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jueves, 2 de febrero de 2006
Tribuna:

De Irak a Irán

"Nuestras operaciones militares tienen como objetivo la derrota del enemigo..., nuestros ejércitos no se dirigen a vuestras tierras como conquistadores o enemigos, sino como libertadores... Vuestros padres y vosotros mismos habéis padecido la esclavitud. Vuestros hijos han tenido que ir a la guerra contra vuestra voluntad; vuestra riqueza os la han robado unos hombres injustos... voluntad no es imponeros instituciones alienas..., invitaros a participar en la gestión de vuestros asuntos civiles". "El dictador que acumula el armamento más poderoso del mundo lo ha empleado ya contra aldeas enteras, matando, cegando o desfigurando a sus propios conciudadanos. Y ya sabemos cómo han sido torturados los ciudadanos iraquíes... Pero esta noche tenemos un mensaje para el valiente y oprimido pueblo de Irak: vuestro enemigo no acecha vuestro país, vuestro enemigo gobierna vuestro país. Cuando él y su régimen sean derrocados, habrá llegado el día de vuestra liberación... Lucharemos con todas nuestras fuerzas y... triunfaremos. Y aportaremos alimentos, medicinas, suministros y libertad al pueblo iraquí". A estas dos citas las separan 86 años. La primera corresponde a la "Proclamación" que el teniente general Stanley Maude, jefe de las tropas británicas que invadieron Irak, hizo al pueblo de Bagdad en 1917. La segunda al discurso del estado de la Unión de George Bush del 28 de enero de 2003, dos meses antes de la invasión de Irak.

En 1901, el sha había concedido al Reino Unido los derechos de explotación de casi todo el subsuelo iraní y, poco después, se fundaba la compañía Anglo-persa, que, en 1935, se convertía en British Petroleum (BP). En 1917, Londres creía que la ocupación de Irak aseguraría sus intereses petroleros en Persia y, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, necesitó 600.000 soldados para vencer a los turcos y ocupar Irak no sin terribles pérdidas y una fuerte resistencia. En 2003, George Bush quiso hacer creer al mundo que el derrocamiento del sanguinario régimen de Sadam Husein y la ocupación de Irak provocarían un vuelco geopolítico en Oriente Medio, que garantizaría el control de los recursos energéticos, la seguridad de Israel y la paz en la región y supondría un avance en la lucha contra el terrorismo internacional. Casi un siglo después, los escenarios de la guerra y la resistencia se repitieron: Kufa, Falluja, Najaf, Basora, Bagdad, etc. Y los nombres casi también: el gran ayatolá Ali Sistani en el papel del líder chií moderado Sabed Khadum Yazdi en 1920; en 2004, Muqtada al-Sadr era casi una réplica de Badr al-Rumaydh, que se opuso a la ocupación y se convirtió en el principal objetivo de las tropas británicas. Los resultados iniciales también se asemejan y hoy, tras tres años de guerra, la elaboración de una Constitución y un ciclo electoral completo, las tropas ocupantes no han logrado doblegar la insurgencia a pesar de los más de 170.000 soldados que Washington mantiene en la región, de tal manera que las palabras escritas en el Sunday Times por T. E. Lawrence en agosto de 1920, y reproducidas por Robert Fisk (La gran Guerra por la Civilización, 2006), parecen todavía vigentes: "Los ingleses han sido conducidos en Mesopotamia hacia una trampa de la que será difícil escapar con dignidad y con honor. Los han engañado con una ocultación continua de información... Las cosas van mucho peor de lo que nos han explicado... No estamos muy lejos del desastre".

La ocupación colonial del periodo de entreguerras dio pie a la aparición de un conjunto de Estados independientes que, a menudo, eran fruto de una división política artificial, y a la creación del Estado de Israel en 1948 sobre el 78% de la superficie del mandato británico, que comportó el exilio de 800.000 palestinos, la anexión de Cisjordania por Jordania y la administración de Gaza por Egipto. Durante la guerra fría, la inestabilidad política, la guerra, la aparición de regímenes totalitarios y la ingerencia de las dos grandes potencias caracterizaron la evolución política de una región rica en hidrocarburos y de evidente interés geoestratégico. La revolución de Irán de 1979 introdujo un factor de ruptura en los esquemas de Guerra Fría, en la medida que se convirtió en una amenaza para los intereses de Estados Unidos y sus aliados (los países occidentales y los regímenes conservadores de la península Arábiga), pero también para Moscú que temía la contaminación de las repúblicas soviéticas del Asia Central. Sadam Husein, a quien se consentía la utilización de armas de destrucción masiva contra los iraníes y contra los kurdos, era entonces un aliado fiel -como demostró la visita de Donald Rumsfeld a Bagdad en 1983- que frenaría la posible expansión iraní. Lo que no comprendió el dictador iraquí es que el objetivo no era tanto la victoria de Irak como que los dos países militarmente más poderosos del Golfo Pérsico se desgastaran mutuamente en una guerra de larga duración. Así, Ronald Reagan no tuvo reparos en vender armas a Irak al mismo tiempo que el teniente coronel Oliver Norton y el exiliado iraquí Ahmed Chalabi -actual ministro del Petróleo en Irak- vendían, con la complicidad israelí, armas a Teherán y de paso financiaban a la contra nicaragüense. Paralelamente, en Afganistán, se apoyaba a Osama Bin Laden y sus jihadistas, con la disparatada idea de contar con un radicalismo suní conservador para oponerlo al radicalismo chií que había hecho acto de presencia en los atentados de Beirut de 1983.

El fin de la guerra fría generó un vacío de poder en las zonas de influencia del antiguo imperio soviético y dejó a Estados Unidos como única gran superpotencia. La llegada de George Bush jr. a la Casa Blanca y los atentados del 11-S abrieron la puerta a un nuevo intento de remodelación de Oriente Medio que nada tiene que ver con la lucha contra el terrorismo internacional y sí, y mucho, con los nuevos intereses geoestratégicos y energéticos del gabinete neoconservador.

Y volvemos a estar muy próximos al desastre, porque, dejando a un lado la siempre crítica situación del conflicto palestino-israelí, la ocupación de Irak ha ocasionado ya decenas de miles de víctimas civiles, ha destruido los fundamentos del Estado (sanidad, educación, infraestructuras básicas, patrimonio cultural, etc.), ha proporcionado un formidable campo de batalla a Al Qaeda y ha sumido el país en una violencia incontrolable. El sueño neoconservador se ha convertido en una pesadilla que tiende a proyectarse en los países vecinos, especialmente a Siria e Irán. Este último país ya figuraba en 2002 en el Eje del Mal del presidente Bush, lo que constituyó un torpedo en la línea de flotación del movimiento reformista iraní y dio alas a los sectores más ultraconservadores. En el discurso del estado de la Unión de 2005, Bush puso definitivamente a Siria e Irak en el punto de mira cuando afirmó que "para promover la paz en un gran Oriente Medio, debemos enfrentarnos a regímenes que continúan protegiendo a terroristas y siguen intentando conseguir armas de asesinato masivo. Siria aún permite que utilicen su territorio y algunas partes del Líbano terroristas que intentan destruir cualquier posibilidad de paz en la zona... Esperamos que el Gobierno sirio ponga fin a todo apoyo al terror y abra la puerta a la libertad

[ninguna referencia, sin embargo, a la ocupación de los altos del Golán, Gaza y Cisjordania]. Hoy Irán sigue siendo el principal Estado del mundo en patrocinar el terror; intenta hacerse con armas nucleares al tiempo que niega a su pueblo la libertad que busca y merece. Estamos trabajando con nuestros aliados europeos para que el régimen iraní entienda que debe abandonar su programa de enriquecimiento de uranio y todo reprocesamiento de plutonio, así como poner fin a su apoyo del terrorismo. Y esta noche me dirijo al pueblo iraní: si defendéis vuestra libertad, Estados Unidos está con vosotros". En el discurso del estado de la Unión de hace dos días volvió a situar a Irán como objetivo. Malos augurios que pueden convertirse en realidad si no se impone la sensatez política en la crisis abierta por la reanudación del programa nuclear iraní, que se va a remitir al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y se opta de nuevo por la fuerza. Desgraciadamente, las lecciones del pasado no parecen contar para hacer frente a los problemas del presente.

Antoni Segura es catedrático de Historia Contemporánea y director del Centre d'Estudis Històrics Internacionals (CEHI) de la Universidad de Barcelona.

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