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Necrológica:

En la muerte de José Luis Murga

Catedrático. Director del Departamento de Derecho Romano de la Universidad Complutense de Madrid.

En la mañana del 28 de septiembre falleció en Sevilla, ciudad donde había nacido hace 78 años, José Luis Murga, uno de los más importantes romanistas españoles del siglo XX. Pese a haber tenido el privilegio de compartir con él, desde los años setenta hasta mediados de los noventa del pasado siglo, multitud de vicisitudes intelectuales y académicas, con las coincidencias y las discrepancias propias de la tradicional (y hoy casi perdida) relación de maestro-discípulo, me resulta extremadamente costoso en estos momentos tratar de improvisar una semblanza suya.

Murga fue, ante todo, un docente de excepción. Millares de alumnos de distintas universidades españolas que tuvieron la fortuna de seguir sus explicaciones de derecho romano, son conscientes de haber conocido a un profesor irrepetible, y no sólo por la gracia cautivadora de sus exposiciones o la preocupación individual que manifestaba por cada uno de sus alumnos, sino por la profundidad de sus explicaciones, donde no transmitía nada que le fuera ajeno y donde el derecho era siempre inseparable de la justicia material.

La parte principal de su obra jurídica la publicó durante su estancia en Zaragoza, en los años setenta y principios de los ochenta. A ese periodo pertenece el libro Rebeldes a la República (un magnífico ensayo sobre la rebelión de la juventud en la antigüedad greco-latina), su exposición general sobre el proceso civil romano, los escritos sobre materia urbanística romana, o sus estudios sobre situaciones próximas a la esclavitud o sobre la moda romana. Él era también consciente, y así lo dejó dicho en distintas ocasiones, de que el periodo más creativo e importante de su vida universitaria fue el de Zaragoza, que a su vez coincidió con unos años particularmente dorados de su Facultad de Derecho.

En los años finales hispalenses, hasta que la enfermedad que lo había atrapado le impidió seguir desarrollando tareas de tipo intelectual, la dirección de sus publicaciones tomó un rumbo muy distinto, al que corresponden una serie de libros que sólo formalmente pueden definirse como relativos a tradiciones andaluzas. Esos años de docencia en Sevilla coincidieron también con el inicio de una etapa de dificultades indescriptibles (a la que él llamaba de enloquecimiento) en el seno del romanismo español, donde Murga supo estar, como muy pocos, a la altura que las circunstancias exigían y donde actuó siempre con una honestidad y una independencia de criterio ejemplares.

Cuando se escriba la pequeña historia de la romanística española del siglo XX, la figura de José Luis Murga tendrá un capítulo destacado y aparte, y de ella derivará un grupo de discípulos, muy distintos entre sí, críticos e independientes, lo que no podría ser de otra forma porque él nos enseñó a actuar en todo con la mayor libertad. En este sentido, su delicadeza y respeto eran tales que se me hace imposible recordar una sola ocasión en que simplemente me insinuara que hiciese algo en contra de mi parecer personal, cosa que, por extraño que pueda resultar al profano, es del todo excepcional en el hábitat universitario.

Como usaban decir los romanos, que la tierra le sea leve, maestro.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de octubre de 2005