinos supieron quién era

José vive en régimen de libertad vigilada en una casa de una asociación evangélica

"Sólo saldrá adelante si la sociedad le ayuda de un modo en que no va a ayudarle"

Sucedió en un barrio obrero de Murcia, entre las seis y las siete de la mañana. José, que entonces sólo tenía 16 años, dio muerte sucesivamente a su padre, un camionero de 51 años con el que no se llevaba demasiado bien, a su madre, un ama de casa de 54 que le daba todos los caprichos y lo guardaba de los enfados del padre, y a Mercedes, su hermana pequeña, una niña rubia de 11 años afectada por el síndrome de Down. Utilizó primero una catana japonesa con una hoja de acero de 71 centímetros de longitud y tres de anchura y luego, al creer que la espada de samurái se había roto, uno de los machetes que su padre, antiguo boxeador y gran aficionado a las artes marciales, le había ido regalando. Cuando la policía le dio alcance, tres días después del crimen y con la ropa interior todavía manchada con la sangre de su familia, José lo confesó todo.

"¿Y por qué lo hiciste?", le preguntaron una y otra vez los agentes, intrigados por si detrás del crimen se escondía algún extraño juego de rol o tal vez un rito satánico. "Quería vivir una experiencia distinta", dijo José, "quería estar solo, que mis padres no me buscaran". Los policías insistieron: "¿Y a tu hermana? ¿Por qué la mataste?". Su primera respuesta fue otra pregunta: "¿Y qué iba a hacer ella sola en el mundo...? La maté para que no sufriera".

Verónica ya no trabaja en el bar Trébede y a José, de unos días a esta parte, se le ha borrado la sonrisa.

La pareja había llegado a Santander con el año nuevo. José, que en agosto cumplirá los seis años de internamiento terapéutico a que fue condenado, consiguió que Ascensión Martín, la juez de menores de Murcia, le permitiera viajar a Cantabria para vivir, en régimen de libertad vigilada, en una casa que la asociación Nueva Vida, perteneciente a la Iglesia evangélica, posee a las afueras de Renedo de Piélagos.

"Y yo que creía", dice don Marcelino, apoyado en la barra de Casa Macorra, "que a esa casa venían los curas a descansar". Toñi, la dueña, le responde: "Es que los pueblos ya no son como antes, ya no nos enteramos de nada". El gran secreto ahora descubierto es que, durante los últimos 11 años, Julio García Celorio, presidente del consejo evangélico de Cantabria, ha tenido allí alojados por turnos a más de 60 ex presidiarios, algunos de ellos de sobra conocidos en la región y no precisamente por sus obras de caridad. A guardar el secreto le han ayudado los servicios sociales de Renedo, un buen número de vecinos convencidos de las buenas intenciones del pastor y el comportamiento impecable de los otrora delincuentes. "No es fácil", dice Julio García, "cruzar el puente que hay entre la cárcel y la vida real. Es ahí donde muchos pierden el equilibrio y vuelven a caer en prisión. Aquí les ofrecemos un hogar y ayuda para encontrar trabajo. A cambio, ellos tienen que aprender a convivir, a administrar su dinero, a participar en las labores de la casa... Eso mismo es lo que le ofrecemos y le pedimos a José...".

Al principio, todo fue bien. El joven llegó de Murcia acompañado por los responsables del centro de menores La Zarza, donde ha estado recluido los últimos años. "Sólo traía", recuerda García Celorio, "una maleta pequeña, lo justo para empezar desde cero". Sobre el papel, jugaban a su favor los seis años transcurridos desde el crimen y, sobre todo, los 810 kilómetros que separan Murcia de Santander. Sin embargo, el eco de aquella tragedia y la fascinación que siempre ha rodeado al personaje cubrieron esa distancia en unos días.

Hace seis años, uno de los policías que interrogaron a José confesó: "Si me preguntan qué siento hacia él, no puedo decir nada negativo. Tengo lástima y una enorme incertidumbre por saber qué se le pudo pasar por la cabeza". Más de 30 profesionales, entre psicólogos y psiquiatras, han intentado durante estos años dar respuesta a esa pregunta y no se han puesto de acuerdo. Sigue vigente, en cualquier caso, el diagnóstico que al día siguiente de la detención ofreció María, la vecina del 2º C, quien durante 21 años convivió con Rafael y Mercedes y luego vio crecer a sus hijos: "José era lo que era hasta que hizo lo que hizo, yo sé lo que me digo". Quería así desmentir la multitud de versiones apresuradas que trataron de atribuir a Internet, a los juegos de rol, a la magia negra o a Squall, el protagonista de una vídeoaventura muy famosa entonces, el guión del crimen.

A retazos, muy poco a poco, José le ha ido contando estos días al pastor Julio su vida reciente. De los sótanos de la comisaría de Murcia fue llevado a la prisión de la Sangonera, donde el director, en previsión de que se pudiera quitar la vida o ser agredido por otros internos, lo ingresó en la enfermería, al cuidado de algunos presos de confianza. Fue entonces cuando por la retina del joven de 16 años empezaron a desfilar una galería de personajes y de situaciones imposibles de encontrar en la más disparatada serie de ficción. El primero en intentar apadrinarlo fue un recluso conocido como Capitán Timo, apodo que se había ganado gracias a su habilidad para estafar vestido de militar y rodeado de una coreografía a la altura de sus golpes. El sujeto, que en 1999 fue juzgado y condenado por escamotear 1.200 millones de pesetas a dos empresarios, era un seductor nato y se encariñó enseguida con José. El otro recluso, menos refinado, consiguió hacerse con algunas de las decenas de cartas que el joven de la catana recibía. Una de ellas -que el preso intentó vender a una revista- fue remitida por Raquel e Iria, las jóvenes de San Fernando (Cádiz) que poco después mataron a su compañera Clara. Bajo la protección del Capitán Timo y del otro interno logró sortear los únicos nueve meses que pasó en prisión, desde el 5 de abril de 2000 al 13 de enero de 2001. Fue en esta fecha cuando entró en vigor la actual Ley del Menor y José quedó en libertad.

Durante varios días, el joven de 17 años vagó de hotel en hotel acompañado de su abogado, Pedro López Graña, y de unos acompañantes contratados por éste. El letrado reconoce ahora que aquellos días fueron muy difíciles. Había logrado que su defendido quedara en libertad, pero ni sabía lo que pasaba por la cabeza de José, que aún no había sido sometido a exploración, ni podía alargar eternamente esas peculiares vacaciones de invierno. "Yo creo que se asustó", dice la fiscal de menores de Murcia, Mercedes Soler, "y regresó aquí con el chico, que aceptó voluntariamente su internamiento en un centro de menores".

López Graña, el abogado, es otro de los personajes clave en la vida reciente de José, y puede que la frase sea igual de válida intercambiando los nombres. De hecho, al entrar en el despacho de dos plantas que el letrado posee en la calle Princesa de Murcia, lo primero que se ve es un mural enorme confeccionado con recortes de prensa. El propio López Graña y "el asesino de la catana" acaparan la mayoría de los titulares. Además de en notoriedad, el abogado tenía previsto cobrar la defensa interponiendo una denuncia millonaria contra los medios de comunicación que hubieran divulgado el nombre del menor, pero José se opuso tajantemente a tal pretensión.

Hubo un consejo, sin embargo, que el joven sí aceptó a pies juntillas. El abogado le pidió que no hablara con ningún psiquiatra o psicólogo que no fueran los propuestos por la defensa. López Graña llegó a recurrir a un cura licenciado en Psicología para que, si de su exploración resultaba algún aspecto contrario a la defensa del joven, pudiera ampararse en el secreto de confesión para no declarar ante el tribunal.

El resultado es que, hoy por hoy, la pregunta clave -¿qué pasó por la cabeza de José para que planeara y ejecutara la muerte de toda su familia?- está todavía sin responder. Según los especialistas que lo examinaron por orden de la fiscalía -y que en ningún momento lograron hacerle hablar-, José padece "un grave trastorno mixto de la personalidad con rasgos esquizoides, narcisistas, antisociales y sádicos" y posee "unos rasgos definitorios que atienden al perfil clásico que en criminología se define como criminal sádico". En cambio, según los psiquiatras de la defensa, los veteranos profesores García Andrade y Barcia Salorio, es "un individuo absolutamente normal" y su conducta, "psicológicamente incomprensible", pudo deberse a una "epilepsia temporal o témporo límbica". El acusado fue sometido a multitud de pruebas e internado durante varias semanas en un psiquiátrico que ya forma parte de sus peores pesadillas. "Por la noche", le ha contado al pastor Julio, "los locos me gritaban: ¡los asesinos van al infiernooooo!". También hubo de soportar el acoso de un psicólogo desquiciado que le hacía llegar papelitos ofreciéndole la curación y calificándolo de "mi pajarito enjaulado". Pese a todo, José ya tiene el alta psiquiátrica.

Verónica fue despedida al cabo de los 15 días de prueba. El dueño del bar Trébede asegura que fue por motivos estrictamente profesionales, aunque admite que ya se había enterado de que la muchacha era "la novia del asesino de la catana". La vida empezó a torcerse de nuevo. José se rompió una pierna y el viernes llegó la noticia de que ha sido condenado a siete meses de prisión por escaparse durante unas horas del centro de menores para ver a su novia. Para colmo, cuando el pastor Julio intenta buscarle trabajo en alguna constructora -poniendo por delante el currículo de su protegido- la respuesta siempre es un no asustado.

"No sé si está enfermo o no", dice el catedrático de Psiquiatría José Guimón, "pero el paciente mental que ha sido diagnosticado y tratado no es más peligroso que la población normal. La sociedad nos solicita el máximo de libertad para los enfermos mentales, pero a su vez nos pide que le garanticemos que no van a hacer nada. Nos ponen frente a una situación imposible". El profesor Barcia añade pesimista: "Sólo saldrá adelante si la sociedad le ayuda como no va a ayudarle...".

Toñi, la dueña de Casa Macorra, dice que los vio el otro día. "Él caminaba trabajosamente ayudado de una muleta y ella iba acariciándole la espalda. Tenía pinta de raquerilla". El diccionario define así a quien anda al raque, que es la acción de recoger los objetos perdidos en las costas por algún naufragio o echazón. Toñi dio en el clavo. Verónica, hija de una familia sin alegrías, conoció a José hará tres años en un centro donde van a parar los jóvenes delincuentes. Desde entonces no se ha separado de él.

Ella está convencida de que José, pese a su pasado, es algo muy valioso perdido en algún naufragio.

José, en abril de 2001, cuando era juzgado por el asesinato de su familia. / EFE

Julio García Celorio, que trabaja en la reinserción de José. / PABLO HOJAS

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