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miércoles, 19 de octubre de 2005
Reportaje:

De Bangladesh al desierto del Sáhara

Dos inmigrantes asiáticos sobreviven ocho días caminando bajo el sol tras ser abandonados por el Ejército marroquí

Marruecos no cesa su deportación al desierto del Sáhara de los inmigrantes que tratan de cruzar a Europa desde su territorio. Y no sólo africanos. Ayer aparecieron en la zona controlada por el Frente Polisario dos asiáticos, de Bangladesh, que apenas podían caminar. Ocho días estuvieron perdidos en la nada, un dramático récord. "Tienen hipotermia, su temperatura no llega a 35 grados", explicaba el doctor de Médicos del Mundo que los atendió en Bir Lehlu, donde hay 95 africanos.

Vieron la muerte muy cerca. Cuando el Frente Polisario los encontró ya no les quedaba nada de agua. "Los marroquíes nos abandonaron con dos botellas y nos obligaron a seguir hacia delante. Tratamos de volver, pero nos dispararon", explica con un hilo de voz Mohamed Arif Hoshain, de 23 años. Aunque lograron encontrar algo de agua de lluvia, llegaron exhaustos. "Yo vendí mis tierras para llegar a Europa, pero me timaron", cuenta casi llorando. "Pagué 12.000 dólares. Me llevaron de Bangladesh a Doha (Qatar) y luego a Casablanca. Pero me engañaron. Me quitaron el pasaporte. Tenía miedo. Fui a la policía marroquí para pedir que me devolvieran a mi país. Me pegaron. Me duele mucho el tobillo. Me encerraron y me llevaron al desierto".

La imagen de los dos inmigrantes impresionó incluso a los africanos del campamento

Su compañero, Arun Mandol, de 32 años, no puede ni hablar. Tuvo que ayudar a Mohamed a caminar. Aguantó hasta el último minuto en pleno desierto, pero se echó a llorar en cuanto le dieron un poco de agua y una manta. Estaba aterrorizado. Ningún africano había aguantado ocho días en esas condiciones.

La imagen de estos dos pequeños asiáticos llegando ayer al campamento de Bir Lehlu con la cara desfigurada impresionó incluso a los 95 africanos que han sufrido un infierno parecido. Destiny Afred, un nigeriano, los mira preocupado y sentencia: "He visto muchos asiáticos en el último año, indios, paquistaníes, me encontré con varios en Malí, que hacían el mismo camino. Ellos sufren más, no son tan fuertes como nosotros, los africanos. Es increíble que hayan resistido ocho días". Marruecos sigue negando esta deportación, pero lo cierto es que en las cantimploras que llevan los inmigrantes al ser encontrados pone "Casablanca", y tienen latas de comida marroquíes, las que les da el Ejército cuando les abandona en la zona controlada por el Polisario.

A estos dos bangladesíes les espera, muy probablemente, un futuro similar al de los 46 compatriotas suyos que están desde hace seis meses en un campamento cercano, en Tifariti, otra base militar controlada por los saharauis. Allí pasan las horas, en medio del desierto, sin más que hacer que esperar una solución. Parece finalmente que su Gobierno tiene intenciones de hacerse cargo de ellos y repatriarlos.

Ayer, tras los primeros cuidados médicos, se especulaba con la posibilidad de que estos dos nuevos asiáticos se unan a su grupo de compatriotas para compartir su destino.

Mientras los dos recién llegados agradecen la ternura que les proporcionan los médicos, la primera buena noticia tras semanas de golpes, encierros, deportaciones y angustia en el desierto, los 95 africanos comienzan a recibir la ayuda internacional. Ahora casi todos van vestidos con monos de trabajo de la ITV (inspección técnica de vehículos) española, que han llegado a los saharauis a través de la colaboración de ONG españolas.

Lo malo es que también les han llegado zapatos que estaban pensados para los saharauis. A casi todos les ha tocado un número por debajo del 40, y la mayoría son hombres fuertes y grandes, lo suficiente como para cruzar África entera para llegar a Europa, y usan un 45 de pie. Por eso ayer se les veía aún con sus zapatos destrozados, casi sin suela, consumidos por la arena del desierto.

Los africanos pasan sus horas en el patio de lo que fue una escuela saharaui, sin nada que hacer más que cambiarse de la zona de sol a la de sombra. Nadie les impide marcharse, pero nada les espera afuera más que el desierto. Sus únicas ocupaciones son las de hervir sus ropas para desinfectarlas, amasar pan y, sobre todo, ingeniárselas, a través de los militares de la ONU, los cooperantes o los periodistas, para buscar un teléfono móvil por satélite con el que llamar a sus padres para contarles que no han muerto, que están en pleno desierto, pero vivos, y que algún día volverán a casa. Aunque insisten en que, cueste lo que cueste, lo harán después de haber pasado por Europa y con mucho dinero en el bolsillo para dárselo a sus familias y a su pueblo.

Los dos inmigrantes de Bangladesh recogidos por el Frente Polisario en Bir Lehlu. / RICARDO GUTIÉRREZ

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