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domingo, 6 de noviembre de 2005
Reportaje:

La maldición del dios ibis

De ave sagrada en el antiguo Egipto a especie "en peligro crítico", con sólo 330 supervivientes. La familia de los ibis ha experimentado un extraño declive en las últimas décadas. Ésta es la historia de los biólogos españoles que luchan por salvar un símbolo.

Este pájaro con cara de pasmado y pintas de estrafalario (Geronticus eremita) realmente lleva una vida peculiar. Los ornitólogos todavía no se explican, por mucho que los humanos hayamos interferido en sus hábitats, alimentación y costumbres (desde luego, el uso y abuso de plaguicidas en la agricultura les ha sentado fatal), qué le ha pasado en las últimas décadas, qué le ha llevado a una decadencia tal que ha pasado de ser un ave abundante en el norte de África a la categoría mundial de "en peligro crítico", a que sólo quede, que se sepa, que esté controlada por los biólogos, una colonia de 300 en la zona costera al sur de Agadir (Marruecos), más una pequeña población de 30 ejemplares en Siria.

Se trata de lograr la convivencia pacífica entre siete pueblos marroquíes con 3.000 habitantes y la colonia de ibis

Los padres adoptivos -jóvenes con un casco con pico y plumas- les han enseñado a buscar comida en el campo

Y tan raquítico es su futuro que el ser humano se ha puesto manos a la obra para que esta ave, muy social a pesar de llamarse eremita, porque cuando fue descrita en el siglo XV se observó su gusto por anidar en cuevas de sitios inaccesibles, sobreviva. Así, el parque nacional emblemático de Marruecos, Souss-Massa, fue declarado en 1991 con el objetivo de preservar esta especie de ibis, proyecto que ahora cuenta con el aval de la Sociedad Española de Ornitología (SEO / Birdlife). Y la Junta de Andalucía y el Zoobotánico de Jerez de la Frontera (Cádiz) trabajan en un proyecto para ensayar técnicas para acometer la reintroducción del ibis a partir de poblaciones cautivas, lo que ha llevado a la llamativa situación de que una veintena de pollos de eremita ha tenido hasta hace poco a dos seres humanos como padres adoptivos, que les enseñaban a buscar comida y agua y a establecer una residencia acorde con sus intereses. Dos proyectos a favor de este pájaro teleñeco, primo hermano del ibis sagrado, cuya cabeza era la que adoptaba Thot, el dios de la sabiduría y protector de los escribas, de la lengua y la palabra, en el antiguo Egipto; ave que, junto al halcón, que representaba al dios Horus, era embalsamada y convertida en objeto de veneración. Por eso, los sacerdotes dispensaban a los ibis todo tipo de cuidados en los templos, y estatuillas con su figura solían colocarse en las casas o se añadían a los efectos funerarios. En un sentido más práctico y realista, estas aves eran siempre bienvenidas porque su presencia significaba la crecida del Nilo, o sea, riqueza para la agricultura, y además control a las temidas plagas de langostas.

Las vueltas que da la vida con el transcurrir de los milenios… De dios de la sabiduría a identificar como progenitores a dos muchachos con un casco que reproduce su cabeza y pico. Pero ¿qué está pasando aquí?

Pepa Jiménez Armesto, coordinadora del área internacional de SEO, que centra su trabajo en el norte de África y en Latinoamérica, viaja continuamente a Agadir. A mediados de septiembre estuvo allá. Mantiene tratos con el ibis eremita desde 1998. "Hombre…, bonito, bonito no es…", reconoce. "Pero el mundo no es sólo de los guapos. Y hay un momento, cuando vuelan en grupo y se recogen al atardecer sobre sus zonas de nidificación en los acantilados del Atlántico, en que la estampa que forman sí es bellísima. Luego ya cuando se posa…, pues no, es otra cosa…".

Pepa ha decidido entregar su alma a este feo atractivo, el gérard depardieu de la avifauna, al que en inglés y francés se le denomina ibis calvo, así de simple, sin florituras. Es una apuesta difícil, delicada, pues ha de trabajar con los habitantes de pequeños pueblos marroquíes, a los que les cuesta entender que vayan hasta allí europeos interesados por salvar a ese pajarraco negro mientras ellos viven en una economía de subsistencia, sin electricidad ni agua corriente en sus pueblos. Ahí precisamente está la clave: para sacar adelante al ibis, para salvarlo, hay que remangarse y echar una mano -o dos o tres- a la población local; es la salida más lógica y justa; digamos que no hay otra.

"Dentro del parque nacional", cuenta Jiménez Armesto, "una estepa costera de dunas, arenales y vegetación arbustiva, de ocho kilómetros de ancho por unos 70 de longitud, hay siete pueblecitos, con unos 3.000 habitantes, que llevan una vida muy rural y tradicional, que viven de las ovejas y las abejas, de una agricultura muy residual, pues es un terreno muy árido, y de la pesca artesanal. Cuando vas a trabajar con aves a un sitio así, enseguida te das cuenta de que hay que trabajar con la gente a la vez". La población ha de ver que vivir en un territorio protegido como parque nacional, con la última colonia conocida de ibis eremita, puede tener sus ventajas, puede atraer recursos e inversiones de desarrollo que llegan desde los ricos países del Norte. Se trata de lograr una convivencia de buen rollito entre los 3.000 humanos y los 300 ibis.

Para dar cuerpo a esas buenas intenciones, SEO / Birdlife, que cuenta con la colaboración del Ministerio de Medio Ambiente y, sobre todo, de la Fundació Territori i Paitsage (de Caixa Catalunya), ha llevado a cabo dos grandes proyectos: uno, con patrocinio de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), se centra en el aprovechamiento turístico con guías locales de la desembocadura del río Massa; otro, financiado por el Gobierno autónomo de Canarias, consiste en acondicionar dos pequeños puertos para pescadores, que ahora ponen continuamente en riesgo sus vidas al lanzarse al océano sin medidas de seguridad.

"Da no sé qué verles cómo se meten al agua", añade Jiménez Armesto, que quiere difundir que el parque de Souss-Massa cuenta con un gran equipo, comprometido con lo que hace, con el director, Mohamed Ribi, a la cabeza. Y pregunta si en el reportaje se puede incluir los nombres de Mohamed el Bekay, Widade Oubrou y Fátima Oumzai, pues siempre es de agradecer ver reconocido por escrito su trabajo.

Pero, en fin, cada uno es cada uno, y los ibis también son muy suyos y tienen sus costumbres y ritmos biológicos; últimamente, por ejemplo, a un buen grupo de pájaros se les ha metido en la cabeza, entre plumón y plumón, que no les gusta vivir dentro del parque nacional, a pesar de los esfuerzos que están haciendo por ellos, y han montado su residencia fuera de los límites protegidos, bastante más al norte, en torno a la ciudad costera de Tamri.

Por su parte, la población local también se mueve por costumbres inapelables. Jiménez Armesto tiene suerte porque, al ser mujer extranjera, puede trabajar con los hombres y con las mujeres. Por separado. Pero los hombres extranjeros se han de limitar a tratar en aquella zona con los hombres autóctonos. Es una sociedad muy, muy tradicional, y continuamente surgen pequeños inconvenientes en los que a veces no es sencillo reparar para gente europea. "Por ejemplo", cuenta Jiménez Armesto, "recientemente quisimos fotografiar al grupo de mujeres trabajando conmigo; pero fue imposible, había que pedir permiso previo a los maridos".

El trabajo para convencerles de que el parque nacional les viene bien ha sido lento y arduo. Al principio, por culpa del ibis, Ribi no podía ni acercarse a los pueblos; le tiraban piedras. La gran tormenta estalló a raíz de la prohibición de excavar los acantilados de arenisca para construirse casetas o incluso viviendas, una costumbre muy arraigada entre la población autóctona. Así, con vecinos humanos asomándose en terrazas en el mismo acantilado, la población de ibis, ave asustadiza y amante del sol, no iba a ningún sitio. Jiménez Armesto dice que la prohibición puso a la población frontalmente en contra del parque, pero que poco a poco los ánimos se han ido apaciguando y ahora hay mucha mayor comprensión y colaboración.

Pasemos de la población silvestre a la cautiva, que se presenta bastante boyante. Tanto que el centro de referencia para los ibis calvos es el zoológico de Innsbruck (Austria), pues siglos atrás este pájaro era tan abundante que incluso estaba clasificado como especie común en los Alpes.

Veamos ahora qué están haciendo en Andalucía con 22 pollos de ibis eremita criados en el zoo de Jerez de la Frontera. Lo cuenta Miguel Ángel Quevedo, veterinario de este centro y coordinador, junto a José Manuel López, del programa conjunto con la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía destinado a encontrar el mejor método para acometer futuras sueltas y reintroducciones en sus hábitats naturales. Explica Quevedo que se ponga así, tan largo, porque, si no, surgen suspicacias y malentendidos por todas partes. Que tiene que estar muy claro que es un programa conjunto con la Junta de Andalucía y que ahora no se están acometiendo todavía reintroducciones, que Andalucía sólo se está tomando como laboratorio, que no consta que en España hubiera nunca poblaciones de ibis eremitas, que las reintroducciones futuras se realizarán en el norte de África.

Pero, claro, llama mucho la atención ver por la sierra del Retín, en terreno militar, cerca de Zahara de los Atunes, en el municipio de Barbate (Cádiz), a dos mocetones con camisetas negras y un casco con pico y cola, extraños cruces de ibis y humanos. El proyecto comenzó en 2003 y durará hasta 2008. "Estamos aprendiendo a liberar, cómo hacer sueltas para consolidar en el futuro las poblaciones silvestres", dice Quevedo. "El problema del ibis es que es un ave muy social, y necesita aprender de sus mayores para saber desenvolverse, incluyendo las migraciones y la búsqueda de comida. ¿Cómo dar ese paso a la libertad con poblaciones que viven en cautividad?". Eso. ¿Cómo?

"En 2004", repasa Quevedo, "liberamos los primeros ejemplares; habíamos criado 21 pollitos a mano desde que eran huevos, y ellos desde el primer día, desde la eclosión, vieron a sus padres adoptivos caracterizados y los identificaron como sus progenitores. Se acostumbraron a ellos así. Cuando tenían un mes los llevamos a un aviario de suelta, a una repisa a unos cuatro metros de altura, porque son rupícolas, y los padres adoptivos siguieron dándoles de comer. A los dos meses comenzaron a volar". ¿…? "No, no, claro, los padres humanos no les enseñan a volar. Ni a reproducirse. Eso es algo instintivo. Pero sí a buscar comida. Los padres adoptivos van andando por los pastizales de la zona buscando lagartijas, caracoles y saltamontes. Les ayudan además a reconocer la zona, a impregnarse de ella".

"De los 21 que soltamos quedan sólo nueve", sigue Quevedo en lo que parece el cuento de los Diez negritos de Agatha Christie. "Tres murieron capturados por búhos reales; tres, de perforaciones de estómago por tragar pequeños alambres en vez de bichitos; uno, por electrocución; otro, por atropello, y otros cuatro han desaparecido, no sabemos qué ha sido de ellos, si se han ido a otra parte o qué. Pero ya hemos criado otros 15, que han aprendido de los pollos del año pasado y de los padres adoptivos".

El asunto tiene su intríngulis. No es tan sencillo como pudiera parecer a los legos en familia y protocolo de ibis. Junta y zoo han puesto en marcha otra novedosa metodología, que consiste en confiar a las garcillas bueyeras que enseñen a los ibis eremitas. Es arriesgado. La mitad de los que criaron a mano pasaron su niñez junto a polluelos de garcillas, con la esperanza de que cuando los soltaran por los acantilados de Barbate supieran imitar a estas aves blancas, abundantes, listas, oportunistas y adaptables". ¿Funcionó? "Bueno, hemos comprobado que acuden juntos a comer mezclándose con las vacas retintas. Pero aún es pronto para sacar conclusiones de todos estos experimentos".

Hagamos recuento de pollos: de los 15 de la nueva hornada, dos se dispersaron, se marcharon hacia Algeciras y no se ha vuelto a saber de ellos. Perdidos para la ciencia. Quedaron 13. A esa pandilla hay que unir otros seis ibis que han llegado procedentes de la cría en cautividad en otros zoos europeos; pero cría natural, con padres-aves, no padres-humanos. "Es una aportación importante al proyecto para ganar tiempo y dinero, y mejorar la línea genética".

Total, que ahora tienen 28; los nueve supervivientes del año pasado, más los 13 de la nueva generación, más los seis nacidos en otros zoos. Para evitar que se escaparan más -el final del verano y el inicio del otoño es época propicia, parece, para hacer las maletas, lo que se llama dispersión juvenil-, desde agosto hasta noviembre los han tenido encerrados en el aviario. Justo ahora, en la primera quincena de noviembre, coincidiendo con su aparición en EPS, está previsto abrirles y que vuelen. "Es ya el destete", cuenta Quevedo, no sin advertir en él un grado de inquietud. "Entramos en una etapa crucial para el proyecto. Se supone que ya pueden actuar de forma independiente, sin los padres adoptivos".

Extraña trayectoria, en fin, la de este pájaro, que ha pasado de dios de la sabiduría a imitar a las garcillas bueyeras y a humanos con un casco con pico y plumas.

Geronticus eremita / SERGIO TOMEY

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