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Tribuna:

Europa: la deuda con África

Allá por el 99, cuando fenecía el siglo XX, hice un seminario en Dakar, con dirigentes africanos de todo el continente. Me ocupaba, en distintos lugares del mundo, de analizar el impacto de la globalización y veía a África como la región marginada. Ni las crisis financieras que azotaban a otras regiones estaban interesadas en el continente, me decía un dirigente de Angola. En distintas ocasiones escribí y hablé sobre la situación. En Clinton encontré al dirigente del que llamamos mundo occidental más preocupado y comprensivo -en el sentido global- de la situación africana.

Pero fue Carmen Romero, en algunas de sus iniciativas de diálogo y relación con el norte de África, la que llamó mi atención sobre la Conferencia de Algeciras de 1906, y la inminencia del centenario. En estos días de trágicos acontecimientos en las vallas de Ceuta y Melilla y de explosiones fuera de control en Francia, junto a iniciativas del Gobierno de España y de Francia para abordar el tema de la inmigración y de sus consecuencias, he vuelto a rememorar aquellos momentos y conversaciones.

¿Sería la oportunidad para que Europa reflexionara sobre su relación con África? Aunque no fuera por solidaridad, podríamos esperar que el egoísmo inteligente de las otrora potencias europeas enfrentadas y ahora unidas cuando sólo así pueden ser relevantes, analizaran con perspectiva el problema y lo enfrentaran para encontrar cauces de solución.

El éxodo de los africanos hacia Europa se parece al forzado de los siglos XVI y XVII por el esclavismo. Claro que ahora, se podría decir, vienen porque quieren. Pero no es verdad, o no es al menos la verdad que los mueve por millones. No pueden dejar de querer si la madre África es para ellos madrastra y los expulsa por hambre o abandono, por razones de miseria o por razones políticas. Nadie, salvo los pocos amantes irredentos de una vida aventurera, se desarraiga porque quiere.

Europa, próspera en su dulce decadencia, tiene que reflexionar y decidir cuál va ser su relación con África. Digo tiene porque es ineludible en las circunstancias actuales. Los flujos migratorios se ven como necesidad y como amenaza. Están ahí y seguirán estando. Serán multiculturales en sus efectos y reivindicarán ciudadanía.

Por eso estamos empatados ante la necesidad de afrontar el problema. Los africanos no pueden dejar de salir y de reivindicar su condición de seres humanos cuando llegan, en primera o en tercera generación, en la acogida y en la integración. Además seguirán prefiriendo su tierra, si su tierra cambia y les da oportunidades, aunque no sean las mismas, pero al menos sí son suficientes.

Encarar el problema desde el origen, siguiendo la ruta de cualquier inmigrante, nos va a llevar a una doble dimensión del desafío (así habría que verlo y no como amenaza). La profunda, que nos plantea el reto del presente y del futuro de África. Y este ejercicio es imposible sin analizar el pasado que nos revele las causas de las situaciones que vivimos. La inmediata, que nos agobia con el qué hacer arrollados por los acontecimientos.

Volvamos al pasado para encontrar algunas luces entre las sombras del olvido y el temor ante los hechos inmediatos. Europa se ocupó de América, desde el descubrimiento a final del siglo XV, pero sólo tangencialmente se interesó en África. Tocó sus costas y no penetró en su interior, salvo para el comercio de esclavos que estalló como una pandemia en el siglo XVI. Se explotaban los recursos de América, materiales y humanos, y se explotaron los recursos africanos como mano de obra esclava. Cuando este comercio dejó de ser legal y/o tolerable, esquilmada África de sus mejores hombres y mujeres, volvió el olvido, el abandono. Pero, en el siglo XIX, descolonizada América, los países europeos, grandes o pequeños, volvieron a mirar hacia África. Esta vez no era para quedarse en sus puertos ni para cazar masivamente a los esclavos, sino para ocuparla y explotar todos sus recursos: naturales y humanos. Los problemas entre europeos por el reparto del continente se trataban de dilucidar en función de las relaciones de fuerza de la época, pero, obviamente, sin tener en cuenta a los africanos.

Así, a la explotación esclavista de casi dos siglos, se sucedió el vacío y el abandono hasta la explotación colonial del siglo XIX y de parte del XX, que volvió a esquilmar el continente hasta la descolonización de nuestros días (los días de mi generación), que sólo cabe interpretar como un nuevo olvido y abandono de responsabilidades. Hoy nos la encontramos, en su mayor parte, como la región marginada de la globalización, abandonada a su propia suerte, sin mecanismos de inserción, cargada de deudas, hambre y enfermedades.

No excluyo las responsabilidades de los dirigentes posteriores a la colonia. Los de la independencia. Pero recuerdo el punto de partida para no cometer errores y menos el del olvido. Ahora, cuando suenan los tambores tanto tiempo silenciosos del continente y nos atruenan con su fragor, tenemos que pensar y actuar, sobre lo inmediato y sobre lo mediato. Tenemos que atisbar en el horizonte para buscar respuestas, pero el atisbamiento se convertirá en miopía aguda si el horizonte del que venimos no forma parte del análisis.

Es un buen momento porque es imprescindible. Llegamos tarde pero no podemos seguir demorándolo. Si hace un siglo (1906), en Algeciras, se consumaban acuerdos sobre problemas de reparto que venían de atrás (Berlín 1884/5) por qué no aprovechar el 2006, en Algeciras, para definir la estrategia de la reparación.

Desde el hotel donde se reunieron, todavía en forma, se puede ver físicamente la costa africana. En 1995, cuando estábamos en la Cumbre Mediterránea de Barcelona, regalé a mis colegas una foto apaisada de nuestra costa -española y europea- y de la costa africana -marroquí-, con el estrecho de Gibraltar como el Río Grande que nos separa y nos atrae dramáticamente. O los atrae a ellos, porque saben que separa la miseria de la prosperidad.

Pienso más en la respuesta mediata, aquella que abriría una ventana a la esperanza, que en la inmediata, que seguro ocupará a los actores políticos actuales. Pero tengo la convicción de que sin la perspectiva a medio y a largo plazo sólo parchearemos lo inevitable.

Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005