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Crítica:

Puertas literarias

Las búsquedas de nuevas manifestaciones literarias se aprecia en la joven generación de narradores norteamericanos. Y David Foster Wallace es uno de ellos. Los cuentos reunidos en Extinción pretenden dar una mirada incisiva sobre el presente.

La novela del siglo XXI está por definirse. En Estados Unidos, quienes marcaron desde mediados del XX un modo de hacer distinto al del realismo de la narrativa judía o de raíz judía (Bellow, Malamud, Mailer, Roth...) fueron los llamados posmodernos, grupo literariamente muy poderoso y variado (Pynchon, Hawkes, Gaddis, Gass, Barth...) y hay que decir que la generación más joven, a la que pertenece Foster Wallace, les debe mucho. Tras ellos existe un núcleo de autores firmemente consolidado, el más renombrado de los cuales es en la actualidad Don DeLillo, pero donde se encuentran escritores del calibre de Vonnegut o Coover. De entre los jóvenes, Jonathan Franzen ha escrito una novela excelente (Las correcciones); sin embargo, la mayoría de ellos parece sumida en un estado de confusión y tentativa del cual Foster Wallace es un claro ejemplo.

EXTINCIÓN

David Foster Wallace

Traducción de Javier Calvo

Mondadori. Barcelona, 2005

414 páginas. 19 euros

Parece evidente que las

transformaciones de todo orden que lleva consigo la era de la informática y la cultura de masas están afectando seriamente a las artes, incluyendo a la narrativa. Puede decirse que, desde la aparición de las vanguardias, no se ha abierto un espacio tan amplio a la manifestación artística como el que se dispone a ocupar el arte del siglo XXI. Lo que sucede en estos casos es que resulta particularmente difícil separar mena y ganga y no sólo para el lector sino para los propios artistas. La búsqueda de nuevas expresiones se convierte en un pandemónium de esfuerzos encontrados en pos de una redefinición del arte.

Extinción es el último libro de Foster Wallace, un libro de relatos de variada extensión aunque más bien largos, dedicados todos ellos al mundo de la más triste mediocridad vital. Wallace es un representante genuino de una generación de aire yuppy que ha tomado posiciones en la novela norteamericana y de la que aún no se sabe si es un bluff o una tendencia sólida. Easton Ellis, Chabon, Copeland... son algunos de sus nombres emblemáticos. En este libro que nos ocupa, Wallace exhibe un modo de escritura característico: está formado por largos párrafos cargados de descripciones que se desvían y vuelven a reunirse, de oraciones subordinadas y de enumeraciones constantes. El asunto de las enumeraciones es llamativo: otorga un protagonismo extraordinario a los objetos, las marcas, las siglas, los nombres... y los enumera a cada oportunidad, machaconamente, como si deseara hacer angustiosamente presente un mundo que se rige por órdenes ejecutivas y comportamientos consumistas de manera casi exclusiva.

Además, Wallace cuenta como si de pronto y sin previo aviso hiciera con una hoja de afeitar una incisión en la piel de la realidad practicando una abertura y hurgase insistentemente en ella, removiendo adelante y atrás para agrandar y darle holgura a esa rajadura y describir lo que atisba por ella. El resultado es una parcela de realidad de escasa holgura, atractiva sin duda, pero poco exigente en cuanto al campo de intereses que debería abarcar. Lo que además comprendemos pronto es que su trabajo es sobre todo descriptivo y en toda descripción lo que debe trabajar es la mirada capaz de perforar lo que está a la vista o, de lo contrario, nos encontraremos con meras visiones de superficie. Desgraciadamente, Wallace se queda en la apariencia. Es como si el autor fuera incapaz de relatar otra cosa que lo que ve y lo que ve es sólo la superficie de lo que hay. La mirada es inteligente, irónica a veces, pero no es dramática, no accede al interior de lo que contempla. La descripción se convierte en enumeraciones que acaban empastando el texto porque la reiteración en lo aparentemente insignificante como modo de expresión sólo está al alcance de muy pocos, gente tan dotada como, por ejemplo, un Thomas Bernhard.

Esa mirada, sin embargo,

no carece de talento. Cuando compara la expresión de un perro dominante que está copulando montado en otro la define como "la misma expresión que hay en la cara de un ser humano cuando está haciendo algo que se siente compulsivamente impulsado a hacer y sin embargo no entiende por qué quiere hacerlo". Lo que parece evidente es que Wallace está buscando una salida literaria en un mundo, el norteamericano, en el que la narrativa es, probablemente, la más vigorosa y variada de entre las de nuestro tiempo y, por lo tanto, se ve obligado a moverse en un terreno muy abrupto. El riesgo de Wallace es que está entrando en un periodo, el nuestro, en el que todo se encuentra patas arriba porque la relación autor-lector está tomando otros derroteros y otras variantes en relación con el fenómeno de la masificación del arte. Ahí es donde busca su sitio con intrepidez aunque sus relatos sólo manifiesten un pragmatismo vital en el que las cosas son como son y no hay más que hacer que describirlas tal cuales barnizándolas a lo sumo con una intención satírica o sarcástica. Es, por decirlo de manera exagerada, una apoteosis de la intrascendencia. La pregunta que sigue es obvia: ¿cuál es el interés de lo intrascendente? La intencionalidad que tienen las novelas de DeLillo o de Cormac McCarthy es lo que no aparece en la escritura de Wallace. No me refiero a intención expresa sino a intención implícita, a la conciencia de una narración. La escritura de Wallace tiene vida, pero no parece tener alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de diciembre de 2005

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