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domingo, 27 de noviembre de 2005
Reportaje:

Qué pasa cuando duermo

No desconectamos ni en la cama. ¿Qué pasa cuando dormimos? Gran misterio. Intrigados, cada vez más investigadores analizan la actividad cerebral en esas horas. Hay resultados sorprendentes: ordenamos los recuerdos, nos entrenamos socialmente, restauramos los tejidos.

Se acerca el final de año, una época de balances, y muchas personas concluirán que han cumplido unos cuantos proyectos, que han leído 20 libros, que han visto 50 películas y tal vez que han encontrado uno o varios amores; pero es probable que en el resumen anual olviden una parte fundamental de su existencia. En el año 2005, la media de los mortales habrá pasado unas 2.920 horas durmiendo. Cuatro meses en brazos de Morfeo y unos 1.640 sueños en total, de los que a lo sumo recordará una pequeña parte. En 80 años de vida se habrán consagrado casi 27 al descanso.

Ni que decir tiene que dormir es vital. Sin sueño se puede llegar incluso a la muerte, no sin antes pasar por estados alucinatorios y por graves alteraciones físicas. Aunque parezca increíble, la ciencia todavía no ha podido ni siquiera determinar exactamente por qué dormimos, y menos aún qué extraño prodigio hace que perdamos la conciencia durante el sueño o que vivamos como reales las ensoñaciones nocturnas. "Ni siquiera sabemos cómo afirmar científicamente que la conciencia durante la vigilia sirve para algo. Yo creo que sí, pero podría ser simplemente que necesito creerlo porque ¡soy un humano consciente!". Así de claro lo explica Robert Stickgold, un conocido experto en la neurología del sueño de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard (EE UU).

El sueño es una necesidad que se ha conservado y que compartimos con otras especies de vertebrados. Eso sí, no todas tienen las mismas costumbres. En lo que se refiere a cantidad, algunos animales desconectan unas 20 horas al día, como el murciélago pardo; otros, por el contrario, sólo dos, como la jirafa. Algunos peces y anfibios reducen considerablemente su estado de conciencia, pero no llegan a perderla completamente. Los insectos parecen no dormir, pero suspenden su actividad en algún momento del día o de la noche. Hay situaciones particularmente complejas para el descanso; la vida en el mar, por ejemplo. Los mamíferos marinos -delfines y ballenas- no pueden abandonarse completamente, puesto que su respiración es voluntaria, así que están obligados a mantener despierto al menos un hemisferio cerebral. Pero soñar es patrimonio exclusivo de los mamíferos y de algunas aves.

La evolución se encarga de ir limpiando todo aquello que no es útil para continuar con vida o para mejorarla, de modo que si la sana costumbre de dormir se ha mantenido durante la larga ruta evolutiva es que debe de haber una buena razón. La respuesta puede parecer obvia: descansar para después estar alerta.

Una de las razones fundamentales del misterio que encierra el sueño radica en el comportamiento del cerebro. Al principio se pensaba que la corteza, la capa que forma la envoltura y a la que se le atribuyen las funciones más complejas, se apagaba completamente al dormir. Pero la idea de que el sueño podía servir para descansar el cerebro ya quedó descartada en los años cincuenta, cuando se descubrió que éste no sólo no se duerme, sino que en algunos momentos su actividad es comparable a la de la vigilia.

Una vez en los dominios de Morfeo, las redes neuronales atraviesan cinco etapas diferentes, que se repiten entre tres y cinco veces a lo largo de la noche. Las cuatro primeras coinciden con la idea intuitiva que se puede tener del descanso: la frecuencia cardiaca desciende, al igual que el ritmo respiratorio, y las ondas cerebrales se hacen más lentas. También se ha descubierto que en este periodo se encuentra activo un tipo de neuronas que actúa a modo de nana biológica, llevándonos dulcemente al sueño. Se desconoce su funcionamiento exacto, pero se sabe que un aumento de la temperatura las pone en marcha, lo que explicaría el efecto somnífero de un baño caliente.

En contraste con la tranquilidad de las primeras etapas, la quinta es mucho más desconcertante, tanto que se le ha dado el sobrenombre de sueño paradójico. Se trata de la fase REM, que se caracteriza por movimientos oculares rápidos (rapid eye movement) y por un aumento de los ritmos cardiaco y respiratorio. La fase REM es la fase de las ensoñaciones por excelencia. Si se despierta a la persona en este periodo, con toda probabilidad explicará que estaba viviendo las escenas como si fueran reales y podrá describirlas con todo lujo de detalles. De hecho, se da una curiosa circunstancia: un sistema se encarga de desconectar completamente los músculos, porque de lo contrario la persona escenificaría sus sueños con los movimientos del cuerpo. Si no existiera tal mecanismo, algunas noches podrían ser físicamente más duras que correr un maratón.

A la vista de las paradojas que encierra el sueño, no es de extrañar que las mentes más brillantes de la neurología en particular y de la ciencia en general se hayan lanzado a la aventura de descubrir en qué lugar se encuentra la puerta de la conciencia. ¿Por qué se pierde el contacto con el entorno si el cerebro sigue estando activo? Francis Crick, que ha pasado a la historia como codescubridor de la estructura del ADN, consagró una buena parte de su vida investigadora a tratar de encontrar el alma, la conciencia y lo que nos hace humanos. En uno de sus últimos trabajos publicados afirmaba haber encontrado el secreto de la conciencia.

Según el científico, el estado mental consciente depende simplemente de la actividad de un reducido número de neuronas situadas en la parte posterior de la corteza cerebral. Ellas se encargan de elaborar las percepciones y enviar la información hacia la zona frontal, el área inteligente y analítica. Crick abordaba la cuestión de la conciencia desde su definición más amplia; es decir, no solamente como el estado fisiológico de vigilia, sino también en su vertiente más filosófica y trascendente. Su visión estrictamente materialista es duramente criticada por aquellos que consideran que no se puede reducir a una simple cuestión de reacciones químicas la capacidad que tiene el ser humano, y ningún otro animal, de ser consciente de que es consciente.

Al margen de las críticas teóricas, Giulio Tononi, catedrático de psiquiatría de la Universidad de Wisconsin (EE UU), ha presentado recientemente los datos que en su opinión aportan la primera prueba de cómo se altera el estado de conciencia durante el sueño. El científico italiano asegura que la conciencia depende de la capacidad del cerebro para mantener en comunicación sus diferentes áreas. Al dormir, "el cerebro se divide en pequeñas islas que no pueden hablar entre ellas", explica Tononi, y como consecuencia pierde la capacidad de percibir el entorno externo e interno. Demasiado sencillo para ser verdad, parecen afirmar los expertos en la neurología del sueño, y subrayan que al dormir no sólo se modifican las relaciones entre las neuronas, sino que también se producen importantes cambios bioquímicos, en las ondas cerebrales y en la entrada de estímulos sensoriales. "Es muy difícil buscar qué cambios causan la pérdida de conciencia porque no sabemos qué estamos buscando", afirma Stickgold.

Si la cuestión de la conciencia está lejos de aclararse, en lo que se refiere a la pregunta: ¿por qué dormimos?, el horizonte no está mucho más despejado. Lo único disponible por el momento es un conjunto de teorías. Una de ellas ha partido de una curiosa observación: los animales más grandes necesitan dormir menos. Por ejemplo, la zarigüeya duerme 18 horas, mientras que el elefante, sólo tres. Algunos investigadores han interpretado esta diferencia como un signo de que el sueño sirve para reparar los tejidos. ¿Por qué tal conclusión? Porque los pequeños cuerpos tienen un ritmo metabólico más acelerado, y, como consecuencia, sus células sufren más desperfectos. Efectivamente, los resultados de algunos estudios parecen indicar que durante las fases no REM los sistemas de reparación celular se encuentran a pleno rendimiento, incluso se supone que se favorece la formación de neuronas. El único inconveniente de esta hipótesis es que no logra justificar la frenética actividad cerebral de los periodos REM.

Otra teoría ampliamente estudiada y discutida es la que hace válida la popular técnica de consultar con la almohada; es decir, que el sueño tiene un importante papel en las funciones cognitivas más complejas, como la resolución de problemas, la memoria y el aprendizaje. Los estudios con voluntarios a los que se planteaban distintos tipos de problemas han mostrado que los que pasaban por los brazos de Morfeo encontraban más fácil y más rápidamente las soluciones. La clave parece estar en que durante la noche el cerebro hace una reorganización de los recuerdos y después los pasa a los almacenes de la memoria. En experimentos con voluntarios se ha observado que una sesión de sueño después de haber aprendido algo es una excelente y descansada manera de lograr que los conocimientos se consoliden.

Otra hipótesis fascinante es la que se podría denominar campo de entrenamiento REM. El tiempo dedicado por noche al sueño paradójico cambia a lo largo de la vida. Los bebés invierten alrededor del 50%, mientras que los ancianos, sólo un 15%. Además se ha podido constatar en un buen número de especies animales que cuanto más inmadura nace la cría, mayor es la cantidad de tiempo de sueño en fase REM. Y como muestra, el ornitorrinco. Los recién nacidos son ciegos y absolutamente dependientes de la madre durante semanas. Estos animales son también los que más tiempo permanecen en fase REM, ocho horas. En el otro extremo se encuentran los delfines, que inmediatamente después de abandonar el vientre materno tienen que ser capaces de nadar, de regular su temperatura y de evitar a los depredadores. En estos mamíferos, el sueño paradójico es prácticamente inexistente. Las jirafas y las ovejas nacen considerablemente maduras y pasan menos de una hora de su descanso en sueño paradójico. A la vista de los datos, algunos científicos sugieren que el sueño REM es como un campo de entrenamiento en el que el individuo recibe los estímulos necesarios para que se desarrolle el cerebro, algo así como un programa de realidad virtual.

Los resultados de Patrick McNamara apuntan en la misma dirección, pero en este caso conducen a otro gran enigma relacionado con el dormir: los sueños. El investigador de la Universidad de Boston asegura que sus datos "refutan la teoría que afirma que los sueños son actividades mentales aleatorias". McNamara ha observado que los sueños podrían ser una especie de ensayos del cerebro para preparar al durmiente con el contacto con los demás. "Puede que si se desea entender por qué la gente hace las cosas que hace durante el día, el lugar donde se encontrará la respuesta sean los sueños", afirma. Patrick McNamara ha observado que las escenas más violentas se producen durante las fases REM, mientras que las pocas ensoñaciones que se dan fuera de estos periodos son significativamente menos intensas y nunca agresivas. Y para cerrar el círculo, los antidepresivos -los fármacos del humor, porque modifican la actividad de los neurotransmisores encargados de modular los estados de defensa, agresión, disfrute y tristeza- eliminan las fases REM. Por este motivo, McNamara advierte que si sus datos se confirman habría que valorar un nuevo efecto secundario de estos medicamentos, puesto que impedirían que los sueños cumplieran su labor de entrenamiento social.

Por el contrario, otros científicos consideran que los sueños no son más que una mezcla de recuerdos del día que el cerebro trata de ordenar de la forma más coherente posible, "con el objetivo de restablecer redes de memoria tales como las que se encargan de definir el yo y de explicar el mundo que nos rodea", asegura Stickgold. Sin embargo, algunos datos parecen contradecir la idea de que los sueños están asociados a los recuerdos inmediatos. Se ha observado que la cantidad de tiempo dedicada a las fases REM, las oníricas, aumenta a lo largo de la noche.

"Si existiera una fuerte relación con la vigilia previa sería de esperar que la máxima intensidad y duración del sueño REM se produjera en la primera parte de la noche", escribía Siegel recientemente en la revista Nature. Además, en numerosos estudios, una gran parte de los soñadores no pudieron encontrar un origen de las imágenes oníricas en su vida real. Crick, por su parte, consideraba que los sueños son barrenderos que eliminan la sobrecarga de conexiones neuronales innecesarias que se producen durante el proceso de aprendizaje. Sin embargo, tal planteamiento contradice los estudios que han dado la razón a Freud sobre la represión. Y es que una buena manera de asegurarse que se va a pasar una buena parte de la noche con alguien, oníricamente hablando, es tratar de reprimir todos los pensamientos relativos a esa persona.

Mientras la ciencia desvela los misterios del descanso, ¡dulces y reparadores sueños!

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