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domingo, 4 de diciembre de 2005
Tribuna:

Alemania, contra corriente

El debate público sobre el estancamiento de la economía alemana se ha centrado en el lado de la oferta. La rigidez que afecta a sus mercados de factores y productos y la incidencia que ha tenido sobre su crecimiento potencial ha sido destacada por analistas y organismos internacionales. Sin embargo, no se ha puesto tanto énfasis en realizar un diagnóstico macroeconómico completo de la situación de esta economía.

Un punto de partida es el análisis de la balanza por cuenta corriente, cuyo saldo responde a las decisiones intertemporales sobre el binomio consumo-ahorro e inversión de los agentes económicos. En Alemania, a diferencia de lo ocurrido en el resto de las principales economías europeas y, de forma muy acusada, en Estados Unidos, se ha producido una mejora muy significativa de este saldo durante los últimos años, que en términos del PIB es aproximadamente la diferencia entre las tasas de ahorro e inversión de la economía. Si se consideran los sectores privado y público, este saldo es la suma del superávit público y del gap entre las tasas de ahorro e inversión del sector privado. La economía alemana presenta un superávit del 4% del PIB en la balanza por cuenta corriente, a pesar de contar con un déficit público de igual magnitud. Por consiguiente, el exceso de ahorro sobre inversión del sector privado financia casi a partes iguales, el 4% del PIB alemán en cada caso, al sector público y al resto del mundo.

Esta evolución de la cuenta corriente en Alemania es coherente con su situación cíclica durante los últimos años. Tras el déficit del 1,6% del PIB en 2000, cuando el PIB se incrementó un 3,2%, el saldo por cuenta corriente aumentó continuadamente en la fase recesiva que comenzó inmediatamente después, mostrando un carácter fuertemente contracíclico. Ello ha sido consecuencia de la desaceleración del consumo y del consiguiente incremento de la tasa de ahorro del sector privado, que ha más que compensado la caída de la tasa de ahorro público, así como de la caída de la tasa de inversión. La verificación de la hipótesis de equivalencia ricardiana en este periodo pone de manifiesto los límites de la política fiscal para estimular la actividad.

La caída tendencial de la tasa de inversión confirma los señalados problemas de la oferta, pero la reducción del gasto privado señala que también existe una fuerte restricción de demanda. La demanda interna apenas aportó una décima al crecimiento en 2004, y contribuirá con tres décimas en 2005, frente a las siete de Italia, los 2,4 puntos de Francia, o los más de cinco de España. Dado este diagnóstico para la principal economía de la UEM, no es de extrañar el debate que ha suscitado la anunciada subida de tipos de interés por parte del BCE. Sobre todo si se consideran las reducidas expectativas de inflación en Alemania, lo que implica que esta economía soporte los tipos de interés reales más elevados de Europa. Ésta es la otra cara del controvertido efecto monetary free rider, que implica que países con mayor inflación, consecuencia en parte de un exceso de demanda, lo retroalimenten con unos tipos de interés reales que se reducen a medida que las expectativas de inflación siguen aumentando.

Pero las decisiones del BCE no se adoptan en función de la situación particular de un país, sino del promedio del área. Se podría discutir si el BCE tendría que tener en cuenta no sólo el promedio, sino también la dispersión entre las variables macroeconómicas clave de las economías. Pero más allá de este debate, sí parece conveniente dotarse de margen de maniobra para poder llevar a cabo políticas estabilizadoras ante la existencia de shocks asimétricos en la UEM.

En relación con la necesaria coordinación de la política fiscal, se ha desaprovechado la oportunidad que ofrecía la reforma del PEC para incorporar una perspectiva más global. La reforma ha introducido un mayor margen para gestionar las divergencias cíclicas, pero ha ignorado la posibilidad de, atendiendo al objetivo más amplio de estabilidad macroeconómica, tener en cuenta no sólo la consolidación del sector público sino también la del sector privado. En este sentido, la coalición liderada por Merkel anuncia la subida de impuestos para contrarrestar la negativa evolución de las cuentas públicas, medida que también ha sido ampliamente criticada por su carácter contractivo para una economía con restricción de demanda. Sin embargo, es probable que esta política termine por reducir el ahorro privado, aunque habría sido mejor elevar el ahorro público por la vía de reducir el gasto corriente. En conclusión, el manejo de las políticas de demanda no parece ser actualmente un buen punto de apoyo para esta economía.

David Taguas es subdirector del Servicio de Estudios de BBVA.

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