ArchivoEdición impresa

Acceso a suscriptores »

Accede a EL PAÍS y todos sus suplementos en formato PDF enriquecido

domingo, 20 de noviembre de 2005
Reportaje:URBANISMO

Arquitectura para admirar y no tocar

Desde las plantas altas de las Torres KIO, en Madrid, se puede ver con frecuencia a un halcón que atrapa y devora palomas. Una cacería brutal que impresiona tanto como asomarse a los ventanales de estas torres que se inclinan 15 grados sobre el vacío a más de cien metros de altura. En Barcelona, los nuevos inquilinos de la recién inaugurada Torre Agbar, redonda como un zigurat sumerio, se amoldan como pueden a una estructura que les hace sentirse "huérfanos de las cuatro paredes". Los vecinos del inmenso e innovador edificio Mirador, de Madrid, pugnan por acomodarse en un laberinto que pone a prueba su sentido de la orientación y del equilibrio. En todos los casos estamos hablando de edificios de firma.

"En España se están construyendo simultáneamente los mayores disparates. Y lo imperdonable es que casi siempre con dinero público", dice Aroca

Los ocupantes de las oficinas del edificio Apot, en Madrid, se enfrentan en verano a temperaturas de auténtica sauna en la zona del atrio

Las Torres KIO surgieron en 1995 de los planos de Philip Johnson (un discípulo de Mies van der Rohe) y John Burgee; la Torre Agbar es un proyecto de Jean Nouvel, y Mirador está firmado por el prestigioso estudio holandés MVRDR y la española Blanca Lleó. Pero así es la arquitectura moderna. Un pulso con la abstracción, con lo imposible, en el que a veces la víctima es quien debiera ser el beneficiario: el ocupante.

En España, paraíso de los arquitectos, son incontables los ejemplos de esta tiranía de la estética sobre la funcionalidad. Un poco por vanidad y otro poco por interés, entidades privadas, corporaciones locales, gobiernos autonómicos o el poder central gastan sumas fabulosas en edificios diseñados por las grandes celebridades de la arquitectura en busca de notoriedad.

Papanatismo

En esta escala de valores, lo de menos es que lo que se construye sea cómodo y sirva realmente para lo que está pensado. ¿Qué lleva a nuestras sociedades a valorar, por encima de utilidad y economía, una estética a menudo estridente? "Puro papanatismo", responde Ricardo Aroca, decano de los arquitectos madrileños, "porque se antepone el valor publicitario de un edificio al de uso y a los costes". Aun así cree que, en el 99% de los casos, lo que se construye responde a las necesidades funcionales. "Hay una minoría que es como el circo de las focas amaestradas. Pasa igual en el arte en general".

Una minoría. Pero el mismo Aroca cuenta anécdotas que revelan una realidad distinta. Concursos ganados por proyectos que no se ajustan a las bases y cuestan el doble de lo presupuestado, por el simple hecho de llevar la firma de alguna estrella. "Desde la construcción de la Ópera de Sidney [1959-1973] ocurre esto. Se busca publicidad, edificios que se conviertan en la seña de identidad de una ciudad, funcionen o no. En el caso del Museo Guggenheim de Bilbao, las cosas han salido bien, pero no siempre ocurre". Por eso, Aroca se asombra de que el premio del concurso para habilitar en las viejas Escuelas Pías la sede del Colegio de Arquitectos de Madrid haya recaído en un proyecto razonable por costes, por diseño y por funcionalidad. "Incluso los miembros del jurado asumían que iban a ser muy criticados por eso", bromea.

Luis Fernández Galiano, catedrático de la Escuela de Arquitectura de Madrid, asiduo en los jurados de evaluación de proyectos, reconoce también que la moda de lo llamativo es tan fuerte que condiciona a los arquitectos. El resultado, dice Aroca, "es que en España se están construyendo simultáneamente los mayores disparates. Y lo imperdonable es que casi siempre es con dinero público".

Mientras la arquitectura de a pie se limita al tedioso ladrillo visto, surgen aquí y allá grandes obras, ya sea la Ciudad de la Cultura de Galicia, el nuevo Palacio de Congresos de Córdoba (adjudicado al holandés Rem Koolhaas), la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia o la ampliación del Museo Reina Sofía, que rompen el desierto estético español con la obsesión de ser, sobre todo, emblemáticas.

¿Será éste también el caso de la recién inaugurada Torre Agbar? Construida por Jean Nouvel -con un coste muy superior a los 41 millones presupuestados y notable parecido con la torre erótica de Londres, de Norman Foster-, es una estructura de hormigón revestido de aluminio de colores enfundada en una especie de armadura de vidrio y acero. Visitarla ha sido fácil, porque, al contrario que Caja Madrid -con sede en una de las Torres KIO-, que no autorizó la entrada a este periódico, Aguas de Barcelona ha abierto sin problemas las puertas de su nueva sede corporativa a EL PAIS. La torre de Nouvel es ya, gracias a su juego de luces, una atracción turística nocturna de Barcelona. De día, sin embargo, los empleados que ya se han instalado (unos 600) mantienen su particular batalla con el novísimo edificio, con sus suelos y techos de acero galvanizado -se-gún una de las limpiadoras, "poco agradecidos"- , con sus escuetos archivadores empotrados en el perímetro redondo y con el resto del mobiliario muy de cuarto juvenil. "La gente, en general, se encuentra a gusto", dice Jaume Charles, secretario de acción sindical de CC OO, de Aguas de Barcelona. Jordi Requena, presidente del comité sindical en la empresa y del mismo sindicato, no parece tan convencido. Quizá porque las plantas diáfanas les han dejado a todos un poco a la intemperie y casi nadie se atreve a alzar la voz. Requena reconoce que la gente "está un poco huérfana de las cuatro paredes". Eso sin contar con que "el diseño redondo desperdicia mucho espacio". Especialmente en los últimos cuatro pisos, donde están los despachos de alta dirección.

Nómada de lujo

Nouvel ha sorprendido a todos con un montaje de cajitas, diseminadas por las plantas, que son como grandes plataformas rodeadas por una barandilla desde las que se entrevé la planta de abajo. El despacho del presidente, Ricard Fornesa (presidente también de La Caixa), sorprende por su aspecto de vagón de nómada de lujo. Pero parece que Fornesa, de 74 años, está encantado. Todo sea por el arte. Para llegar a su despacho-cubículo de la planta 30ª, emplazado sobre un suelo de mármol turco, Fornesa utiliza cualquiera de los dos ascensores centrales, conocidos como la discoteca porque se iluminan con una luz difusa que cambia de color a medida que se elevan. "El edificio es bonito. Lo peor ha sido la prohibición total de fumar", dice Carmen, una de las responsables de recursos humanos. Contra viento y marea, ella se trajo de la vieja sede dos archivadores sólidos y negros que contrastan brutalmente con los rectángulos de fibra y plástico de colores instalados ex profeso. "Uno encarga un edificio, lo paga, y luego lo deja que no lo reconoce el arquitecto", bromea.

Que todo es retocable y remodelable es algo que han aprendido ya los 156 vecinos del edificio Mirador, en el nuevo barrio madrileño de Sanchinarro. Un sábado de otoño, pocas semanas después de su presentación en sociedad, se percibía en el edificio escasa actividad: unos pocos visitantes y varios obreros trabajando en diversos pisos. Algún curioso aprovechaba la absoluta libertad de acceso para comprobar el espectáculo que ofrece el mirador propiamente dicho, el enorme boquete rectangular que parte el edificio a la altura del piso duodécimo. "El hueco ha costado más que las viviendas que hubieran podido ir dentro", se queja Ricardo Aroca.

Llaves para todo

Ese sábado, Ángel Fábregas de Benito, conserje del inmueble, intentaba aclararse con la ubicación de escaleras de incendios, escaleras internas, tramos abiertos y salida al mirador del laberíntico edificio. "Tengo llaves para aburrir", comentaba. De las paredes de los ascensores, de las puertas de rellanos y escaleras colgaban anuncios de empresas de reforma ofreciendo sus servicios. En uno de los tríplex de la planta undécima, el propietario, Raimundo Osma, fontanero de profesión, retiraba sin miramientos el lavabo del aseo para instalar otro "con mueble incorporado". Victoria, su mujer, aseguraba que ellos eran los que menos reformas habían hecho. Los vecinos que habían tenido la desgracia de encontrarse un lavabo en mitad del pasillo -última moda en Holanda, según esta señora- lo habían levantado a toda prisa. A Victoria y Raimundo les parecía todo un reto vivir en 84 metros cuadrados distribuidos en tres niveles. Aunque peor era la sensación de vértigo de los balcones, abiertos del suelo al techo y protegidos del vacío por una mampara de cristal perfectamente invisible. Por fuera, el efecto es perfecto. Por dentro, "habrá que acostumbrarse", decía Victoria. Para Raimundo, lo peor, sin duda, es la falta de preinstalación para el aire acondicionado. Claro que la casa apenas ha costado 20 millones de las antiguas pesetas, y la expresión de Victoria transparentaba un cierto orgullo por vivir en una casa famosa.

Con el tiempo, el orgullo inicial por tener su sede en un edificio de autor parece haber cedido entre los inquilinos del edificio Apot, en el madrileño Campo de las Naciones. Especialmente los ocupantes de las oficinas de las plantas altas reconocen que en verano el atrio y las escaleras son una auténtica sauna, sin que el aire acondicionado logre enfriar el ambiente. La culpa, apuntan, es de la fachada, un muro-cortina de vidrio y placas de caliza blanca. Y eso que el arquitecto que lo diseñó, miembro del taller de Ricardo Boffill, dispuso un "sistema inteligente de regulación de instalaciones, en particular climatización (ahorro energético)".

Una portavoz del taller del arquitecto catalán precisa que la obra "no ha recibido en once años ninguna queja", y que el muro-cortina instalado de acuerdo con la normativa térmica vigente es obra de una empresa de ingenieros.

José Luis Mur, un ingeniero especializado en este tipo de fachadas acristaladas, defiende a los de su gremio, porque lo primero que se pregunta a la hora de construir una fachada es qué orientación tiene el edificio. Para Mur, parte del problema son los propietarios. "Encargan plantas diáfanas y luego las compartimentan, o no instalan el aire acondicionado necesario dadas las condiciones del edificio". Aunque su empresa vive de esta "moda nórdica" de las fachadas acristaladas que ha hecho furor en España, este ingeniero reconoce que plantean algunas pegas en países del sur. "Pero, ¿qué se puede hacer cuando son los propios clientes los que lo piden?", reflexiona en voz alta Adam Bresnick, un joven arquitecto norteamericano afincado en Madrid desde hace más de una década. Bresnick cree que cada proyecto es un compromiso entre los intereses del cliente, los deseos del arquitecto, el presupuesto y las condiciones ambientales. El compromiso puede penalizar la funcionalidad de la obra, aunque este mismo concepto le parece subjetivo. Después de todo, tampoco eran cómodos los rascacielos de vidrio y acero levantados por los grandes precursores de la arquitectura moderna en Nueva York o en Chicago. "La mayoría han tenido que ser restaurados; es decir, han tenido que cambiarles los cristales porque los antiguos dejaban pasar el calor y el frío", explica Bresnick.

El cristal donde se mire

José Luis Mur reconoce que incluso hoy, con cristales fabulosos que no dejan pasar el calor, se pueden presentar otros problemas. En la nueva terminal del aeropuerto de Madrid-Barajas, del arquitecto Antonio Lamela, totalmente acristalada, el problema no será el calor, sino la luz. "Habrá que colocar persianas", dice, "porque en un aeropuerto no se autoriza el uso del cristal opaco". Y las empleadas de la nueva sede del Santander Central Hispano (en la periferia de Madrid) han optado por proteger su intimidad con papeles, hartas de soportar las miradas de los colegas de los edificios colindantes, en un universo dominado por la total transparencia.

Viendo la sucesión de escaparates y espejos en las calles de cualquier ciudad española, hay quien se pregunta además por los costes de limpieza. Un detalle en el que no suelen reparar los arquitectos artistas. Y el francés Jean Nouvel no ha sido una excepción. Su ampliación del Museo Reina Sofía -un edificio de acero, titanio y cristal que surge asfixiado en medio del tráfico infernal de la madrileña ronda de Atocha- deja algunas incógnitas por despejar. ¿Cómo se limpia parte de la fachada de cristal encerrada en una armadura de lamas rojas? "Las lamas se mueven, y permiten el acceso al cristal, aunque la limpieza tiene que ser manual", responde el subdirector gerente del museo, Luis Jiménez Claverio. Al contrario que el edificio Sabatini, la vieja sede, la ampliación no será sencilla de mantener. Sólo la limpieza costará unos 300.000 euros al año. Un pequeño peaje a cambio de poseer un edificio de firma que, con algo de suerte, dará publicidad a un museo que la necesita.

Un Palau de la Ópera con visión restringida

EL MARTES 25 DE OCTUBRE, el Palau de les Arts de Valencia abrió sus puertas al último de los conciertos inaugurales. El edificio de Santiago Calatrava, que ha costado hasta ahora 250 millones de euros, es un gigantesco ojo blanco, con una pupila de cristal, depositado en medio del antiguo cauce del Turia. Y esa noche, los más de 1.800 espectadores que acudieron a escuchar a la Orquesta de Israel, no perdieron detalle del diseño interior, ni de las paredes alicatadas en trincadís blanco y azul cobalto. Pero, mientras los ocupantes del patio de butacas disfrutaban de una visión total del escenario, de las zonas laterales se elevaba un murmullo de desaprobación. En cada una de las largas filas de palcos que rodean el auditorio, en forma de herradura, decenas de espectadores se daban de bruces con la realidad: el Palau tiene 140 butacas con visibilidad nula o mala, y otras 172 con visibilidad parcial. Una cifra enorme en un teatro de la ópera tan moderno. "Son detalles, el de la acústica y la visibilidad, que se van a corregir. Para eso se hacen los ciclos inaugurales, para ver los fallos. Pero al Palau le falta todavía un año para estar terminado". Así responde a las críticas Fernando Villalonga, portavoz de Calatrava en Valencia. De acuerdo en lo que respecta a la acústica, pero ¿tiene arreglo la visibilidad cuando los palcos están ya terminados? "Desde luego que sí. Basta mover las butacas de sitio", insiste Villalonga.

Sala principal del Palau de les Arts, en Valencia. / JESÚS CÍSCAR

El edificio Mirador, en Madrid. / SANTI BURGOS

La Torre Agbar, sede de Aguas de Barcelona. / MARCEL. LI SÁENZ

Atención al cliente

Teléfono: 902 20 21 41

Nuestro horario de atención al cliente es de 9 a 14 los días laborables

Formulario de contacto »

Lo más visto en...

» Top 50

Webs de PRISA

cerrar ventana