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Reportaje:LETRAS DE NAVIDAD

El aniversario de la tierra

Navidad es sólo uno más de los muchos nombres que las diferentes culturas han dado a la celebración de los ciclos del tiempo. Desde Charles Dickens hasta Paul Auster pasando por Truman Capote o Vladímir Nabokov, la literatura moderna está llena de variaciones sobre una fecha que sirve de pretexto para reflexionar sobre la esperanza, la redención y la culpa

Somos criaturas cíclicas. Avanzamos hacia los seis pies de tierra prometida no por la vía recta que recomiendan los ascetas, sino por sendas circulares que nos brindan, año tras año, la ilusión de comenzar y la de llegar a término. Los pitagóricos, inspirándose en el repetido sol de cada mañana, y en el invierno que cada doce meses promete otra nueva primavera, creían que toda historia sería duplicada y cada vida volvería a ser vivida. Como un niño que pide una y otra vez el mismo cuento, al universo le encantan las repeticiones.

Nuestros primeros festejos marcan tales retornos. En los desiertos en los que nació, hace milenios, la escritura o, aún antes, en las vastas estepas en las que por primera vez decidimos vivir en sociedad, nuestros abuelos celebraban el aniversario de la tierra, fecha en la que podían volver a plantarse los cultivos. Para marcar la media estación invernal, los romanos preparaban inmensos banquetes para la fiesta de Saturnalia, el 17 de diciembre, mientras que el 12 de diciembre los persas honraban a la diosa Mitra emborrachándose en su honor el día de su cumpleaños. Bajo la nieve, los celtas decoraban sus árboles con guirnaldas para que robles y pinos iniciasen dignamente el año entrante, y las tribus germánicas alzaban grandes hogueras en la noche más larga del año, para hacer que el sol se atreviese a salir de su escondite. Cuando la llegada del Mesías fue anunciada al pueblo judío, el espíritu navideño estaba ya bien arraigado y los tres reyes que viajaron a Belén desde el Lejano Oriente, conocían sin duda la antigua costumbre persa de ofrecer regalos durante el solsticio invernal. Bajo diversos nombres, la Navidad fue celebrada largo tiempo antes del nacimiento de Cristo, y contada de formas muy distintas de las ofrecidas por Mateo y por Lucas.

La versión cristiana de la Navi

dad se impuso rápidamente. Hacia fines del siglo II era ya tan bien conocida que el filósofo platónico Celso pudo burlarse de ella en su Discurso verdadero contra los cristianos, libro que, por una ironía de la suerte, nos ha llegado a través de los fragmentos citados como prueba de infamia por aquellos que lo condenaron a las llamas. Copio la versión de Serafín Bodelón: "Comenzaste por fabricar una filiación fabulosa", le dice a Cristo, "pretendiendo que debías tu nacimiento a una virgen. En realidad, eres originario de un lugarejo de Judea, hijo de una pobre campesina que vivía de su trabajo. Ésta, culpada de adulterio con un soldado llamado Pantero, fue rechazada por su marido, carpintero de profesión. Expulsada así y errando de acá para allá ignominiosamente, ella dio a luz en secreto. Más tarde, impelida por la miseria a emigrar, fuese a Egipto, allí alquiló sus brazos por un salario; mientras tanto tú aprendiste algunos de esos poderes mágicos de los que se ufanan los egipcios; volviste después a tu país, e, inflado por los efectos que sabías provocar, te proclamaste dios".

La de Celso es quizás la primera variación sobre la historia de la Navidad cristiana. Le siguen sermones, villancicos, autos sacramentales, fábulas, cuentos, novelas y películas. La literatura de los últimos cien años es especialmente rica en tales versiones: La iglesia que estaba en Antioquía, de Rudyard Kipling; La última tentación de Cristo, de Niko Katzantzakis; El viaje de los reyes magos, de T. S. Eliot; Cuarentena, de Jim Crace; El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago; Una visita a Morin, de Graham Greene; Augie Wren, de Paul Auster; Una Navidad, de Truman Capote; Riesgo para Papá Noel, de Siegfried Lenz; Nochebuena, de Vladímir Nabokov; La navidad de niño en el País de Gales, de Dylan Thomas, y docenas de otras obras (incluyendo El evangelio según Marcos, de Borges, que narra no el principio sino el fin de la historia), proclaman su universalidad, traduciéndola a un vocabulario contemporáneo que a veces la despoja de su médula religiosa, y a veces la ilumina a través de una íntima expresión de fe. Creyentes, agnósticas o ateas, casi todas estas versiones hacen explícita una doble convicción: que la esperanza sucede al desaliento y que la redención sigue a la culpa.

Charles Dickens, mejor que ningún otro, entendió el significado del espíritu navideño. Sus Cuentos de Navidad crearon una mitología para las fiestas que, sin negar la voluntad mesiánica, presta a la Navidad una suerte de felicidad cosmológica que es casi pagana. Más que una celebración conscientemente religiosa, fundada en consideraciones astrológicas y argumentos teológicos, con Dickens la Navidad se convierte en una fiesta en la que (como el avaro redimido Scrooge) debemos hacernos eco de la generosidad de la tierra cansada, y expiar alegremente nuestro egoísmo y nuestra codicia, agradeciendo los regalos recibidos y ofreciendo otros a su vez como un gesto de amistad hacia la familia humana. A partir de la obra de Dickens, todo cuento de Navidad presupone, de parte del lector, el reconocimiento de un encuadre prestigioso, de un momento cargado de significados antiquísimos, de fe en la remota promesa de metamorfosis y redención. Y todo esto a pesar de la cursilería del ceremonial navideño y de la sobrecogedora presencia de mercaderes en el templo.

En las numerosas representa

ciones de la Anunciación, cuando el Ángel viene a decirle a María que dará a luz al hijo de Dios, aparece en una de las paredes de su habitación un pequeño crucifijo o una imagen de la Pasión. No se trata de un incauto anacronismo de parte del pintor, ni de la mera reproducción de un interior contemporáneo. Como el ciclo de las estaciones, su presencia nos confirma la cualidad circular del tiempo, la promesa de que un nacimiento seguirá a una muerte que a su vez seguirá a un nacimiento. Ya que todo debe acabar antes de poder comenzar de nuevo, el hecho de que nuestros esfuerzos, alegrías y sufrimientos no tendrán un solo e inmutable fin, debiera regocijarnos en lugar de llenarnos de angustia, puesto que por lo visto no se nos exige una prolija perfección sino, al contrario, una porfiada alegría de volver a empezar cada mañana.

La literatura navideña es prometedora. Algo esperamos en esta estación, algo deseado o temido o añorado, algo cuyas características permanecen veladas porque el cambio que se anuncia, a pesar de su certeza, nada nos revela de su verdadera naturaleza. Todo lo que sabemos es que a la oscuridad sucederá la luz, que los días por venir serán más largos y más luminosos, que los lugares comunes que marcan las transformaciones de nuestro humor y del tiempo harán su aparición habitual, y que otra vez más comenzaremos sin saber con qué fortuna. Robert Louis Stevenson, escribiendo un sermón navideño para su familia en 1888, opinó: "Existe un elemento del destino humano que ninguna ceguera puede ignorar: sea cual fuera el propósito al cual estamos destinados, no será nunca el del éxito; el fracaso es nuestra suerte. Así es en todo arte y todo estudio, y es por sobre todo así en sosegado arte del buen vivir. He aquí una placentera noción para el fin de año".

Una muy placentera noción.

Todos sabemos que los mejores cuentos no tienen fin, sino que continúan más allá de la página, en cada uno de nosotros. Sin duda tal falta de conclusión es una especie de derrota, pero que, humilde y confiadamente, permite a un escritor prolongar su mundo en el mundo de cada uno de sus lectores, lectores cuyo espléndido fracaso consistirá en no alcanzar nunca los límites de la historia que están leyendo. Cada Navidad nos anuncia el fin de una historia. Cada Navidad nos enseña que, volviendo a la primera página, podemos empezarla de nuevo.Cuento de Navidad. Charles Dickens (Alba, Alianza, Lumen).

Una Navidad. Truman Capote (Tusquets).

Cuentos completos. Vladímir Nabokov (Alfaguara).

Hacia el comienzo. Relatos completos. Dylan Thomas (Mondadori).

Smoke & Flue in the face. Paul Auster (Anagrama).

El informe de Brodie. Jorge Luis Borges (Alianza).

El Evangelio según Jesucristo. José Saramago

(Alfaguara).

Cuentos de fin de año. Ramón Gómez de la Serna (Clan).

Cuentos de Navidad. Azorín (Clan).

LECTURAS

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de diciembre de 2005