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Reportaje:MÁS ALLÁ DE LA FIESTA | LA BATALLA CONTRA LAS DROGAS

Adolescentes atrapados en la cocaína

El consumo se inicia a edades cada vez más tempranas de la mano del alcohol o del hachís

Barcelona
Los caminos clandestinos de la cocaína pasan por España y, aunque la mayor parte del tráfico ilegal tiene como destino otros países europeos, una parte importante de la mercancía se descarga en la Península. La cocaína desborda ya las rutas de la fiesta y se ha convertido en una droga casi tan fácil de conseguir como el hachís. Hasta el punto de que ha superado a la heroína en la demanda de tratamientos de desintoxicación. Diferentes estudios muestran que su consumo crece de forma alarmante entre los jóvenes de 14 a 18 años y que la edad de inicio es cada vez más temprana. Los especialistas advierten de que cuanto más pronto se inicia la adicción, peor es el pronóstico.

Cada vez son más y cada vez más jóvenes. Hasta hace poco la cocaína se consideraba una droga de ejecutivos y artistas pero ahora es una droga interclasista, de consumo habitual en determinados lugares de ocio y una de las amenazas más destructivas que acechan a los adolescentes.

"Empecé con borracheras de fin de semana y enseguida pasé a las pastillas. Tomé las primeras cuando tenía 16 años y me gustaron porque con ellas tenías la diversión asegurada. Luego ya todo fue muy rápido. En cuestión de semanas tomé de todo, éxtasis líquido, trippies y, al final, cocaína. Ahí me quedé colgado". Dami es un joven alto, de tez morena, voz melosa y aspecto cuidadosamente descuidado. Sólo cierto extravío en la mirada delata la extrema fragilidad en la que se encuentra. Tenía un oficio que le gustaba, peluquero, y aspiraciones de artista, pero la droga engulló en poco tiempo todas las promesas de futuro. "Sólo pensaba en el fin de semana", recuerda. "Me ponía de todo y tuve un montón de comas. La última vez que me ingresaron sonó el móvil. La policía lo cogió y resultó que era mi madre. Así se enteró".

El 'itinerario' medio de la noche son 12 horas de 'marcha', seis locales y 76 euros de gasto

"Todo te da igual, pasas de la familia y lo único que te importa es llegar al fin de semana"

"Cuando llega al centro un cocainómano, hay que convencerle de que tiene un problema"

"No hace falta ir a buscarla. Te la ofrecen. Y tampoco es tan cara: 30 euros medio gramo"

"En el colegio fumábamos porros y comprábamos alcohol. Luego todo se disparó"

La cocaína es, después del 'cannabis', la segunda droga ilegal más consumida

"Mucha televisión y mucha videoconsola: ése es el horizonte vital de muchos jóvenes"

La historia de Dami no es muy diferente de la de los otros jóvenes con los que comparte terapia en el centro que el Proyecto Hombre tiene en Mongat (Barcelona). Diferentes biografías para un mismo itinerario que comienza a veces en la puerta del colegio, casi siempre de la mano del alcohol, y continúa en las fiestas de fin de semana, en discotecas y locales donde las pastillas y la cocaína son casi tan accesibles como los cubatas.

"En realidad, casi no hace falta ir a buscarla. Te viene. Te la ofrecen. Y tampoco es tan cara: 30 euros medio gramo", dice Jordi. Él empezó a tomar hace dos años, cuando tenía 15. "Al principio con medio gramo me hacía hasta ocho rayas. Pero al final necesitaba mucho más. La cosa era aguantar dos o tres días de marcha sin dormir".

El problema se veía venir pero la alarma saltó en 2002: "Cada vez venían al centro más adictos a la cocaína y cada vez eran más jóvenes. Hasta que observamos, con cierta sorpresa, que la cocaína sobrepasaba a la heroína como motivo de petición de tratamiento", recuerda Albert Sabatés, director del Proyecto Hombre en Cataluña. Pero no era sólo un trasvase de cifras. Suponía también un cambio de perfil. "El adicto a la heroína suele llegar al centro de desintoxicación machacado, con el cuerpo envejecido y el alma magullada, consciente de que la droga le está destruyendo física y mentalmente. Nadie tiene que explicarle nada, él sabe muy bien cuál es su problema. Al adicto a la cocaína, en cambio, hay que convencerle de que tiene un problema".

"Hay un patrón que se repite con frecuencia: comienzan a consumir alcohol y hachís en el colegio o el instituto, y luego pasan a las pastillas y a la cocaína. Hacen itinerarios diferentes, pero lo habitual es el policonsumo", explica Lluísa Pérez, directora del programa de jóvenes.

En 2003 el Plan Nacional de Drogas certificó que la cocaína superaba a la heroína en la demanda de tratamientos. Las cifras son bien conocidas: en apenas diez años el consumo de cocaína se ha multiplicado por cuatro. España ha pasado a ser el país de mayor consumo de cocaína de la Unión Europea y le disputa el primer puesto mundial a Estados Unidos. Lo alarmante es que el mayor incremento se produce entre los adolescentes: el 7,2% de los jóvenes de entre 14 y 18 años declara haber consumido cocaína en el último año, y los ingresos hospitalarios han pasado del 26% de todas las urgencias por drogas al 49%.

La cocaína es, después del cannabis, la segunda droga más consumida en España. Luego estamos hablando de un fenómeno silente, que crece como una marea blanca y cuyas peores consecuencias apenas comienzan a emerger. "Es una adicción muy dañina, que permanece oculta porque durante un tiempo permite llevar una vida normal", explica Laura Mitrani, médico del Centro de Asistencia de Toxicomanías Fundación Teresa Ferrer, que pertenece a la red pública de asistencia mental de Girona y la Costa Brava. "Estamos viendo a muchos adolescentes, pero también a jóvenes que ganan dinero en el turismo y la construcción. El problema es que tenemos muy pocos medios. Nuestra lista de espera es de tres meses".

El Instituto Genus realiza cada año un trabajo de campo para el observatorio catalán sobre drogas cuyo objetivo es disponer de un "sistema de alerta rápida" sobre los patrones de consumo. El informe de 2004 indica que el consumo de cocaína sigue aumentando y lo hace en todas las capas sociales. El itinerario promedio de una noche de fiesta comprende 12 horas de marcha, seis locales visitados y 76 euros de gasto. El consumo de drogas en general se hace cada vez más abierto y tiende a salir del circuito de la fiesta nocturna: por primera vez se ha observado en terrazas y bares. Los consumidores son cada vez más jóvenes y cada vez hay más chicas.

La adolescencia es una diana perfecta. Es la edad en que la inestabilidad emocional es más intensa y mayor el ansia de traspasar fronteras. Muchos padres no se dan cuenta de que sus hijos son adictos porque confunden los síntomas con los propios de la adolescencia. Jordi era un chico rebelde. Pero con la cocaína se volvió más agresivo, descarado, estaba siempre insatisfecho, y podía pasar de la euforia a una explosión de ira en cuestión de segundos. "Cuando empiezas a tomar, te parece que controlas, pero luego pierdes el control. Todo todo te da igual, no valoras las cosas, pasas de la familia y lo único que te importa es conseguir dinero para el fin de semana". En cuestión de meses le expulsaron del equipo en que jugaba y también del colegio, por la vía de eximirle de asistir a clase. Tenía una novia que intentó que lo dejara, pero él ya estaba muy enganchado. "Cuando ella me abandonó toqué fondo. Empecé a tomar cada día, hasta que mis padres lo descubrieron".

También Bea era una adolescente difícil. Tuvo sus primeras borracheras a los catorce años, en el colegio: "Fumábamos porros y comprábamos alcohol. Luego, cuando empezamos a salir los fines de semanas, todo se disparó. A los 16 probé el éxtasis líquido, el speed y la cocaína. La tomaba en los lavabos. Tenía un problema con la comida y me ingresaron varias veces en el Clínico por comportamientos agresivos", recuerda. A los dieciocho ya consumía cada día ¿Y el dinero? "Si eres una chica es más fácil conseguirla", dice, lacónicamente. Tuvo varios novios que le proporcionaban la droga, y si no tenía novio, robaba. "No te gusta lo que haces, pero lo haces", dice.

Ahora cree que está en condiciones de dejar atrás ese mundo. "Al principio venía a la terapia por mis padres, pero ahora vengo por mí", dice. Como Bea, la mayoría de los cocainómanos que acuden al centro del Proyecto Hombre han ido de la oreja. Normalmente llevados por los padres, pero también por mandato judicial o bajo un ultimátum de la pareja. A las siete de la tarde, los aledaños del centro se pueblan de parejas de mediana edad. El perfil de acompañantes también ha cambiado: la mayoría de los coches aparcados son de gama media y media alta.

"Estos chicos necesitan pautas educativas y un ambiente estable que puedan compaginar con el colegio. Intentamos mantener la parte de la vida que tienen más normalizada, fomentar la convivencia y la responsabilidad. También trabajamos con los padres para reforzar su papel de apoyo y para que recuperen la autoridad", explica la terapeuta Miriam Fernández.

Lili tiene 16 años y reconoce que ha sido una hija muy difícil. De una belleza explosiva y una gran vitalidad, su problema es que siempre se ha sentido más mayor de lo que es y se ha tragado la vida sin masticarla. A los doce años ya comenzó a consumir drogas. "Hay una edad en que todo depende de las compañías", dice. Se llevaba fatal con sus padres y no estudiaba. "Nadie me soportaba. Estaba súper amargada y reaccionaba siempre agresivamente. Todo el día estaba fumando porros, ya no sabía estar sin fumar. O porros, o futbolines. Ésa era la vida que llevaba con la pandilla. Tampoco teníamos muchos temas de conversación, así que fumábamos".

Lili acaba de dar una de las claves del problema. "Es sorprendente la pobreza de recursos de muchos de estos chicos", dice Laura Mitrani. "Fracaso escolar, muchas horas de televisión y mucha videoconsola. Éste es el horizonte vital de muchos jóvenes que caen en las drogas". Miriam Fernández también lo ha observado en sus pacientes. "Para muchos, la droga es el sustituto fácil de una vida sin horizonte, muy centrada en lo inmediato, fruto en parte de una cultura consumista, compulsiva y poco dispuesta a la frustración". Albert Sabatés está convencido de que la prevención del fracaso escolar es también una forma de prevenir la drogadicción.

"He robado mucho. Joyas, dinero, de todo. A veces cogía un destornillador y me iba a robar cascos de moto para venderlos", relata Lili. Hasta que un día se encontró de novia de un hombre bastante mayor, un camello que le proporcionaba la droga. Debió de tocar fondo porque decidió darle la espalda a ese mundo y lo hizo con la misma determinación con la que entró. Ahora tiene muy claro dónde está la salida: "Empecé el tratamiento el 16 de julio del año pasado y el 4 de agosto dije que nunca más me iba a poner. Desde entonces estoy limpia". Ha empezado a estudiar comercio y quiere enviar un mensaje a los lectores que pudieran identificarse con su historia: "Hay que decir nunca más. Y buscar puntos de apoyo en la gente que te quiere". Jordi tiene otro mensaje: "Ni una vez. Lo mejor es no empezar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de septiembre de 2005