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domingo, 15 de enero de 2006

Este oficio no es para cobardes

La gente tiene una idea muy equivocada de los poetas. Un poeta no es una damisela asustadiza que se pasa la vida oliendo flores y soltando remilgos de monja o flatulencias sentimentales. Un poeta es un peligro público. Me refiero a los poetas de verdad, claro está, no a los meros versificadores o a los trileros que expenden logomaquias. ¿Que cómo se reconoce a un poeta de verdad? Nada más fácil: un poeta de verdad es aquel que se juega el pellejo en cada uno de los poemas que escribe, lo cual significa que no hay nadie tan valiente (o tan temerario) como un poeta de verdad, quizá porque tampoco hay nadie tan vulnerable. No digo que un poeta de verdad no pueda ser un caballero cortés, de ideas políticas aburridamente razonables, un padre de familia amantísimo y un ciudadano probo. Por supuesto que puede serlo; de hecho, suele serlo. Pero detrás de esa apariencia civilizada se agazapa siempre el corazón en pie de guerra de un cazador de cabelleras o de un comanche sediento de sangre. La prueba es que no hay guerra más cruel que la guerra entre poetas, una guerra en que nunca se hacen prisioneros, y cuya única norma conocida es que no admite normas. El oficio de poeta consiste en cazar la verdad, así que para ser un poeta de verdad no hay más remedio que lanzarse alegremente a esa misión suicida. Por eso el poeta siempre está en guerra. El poeta de mentira está siempre en paz consigo mismo y en guerra con los demás. El poeta de verdad está siempre en paz con los demás y en guerra consigo mismo, o en guerra consigo mismo y también con los demás. No es infrecuente que le ocurra como al gran poeta medieval catalán Jordi de Sant Jordi, que escribió: "Y no tengo paz y no sé con quién hacer la guerra".

Hay gente que contempla con pesimismo el futuro de la poesía. Yo no. Quiero decir que no contemplo con más pesimismo el futuro de la poesía que el de los espaguetis alla arrabiatta o el de la humanidad. Mi optimismo no se funda en ningún hecho objetivo, ni siquiera en la evidencia de que se lee mucha más poesía de lo que se cree, o de que, cada vez que asisto a una lectura de poemas, el local donde se celebra está abarrotado; se basa en un hecho más humilde pero para mí mucho más decisivo, y es que, si hago las cuentas sin salirme de España y de la gente que ronda los 40 años, me salen al menos cuatro o cinco poetas cuyos libros leo en cuanto se publican, y que no suelen defraudarme. Se dirá que no son muchos, pero hagan sus cuentas y díganme cuántos cineastas, cuántos novelistas o pintores o músicos o dramaturgos les salen a ustedes y verán que mis poetas son suficientes, más que suficientes, casi demasiados. Por lo demás, tampoco sé si son buenos o malos, y la verdad es que me importa un rábano; lo que sé es que son necesarios, que es lo que tienen que ser los poetas.

Uno de ellos es Vicente Gallego. Hace años adquirió una estúpida notoriedad cuando, después de ganar un concurso, la prensa se enteró de que trabajaba de encargado en un vertedero de basuras y se apresuró a entrevistarlo. Como no es un puro -los poetas de verdad nunca lo son-, Gallego concedió las entrevistas, se dejó fotografiar en su lugar de trabajo y luego mandó a todo el mundo al diablo y se volvió a su casa a seguir escribiendo. Una leyenda probablemente apócrifa lo declara rey de la Ruta del Bacalao en los años noventa, gorila temido en una discoteca valenciana, bebedor pendenciero e intolerante amigo de sus amigos. No ha publicado mucho, apenas cuatro libros de poemas, pero ninguno de ellos es inofensivo; el último, creo, es el mejor. Se titula Cantar de ciego y contiene un puñado de poemas feroces, exactos, emocionantes y hambrientos de significado, en los que una forma absolutamente clásica sirve para expresar una sensibilidad absolutamente moderna: celebraciones exaltadas de la plenitud de lo real, del gozo y el pánico y la desolación y la perplejidad de estar vivo, conmovedoras declaraciones de amor apasionadamente pornográficas (en una canta a una mujer mientras le afeita el pubis; en otra, a las mujeres irreales, radiantes o atroces que ofrecen su carne en Internet), desplantes que hubiese aprobado lord Byron o, en su defecto, José de Espronceda : "Y si alguien, un día / os dijera que he muerto, / decidle que a la muerte / le di tan sólo aquello que era suyo, / pan y agua, / que el amor aún lo traigo de mi parte, / que del morir mi amor salvó su vuelo". Copio para acabar un poema memorable: "Con los mejores quise, / busqué un orden, / anduve hasta cansarme. / Virtud / no la aprendí, / pero no hay mala idea de una noche / que no tuviera por mía. / Hallaron las pasiones / conmigo buen casero, que en mi hogar / todo vino se prueba / y más de un trago / le di a la jarra aquella donde oculto / la rabia y los venenos. / De amar lo que no dura, yo me acuso, / y de nunca aprender. / Aquí, lo que se da / se quita, y aun parece / que se diera tan sólo por quitar. / Mirad, esto es un hombre: / estos cuatro aguinaldos / tan a cara de perro defendidos, / dos medidas de susto / y dos de espanto". Después de leer en clase un poema que le gustaba mucho, mi maestro Alberto Blecua se callaba un instante, suspiraba y decía antes de echarse a reír: "Si yo hubiera escrito eso, no estaría aquí". No soy Alberto Blecua, pero si yo hubiera escrito eso no estaría aquí.

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