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domingo, 30 de octubre de 2005
Reportaje:VIOLENCIA DOMÉSTICA

Cuando el hijo pega al padre

Aquella tarde, la terapia era novedosa y un poquito rara. El psicólogo colocó un cesto de telas ante Teresa y le pidió que con ellas construyera el plano de su casa. Teresa, de 50 años, separada, madre de dos hijos, se puso a hacerlo: escogió trapos de colores alegres para la cocina, el comedor, la habitación de su hijo el menor y la suya. Pero para el cuarto de su hija eligió una enorme tela negra. "Entonces me di cuenta de que esa tela simbolizaba a mi hija en casa. Aún no había cumplido 18 años, y ya nos había pegado a mi hijo y a mí. Nos tenía arrinconados. Y yo no podía ni entrar en su habitación. Nos decía lo que teníamos que hacer, lo que podíamos comer, nos prohibía hasta sacar cosas de la nevera. Le bastaba decir 'esta coca-cola es mía'. Cuesta reconocer que tu hija te maltrata, aunque yo ya había tenido que llamar a la policía varias veces para que la calmaran. Por eso me impresioné tanto al ver esa tela".

"Íbamos en el coche, yo al volante y él detrás; cuando me negué a dejarle en un sitio, empezó a darme rodillazos en la espalda", relata un padre

La desgracia de Teresa (nombre supuesto, ya que prefiere guardar el anonimato) empezó cuando su hija cumplió 14 años. Empezó a faltar a clase, a suspender todas las asignaturas, a coquetear con el hachís y las pastillas, a gritar en casa. A imponerse. A darle un guantazo a su madre cuando ésta se atrevía a regañarla.

Cuando cumplió 18 años, Teresa, en un arranque de valor, le señaló la puerta. "La mandé con su padre. Ahora vive sola. Sigue con drogas, pero ya trabaja, y creo que saldrá adelante". La echó de casa. Pero no de su pensamiento. De ahí las terapias, los psicólogos. "Lo primero que hago cada mañana al levantarme es preguntarme por ella; y lo último al acostarme. Y entremedias me paso el día preguntándome en qué he fallado", dice. Con la niña no se regateó en gastos para su educación. Fue a un buen colegio, propio de una familia de clase media como la suya. "Tal vez fueron muchas cosas: la falta del padre, la falta de tiempo porque yo trabajo, la falta de diagnóstico de los primeros psicólogos que la atendieron... no lo sé, me paso el día preguntándomelo...".

Infierno

El infierno de esta madre no es exclusivo. En la memoria de 2004, el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, alerta sobre el aumento "desmesurado" de casos de maltrato familiar infligido de hijos a padres. El número exacto es difícil de cuantificar, ya que en la estadística anual de la fiscalía este fenómeno queda englobado (y difuminado) en el más general de lesiones acaecidas dentro del hogar. Pero la afirmación viene respaldada por las diferentes memorias de las fiscalías provinciales de menores.

El coordinador de la fiscalía de menores de Tenerife, Miguel Serrano, por ejemplo, calcula que a lo largo del año 2004 habrá atendido "más de 60 casos" en los que ha sido necesario alejar al joven de su casa para evitar agresiones a los padres. "Pero las denuncias de padres a hijos han sido muchísimas más, y crecen". "Es cierto que antes estos hechos no se denunciaban, pero no cabe duda de que están creciendo", añade. El fiscal de menores de Cádiz Jesús Gil Trujillo asegura que en los tres años que lleva en el puesto el número de casos se ha triplicado. "No son muchos, unos 15, pero ésta es una ciudad pequeña". También asegura que el fenómeno crece.

La mayoría de los fiscales cree difícil trazar un perfil del "maltratador juvenil" y que éste pertenece a todo tipo de familias. Gil Trujillo, por el contrario, sostiene que en su provincia, los menores maltratadores provienen siempre de familias desestructuradas. "Cuando les pregunto que a qué se dedican, los chicos me responden que ni estudian ni trabajan, que están en la calle todo el día...".

En Sevilla, la asociación Familias y Pareja, dentro de un programa subvencionado por la Junta de Andalucía, se encarga de mediar en estos casos. Esta tarde, un padre de 42 años, que prefiere no dar su nombre, acude a la sede. Explica a un abogado, a un psicólogo y a un trabajador social que ha denunciado a su hijo, de 15 años, a la Guardia Civil: "Íbamos en el coche, yo al volante y él detrás, y cuando me negué a dejarle en un sitio empezó a darme rodillazos en la espalda a través del asiento. Le dejé en casa y me fui al cuartelillo. Estaba harto". El hijo es hiperactivo, y "difícil desde pequeño".

El padre reconoce que alguna vez le ha pegado: "Se encerró en la habitación. Entré, me insultó, y perdí la paciencia. Él, descalzo, se fue al cuartelillo y me denunció a mí por maltrato". Entonces suena su móvil. El padre rebusca en el bolsillo y se apresura a contestar. "Es mi mujer", se disculpa. Se la escucha: "Date prisa, porque si no vienes ahora mismo, el niño me come viva". El padre apaga el móvil con el agobio pintado en la cara.

Nivel económico de la familia

Tanto Manuel Muñoz, el trabajador social, como el abogado Agustín Fernández y la psicóloga Salomé Muñoz insisten en que cada caso obedece a una casuística particular, y que ésta es independiente del nivel económico de la familia. Por lo general, son padres que no se llevan bien, que educan al hijo de forma completamente diferente... Pero insisten en que en el ascenso de este fenómeno influye "una cierta y actual indisciplina general de los menores, una falta de respeto que también se refleja en el matonismo escolar o en la delincuencia".

El coordinador de la fiscalía de menores de Tenerife, Miguel Serrano, incide, por su parte, en la necesidad de atajar este problema desde el inicio: "Afloran a los 10 u 11 años, y responden, por lo general, a muchachos con trastornos de personalidad, pero, por ejemplo, aquí en Tenerife no hay servicios de psiquiatría infantil especializada, con lo que el problema crece según va creciendo el menor. Y luego ya es tarde. Pero no hay que olvidar que el chico no es un delincuente, sino alguien con un trastorno psicosocial".

Desde su tienda, Elena, la madre de la hija de 18 años, sigue preguntándose qué hizo mal, sin encontrar respuesta, pero, como el fiscal Serrano, también tiene algo claro: "Nunca le tuve miedo a mi hija. ¿Cómo puedes sentir miedo de alguien a quien quieres por encima de todo? Sentía angustia, rabia, amargura, tristeza. Todo junto si quieres. Pero miedo no".

La fórmula de la fiscalía de Zaragoza

EL COORDINADOR de la fiscalía de menores de Zaragoza, Carlos Sancho, ha notado el aumento de casos de maltrato familiar ejercido de hijos hacia padres. Pero también que al menor "hay que darle todas las oportunidades para que no acabe en un reformatorio". En la fiscalía de menores de Zaragoza se recibieron, a lo largo del año pasado, unas treinta denuncias por este hecho. "Pero sólo en tres casos los menores tuvieron que ingresar en un centro de reforma", afirma Sancho. Tal vez por la fórmula empleada. "Cuando los padres acuden a la fiscalía es porque están absolutamente desesperados, porque no saben qué hacer con el hijo, porque han perdido toda autoridad ante él", explica el fiscal. Entonces, como primer paso, se establece una primera mediación entre los padres y los hijos con un trabajador social. Si el menor promete al mediador volver a los estudios, respetar a los padres y rehabilitarse, no hay denuncia. Pero si el menor no lo promete (o el mediador no lo cree o los padres no lo consideran oportuno y prefieren seguir con el proceso), "se lleva adelante la denuncia". "Entonces, la policía detiene al chico -con toda la parafernalia policial-, se le traslada en un coche patrulla y se le toma declaración en la fiscalía. Se le hace pasar por todo el circuito judicial, y así ve que esto va en serio, que ha cometido un delito, y que de esta autoridad no se puede burlar. Ahora bien, y ésta es la clave: antes de hacerle ingresar en un centro de reforma, se le ofrece una última oportunidad, con un mediador social, de regenerarse. Y la mayoría se agarra a ella", explica.

Pero para que esta iniciativa tenga éxito "se necesitan mediadores sociales, que no se escatimen gastos en eso". También el coordinador de la fiscalía de menores de Tenerife, Miguel Serrano, insiste en la necesidad de "casas de acogida", de "hogares regentados por trabajadores sociales o psicólogos", no reformatorios, donde vayan estos menores, que "no son malhechores".

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